La pesadilla del hambre azota Leningrado

Hitler no quiso tomar Leningrado. Prefirió sitiarla para que sus habitantes murieran de hambre y ocupar, después, una ciudad fantasma.

El sitio de Leningrado

En la ciudad sitiada de Leningrado, las reservas de alimentos duran sólo un mes tras el comienzo de la ofensiva alemana. Luego los comerciantes empiezan a vender piel de vaca, que se hierve para hacer sopa. Pero, poco a poco, incluso las pieles empiezan a escasear y el pan se raciona a una o dos rebanadas diarias por persona. La desesperada necesidad de comida lleva a la gente a internarse en huertos cercanos mientras caen las bombas. También se recuperan 28.000 toneladas de grano mohoso del puerto, donde los alemanes han hundido varios barcos con víveres.

Pero nada dura más allá de unas pocas semanas. Entonces la harina del pan se sustituye con serrín y se cocinan sopas con zapatos, cinturones y cuero de cualquier clase. Luego, mezclando los restos con cola de carpintero, se obtiene algo que recuerda a los chicharrones y que, bañado en mostaza y vinagre, se convierte en el plato principal de miles de hogares. La temperatura cae hasta los -40 grados y las centrales eléctricas dejan de funcionar. En las colas, la gente se derrumba exhausta y famélica. Cuando Pavel visita a su familia en diciembre, se encuentra a su tía muerta sobre una mesa, en su habitación, con la puerta cerrada. Nadie tiene fuerzas para llevarla hasta ninguna de las fosas comunes que han abierto las autoridades. La Asociación de Escritores de la que Pavel forma parte languidece. A finales de diciembre, muere uno de sus seis miembros en el salón comedor de su casa y tardan seis días en llevárselo. El invierno enseña su cara más cruel. La nieve y el hielo se acumulan en las calles. Hay patrullas de jóvenes comunistas que van casa por casa buscando niños olvidados, cuyos padres hayan muerto. A finales de enero, Pavel, débil y hambriento, sale de su apartamento, que ha sido bombardeado en otoño, y se arrastra a través de la ventisca. Tira de un pequeño trineo lleno de papeles y manuscritos que quiere poner a salvo. Según avanza, va tomando notas mentales para su diario: “A la gente sólo le preocupa una cosa: ¿Cuándo van a hacer retroceder a los alemanes?”. En la calle Borovaja se cruza con un trineo que transporta cadáveres delgados y azules, casi esqueletos, y llegando a Marat, se topa con un hombre muerto en el suelo. Justo en ese momento, aparece un grupo de mujeres: “¡Mi Lena! ¡Mi Lena!”, empieza a gritar una de ellas, desencajada. Poco después ve a un viejo desarrapado que lleva en brazos a un perro esquelético. En los ojos de ambos puede leerse la desesperación. “¿Cuál de los dos será el primero?”, se pregunta Pavel. Sabe que entre 6.000 y 10.000 personas mueren cada día de hambre en la antaño espléndida ciudad.

Se vende carne humana

Durante el sitio de Leningrado, el menú incluye todo tipo de animales, desde periquitos hasta gatos y ranas. También barnices, vaselina, glicerina y productos de desecho. Cualquier cosa que se pueda meter en la boca. La ropa se hace jirones, se cocina y se come. En la plaza se vende incluso el suelo de los almacenes Badayev, en los que el azúcar que tenían almacenado se ha derretido con los bombardeos y ha salido a flote. Se le llama “tierra dulce”.

Estos alimentos tan poco apetitosos no son nada comparados con la sospechosa carne que puede comprarse en algún callejón apartado. Los ladrones llevan meses campando por sus respetos, pero ahora hay bandas organizadas que practican un delito mucho más tenebroso: vender carne humana a una población desesperada. Hay zonas en las que los niños desaparecen como por ensalmo, de modo que ahora los padres no los dejan salir. Allí nadie está seguro. Pavel observa cómo perece su ciudad. El olor a gasolina, tabaco y jabón ha sido sustituido por el hedor del disolvente con el que se desinfectan los camiones que transportan cadáveres a las fosas comunes. En casa, hace ya mucho que su padre ha convertido en sopa al fiel perro de la familia, Misjka. A pesar del agotamiento y el hambre, Pavel es todavía afortunado en comparación a los demás. Ha conseguido trabajo como reportero para la agencia de noticias soviética, Tass, y va regularmente al frente, a las afueras de la ciudad, donde puede disfrutar de la comida del ejército.

 

Más información sobre el tema en el artículo 900 días de pesadilla en Leningrado. Aparece en el ESPECIAL MUY HISTORIA, dedicado a Crímenes de guerra nazis.

Si quieres conseguir este ejemplar, solicítalo a suscripciones@gyj.es o descárgatelo a través de la aplicación de iPad en la App Store. También puedes comprarlo a través de Zinio o de Kiosko y Más.

Y si deseas recibir cada mes la revista Muy Historia en tu buzón, entra en nuestro espacio de Suscripciones.

CONTINÚA LEYENDO