‘La parada de los monstruos’, la película que revolucionó la sociedad de los años 30

La palabra inglesa freak designa lo anormal, lo anómalo o lo informe, no tanto lo monstruoso. La traducción del título original 'Freaks' por 'La parada de los monstruos' resulta inadecuada y nos confunde, aunque no tanto como confundió a las audiencias de los años 30: esperaban monstruos ficticios y se encontraron con discapacitados reales.

En 1932, hace noventa años, se estrenó La parada de los monstruos (Freaks), una de las películas más polémicas, audaces y conmovedoras de la historia del cine. Tod Browning, su director, había cosechado un enorme éxito para Universal Pictures en 1931 con su adaptación de Drácula (inspirada en la obra de Broadway, no tanto en la novela de Bram Stoker). Fue entonces cuando la Metro Goldwyn Mayer fichó a Browning –que dejó Universal– con el ánimo de que este superase la notoriedad alcanzada por Frankenstein (1931, James Whale), de su anterior productora. La trayectoria de Browning resultaba idónea para ese reto: se le consideraba un reputado director especializado en films de misterio, terror y aventuras (más de cincuenta películas entre 1915 y 1932), que se encontraba en la cima de su carrera.

Los monstruos más humanos

La popularidad del cine de terror comenzó poco antes de la Primera Guerra Mundial en Europa y Estados Unidos, alcanzando entre 1920 y 1935 uno de sus momentos más destacados. Solo hay que echar un vistazo a la siguiente nómina de clásicos para comprobarlo: El gólem (1920), Nosferatu (1922), El jorobado de Notre Dame (1923), El fantasma de la ópera (1925), Metrópolis (1928), Drácula y Frankenstein (1931), Vampyr y La momia (1932), El hombre invisible y King Kong (1933), El hombre lobo y La novia de Frankenstein (1935).

Gemelas

Drácula y Frankenstein fueron las más exitosas quizá por dos motivos: uno, porque partieron de versiones teatrales previas que ya gozaban de un notable éxito en Broadway; dos, porque fueron rodadas dentro de la industria estadounidense, que, a la larga, se impondría al resto.

Al igual que las anteriores, La parada de los monstruos tenía como telón de fondo un texto literario (Espuelas, de Tod Robbins), pero el trabajo de Browning no fue, a diferencia de Frankenstein, Drácula y otras, una película sobre monstruos. La palabra inglesa freak designa lo anormal, lo anómalo o lo informe, no tanto lo monstruoso. La traducción del título original Freaks por La parada de los monstruos resulta inadecuada y nos confunde, aunque no tanto como confundió a las audiencias de los años 30: esperaban monstruos ficticios y se encontraron con discapacitados reales.

Tanto Jeffrey Jerome Cohen en su Monster Theory (1996) como Maria Beville en The Unnameable Monster in Literature and Film (2013) han trabajado de manera extensiva y brillante sobre ese concepto (remito al lector a esos textos). Yo, desde mi sensibilidad como espectador, quizás querría sugerir o subrayar –pues se encuentran implícitos en los trabajos anteriores– dos elementos más: uno, que el monstruo constituye una representación de lo irracional e inconsciente; dos, que esa representación se efectúa a través de lo ficcional y lo imaginario.

Creo que es justo por eso por lo que La parada de los monstruos no es una película sobre monstruos, sino algo diferente. Aquí la mayoría de los personajes no parecen tales, es decir, entidades de ficción, ya que apenas existe distancia entre lo que son (discapacitados) y lo que representan (discapacitados). Incluso me atrevería a decir que no interpretan realmente un papel, o no al menos como sucedía con Bela Lugosi en Drácula o Boris Karloff en Frankenstein. En la obra de Browning, los freaks son mostrados del mismo modo en que se hacía antiguamente en los circos y ferias, solo que al contrario de lo que ocurría en esos espectáculos se les humaniza, se les concibe como seres humanos, contrastándolos con otros personajes aparentemente normales, sin taras físicas o psíquicas, que sí se comportan de un modo “monstruoso”, a pesar de no ser discapacitados.

En ese aspecto, resulta muy llamativo y desconcertante insertar la película en su contexto histórico, a la luz de las teorías partidarias de la eugenesia desarrolladas en Occidente por esa época (no solo en Alemania y Estados Unidos). Sin embargo, nada hay de monstruoso en el comportamiento de los discapacitados de Freaks. Quizá sea precisamente por eso, por su condición realista, por lo que la película trastocó los esquemas imperantes en el cine y la sociedad de su tiempo, llegando a ser prohibida por obscena e inmoral. Aquí, al contrario de lo que acontecía en Drácula, Frankenstein o El hombre invisible, no se mostraba a seres perversos e imaginarios que eran derrotados para restablecer “el orden del mundo”, sino a discapacitados que seguirían existiendo tal cual aparecían en la pantalla una vez que la proyección hubiera terminado.

La parada de los monstruos se volvió a estrenar en el Festival de Venecia de 1962 con el beneplácito de la crítica, y a partir de los años setenta se convirtió en un referente ineludible de la contracultura y de la propia historia del cine. Sin ella, películas como Cabeza borradora (1977) o El hombre elefante (1980), de David Lynch, o el deslumbrante episodio titulado Meal ticket que aparece en La balada de Buster Scruggs (2018), de los hermanos Coen, jamás se hubiesen rodado o no serían lo mismo.

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