La oposición interna en la URSS

Tras la Segunda Guerra Mundial y hasta el desmantelamiento de la URSS hubo muchos países que intentaron salir del bloque soviético.

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En los últimos momentos de la Segunda Guerra Mundial se produjo una práctica muy curiosa. Siendo conscientes de que las diferencias entre Estados Unidos y la URSS eran demasiado grandes y que al no haber enemigo común ambos apuntarían sus armas hacia el otro, los países que iban siendo liberados del dominio del Eje pasaban a estar en la zona de influencia de la superpotencia que los había ayudado. Y, les gustase o no, ese era el sitio que les tocaría ocupar en las siguientes décadas.

Cada uno lo hizo a su manera y defendiendo siempre que era por el bien de los otros. Estados Unidos utilizó la economía para atar en corto a los gobiernos y, cuando esto no funcionaba, no tenía problemas en desestabilizar un país y promover golpes de Estado. Por su parte, la URSS de Stalin incluyó a los países satélite dentro de sus dominios e interfirió de forma mucho más directa en el devenir político y social de estos a través de sus planes económicos (COMECON) y militares (Pacto de Varsovia). Aunque tanto uno como el otro hicieron lo mismo, Estados Unidos consiguió transmitir la imagen de una alianza libremente establecida y beneficiosa para todas las partes mientras que la URSS acabó por dibujarse como una relación forzosa y excesivamente intervencionista.

Los distintos cambios que se sucedieron, tanto en cuanto a los líderes como a las políticas que estos defendían, a lo largo de la Guerra Fría hicieron que la relación entre la URSS y los países de su zona de influencia fuese variando. El proceso de desestalinización vivido en 1953 abrió las puertas a nuevas libertades que terminaron truncadas en promesas vacías pero que sirvieron para que las sociedades se concienciaran y fueran perdiendo el miedo a protestar.

Aunque son muchos los que quisieron cambiar las cosas, hay nombres que se destacan en los intentos por desmontar la URSS desde dentro.

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Josip Broz Tito, el mariscal de Yugoslavia

El caso de Yugoslavia era especialmente llamativo en el panorama europeo de la época. Este país fue de los pocos en los que la resistencia partisana consiguió expulsar por su cuenta a las fuerzas del Eje de su territorio, sin dar ocasión a que fuerzas extranjeras entrasen para ofrecer su apoyo y decidieran quedarse al terminar el conflicto. Los comunistas fueron la fuerza que más destacó en el proceso de liberación y entre ellos, Tito se erigió como líder de la Yugoslavia libre. Estas circunstancias libraron a Yugoslavia del dominio soviético pero la mantuvieron muy cerca de la zona de influencia comunista.

Tras la Segunda Guerra Mundial Yugoslavia quedó excluida del Cominform y, para distanciarse aún más, Tito cambió el nombre del Partido Comunista por el de Liga de los Comunistas Yugoslavos y emprendió un nuevo proyecto económico que regresaba a los principios del marxismo-leninismo con medidas como el abandono de la colectivización del campo o la autogestión de las fábricas, contraponiéndose de forma directa a la doctrina estalinista que predominó en el bloque soviético hasta la muerte del bigotudo dictador en 1953. Tito reunió bajo su férreo mando a una población variada étnicamente hablando y supo aplicar un pragmatismo desalmado al adaptarse a las circunstancias de cada momento y yendo del liberalismo al comunismo según convenía.

En su política exterior, Tito se convirtió en una mancha dentro del territorio soviético. Consiguió, muy inteligentemente, presentarse como un país neutral en la Guerra Fría y se convirtió en una de las voces críticas más escuchadas en Europa contra el expansionismo de Moscú y la represión contra cualquier intento de mayor libertad. Tito acabó por convertirse en un fuerte apoyo para países como Hungría, Polonia o Checoslovaquia en sus momentos de confrontación con la URSS.

En 1980, al morir Tito, Yugoslavia desapareció en un suspiro. El régimen de Tito era tan personalista que, sin su mariscal, la aparente estabilidad y paz explotó desde dentro y llevó al país a su desmembración.

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Nicolae Ceausescu, del lujo al paredón

La historia reciente de Rumania es la historia de Nicolae Ceausescu, su conducator. El país cayó bajo las fuerzas nazis durante la Segunda Guerra Mundial y lo hizo también bajo las soviéticas que se encargaron de su liberación. Sin dar una verdadera alternativa, el Partido Comunista se estableció en el poder en 1947 y Ceausescu, hijo de un zapatero alcohólico extremadamente pobre, empezó a hacerse un hueco en la política ocupando cargos en el Consejo de Estado y en el Consejo de Defensa.

Ceausescu se hizo con el liderazgo del país en 1967 y, en un primer momento, consiguió el apoyo nacional e internacional al rechazar la intervención militar en Checoslovaquia durante los sucesos de la Primavera de Praga y por oponerse abiertamente a la URSS, llegando a anunciar que no dudaría en utilizar la fuerza si los soviéticos cruzaban sus fronteras. Esta situación, que buscaba aumentar ligeramente su independencia de Moscú, le convirtió en un icono internacional y las potencias occidentales creyeron haber encontrado una nueva grieta en el bloque soviético. Ceausescu llegó a recibir al presidente estadounidense Richard Nixon y a visitar la China de Mao Zedong en un momento en el que las relaciones de esta con la URSS estaban alcanzando niveles de tensión muy altos. A pesar de haberse convertido en un estorbo, todas estas acciones de oposición solo servían para que la URSS le permitiera tener un parque de juegos privado en Rumania pero no llegó a distanciarse de la doctrina soviética lo suficiente como para provocar una respuesta mayor.

De hecho las semejanzas con la URSS eran tales que, de puertas para dentro, Ceausescu había creado una dictadura que recordaba a los peores tiempos del estalinismo. Él y su mujer Elena, con la que compartía el poder, llevaron una vida de lujo y ostentosidad extravagantes (casi esperpénticas) en las que las monolíticas obras públicas y la adoración a su persona abundaban. En contraposición al excesivo gasto de los Ceausescu, la población se vio sometida a unas medidas de austeridad que la llevaron al hambre y a la pobreza extrema. Al llegar 1989, con el Muro de Berlín ya derribado y el fin de la Guerra Fría en proceso, Nicolae y Elena no vieron (o no quisieron ver) que su momento había llegado.

El 16 de diciembre, una manifestación de trabajadores en Timisora acabó en un baño de sangre y la respuesta del país no se hizo esperar. Viendo que la represión solo aumentaba las protestas, Ceausescu convocó una concentración frente al Palacio Presidencial de Bucarest para anunciar una subida salarial y numerosas medidas sociales que llegaban demasiado tarde. Los presentes, de los cuales muchos habían sido obligados a ir a punta de pistola, empezaron a abuchear al todopoderoso dictador y el país entero, que estaba viendo la escena a través de la televisión, comprendió que era la hora de poner fin al terror.

La sublevación se vivió a nivel nacional, la represión violenta no servía de nada y el ejército comenzó a unirse a los opositores. Ceausescu intentó huir cuando era demasiado tarde y fue arrestado en un instituto a las afueras de Bucarest. En su juicio, siguió defendiendo su labor e inocencia y dibujándose a sí mismo como el defensor del pueblo rumano. El 25 de diciembre, día de Navidad, Nicolae Ceausescu y su mujer Elena fueron llevados a un paredón y fusilados. La imagen de sus cadáveres recorrió el mundo entero.

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Wladyslaw Gomulka y el caso polaco

La invasión de Polonia fue lo que causó el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Tomada por los alemanes, en el país del este europeo surgió una resistencia encabezada por los miembros de los partidos de izquierdas destacándose la importancia del Partido Comunista, respaldado por Moscú desde que este rompió sus relaciones con Alemania. En el contexto de la lucha partisana es donde aparece la figura de Wladyslaw Gomulka, quien se convertiría en secretario del Partido Comunista (1943) y en vicepresidente del gobierno provisional de la Polonia liberada (1944).

Con el final del conflicto armado, Polonia quedó dentro de la zona de influencia de la Unión Soviética y pasó a ser uno de sus primeros países satélite. En 1948, con Gomulka en el poder desde el año anterior, se produjo una aproximación a la Yugoslavia de Tito que buscaba distanciarse de la política expansionista de Stalin y del abrazo soviético. Esto hizo que Gomulka fuese destituido, expulsado del partido y encarcelado en 1951. Polonia tuvo que resignarse a permanecer bajo la influencia de la URSS durante unos cuantos años, pero la concienciación política de los intelectuales que se estaba viviendo en toda Europa y la mala situación económica hicieron que la población comenzara a cansarse.

El 28 de junio de 1956, una manifestación obrera en la ciudad de Poznan acabó derivando en una insurrección cuando la intervención policial causó 54 muertos y más de 300 heridos. La respuesta fue exponencial y en agosto, 1 millón de personas se reunieron frente al santuario de la Virgen Negra de Chestocowa. Desde ese momento la tensión no hizo más que aumentar y las protestas sobrepasaron al gobierno, cuya única carta para volver a la normalidad era restaurar a Wladyslaw Gomulka en el poder. Su posición contraria a la URSS hizo que el mismísimo Nikita Jruschov se presentara en Polonia para negociar, aceptando el regreso de Gomulka siempre que este se mantuviera dentro del Pacto de Varsovia y acatase los deseos de Moscú.

Tal vez por haber comprendido que solo podría mantenerse en el poder con el beneplácito de la URSS, Gomulka cambió radicalmente su actitud y asimiló las prácticas autoritarias de los soviéticos. Cualquier deseo de democratización o liberalización desapareció y no fueron pocas las ocasiones en las que Gomulka aprobó la persecución contra intelectuales u opositores que años atrás le habían devuelto a la vida política. En 1968 demostró su lealtad a la URSS al ser uno de los líderes más críticos con las revueltas de Praga y apoyó incondicionalmente la invasión de Checoslovaquia.

A su mala gestión económica y los problemas sociales se sumó en 1970 la matanza de huelguistas obreros en el Báltico. Los distintos sectores políticos se unieron para arrebatar el poder a Gomulka y Moscú dejó que se las arreglasen de forma interna, haciendo caer al caduco político.

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Imre Nagy, líder de la Hungría del 56

Hungría fue uno de los países satélite de la URSS que más levantó la voz durante el proceso de desestalinización. A la muerte del dictador en 1953, y viendo las críticas que Nikita Jruschov hizo de su figura en el XX Congreso del PCUS, los países que se habían visto forzados a entrar en la zona de influencia soviética pensaron que se daban las condiciones ideales para recuperar su autonomía, pero nada más lejos de la realidad. Imre Nagy llegó al poder en Hungría en el contexto de la limpieza post-estalinismo, apoyado por Malenkov desde Moscú y con claras intenciones de reformar el sistema. Pero la destitución de Malenkov en 1955 y las pocas ganas de promover cambios reales de la URSS hicieron que Nagy fuese destituido.

En esta situación llegó el mes de octubre de 1956. Los eventos ocurridos en Polonia insuflaron ánimos y esperanzas a los obreros e intelectuales húngaros y estos salieron a la calle en manifestaciones masivas que demandaban una democratización del país. El día 23, cientos de miles de personas tomaron el centro de la capital y el partido se vio forzado a reincorporar a Imre Nagy y ponerlo al frente del gobierno y con el estalinista Erno Gero como cabeza del Partido Comunista. Por desgracia, la primera medida de Nagy fue autorizar la entrada de tropas soviéticas esperando que su presencia consiguiera restaurar el orden y la calma en Budapest. Las protestas se convirtieron en una insurrección armada y los muertos y heridos de ambos lados se sumaron durante días.

Para aplacar a los húngaros, los soviéticos acordaron con Nagy que sacarían sus tropas del país y destituirían a Erno Gero de su cargo, pero estas medidas llegaron demasiado tarde y el día 30 los insurgentes tomaron la sede de la Federación Comunista y mataron a sus ocupantes. Imre Nagy decidió tomar medidas extremas y anunció la formación de un nuevo gobierno en el que se incluirían a los partidos democráticos existentes en el momento de la liberación del país y al líder de las revueltas, Pal Maleter, como ministro de Defensa. El 31 de octubre, con el nuevo gobierno constituido, Imre Nagy anunciaba la salida de Hungría del Pacto de Varsovia y quedaba a la espera de que los Estados Unidos apoyasen este arriesgado movimiento.

La respuesta del bloque capitalista no llegó. Eisenhower se encontraba en plena campaña de reelección y las relaciones con los soviéticos se habían deteriorado debido a la disputa entre Egipto, Francia y Gran Bretaña por el Canal de Suez. El gobierno estadounidense se limitó a decir que apoyaba la medida pero que no iría más lejos. El 4 de noviembre de 1956, los tanques soviéticos volvían a entrar en Budapest e imponían un nuevo gobierno encabezado por Janos Kadar (afín a Moscú) mientras Imre Nagy se refugiaba en la embajada yugoslava. Fue arrestado, condenado a muerte y ahorcado en 1958.

Imre Nagy, líder de la Hungría del 56
Hungría fue uno de los países satélite de la URSS que más levantó la voz durante el proceso de desestalinización. A la muerte del dictador en 1953, y viendo las críticas que Nikita Jruschov hizo de su figura en el XX Congreso del PCUS, los países que se habían visto forzados a entrar en la zona de influencia soviética pensaron que se daban las condiciones ideales para recuperar su autonomía, pero nada más lejos de la realidad. Imre Nagy llegó al poder en Hungría en el contexto de la limpieza post-estalinismo, apoyado por Malenkov desde Moscú y con claras intenciones de reformar el sistema y promover lo que más tarde sería bautizado como socialismo con rostro humano. Pero la destitución de Malenkov en 1955 y las pocas ganas de promover cambios reales de la URSS hicieron que Nagy fuese destituido.
En esta situación llegó el mes de octubre de 1956. Los eventos ocurridos en Polonia insuflaron ánimos y esperanzas a los obreros e intelectuales húngaros y estos salieron a la calle en manifestaciones masivas que demandaban una democratización del país. El día 23, cientos de miles de personas tomaron el centro de la capital y el partido se vio forzado a reincorporar a Imre Nagy y ponerlo al frente del gobierno y con el estalinista Erno Gero como cabeza del Partido Comunista. Por desgracia, la primera medida de Nagy fue autorizar la entrada de tropas soviéticas esperando que su presencia consiguiera restaurar el orden y la calma en Budapest. Las protestas se convirtieron en una insurrección armada y los muertos y heridos de ambos lados se sumaron durante días.
Para aplacar a los húngaros, los soviéticos acordaron con Nagy que sacarían sus tropas del país y destituirían a Erno Gero de su cargo, pero estas medidas llegaron demasiado tarde y el día 30 los insurgentes tomaron la sede de la Federación Comunista y mataron a sus ocupantes. Imre Nagy decidió tomar medidas extremas y anunció la formación de un nuevo gobierno en el que se incluirían a los partidos democráticos existentes en el momento de la liberación del país y al líder de las revueltas, Pal Maleter, como ministro de Defensa. El 31 de octubre, con el nuevo gobierno constituido, Imre Nagy anunciaba la salida de Hungría del Pacto de Varsovia y quedaba a la espera de que los Estados Unidos apoyasen este arriesgado movimiento.
La respuesta del bloque capitalista no llegó. Eisenhower se encontraba en plena campaña de reelección y las relaciones con los soviéticos se habían deteriorado debido a la disputa entre Egipto, Francia y Gran Bretaña por el Canal de Suez. El gobierno estadounidense se limitó a decir que apoyaba la medida pero que no iría más lejos. El 4 de noviembre de 1956, los tanques soviéticos volvían a entrar en Budapest e imponían un nuevo gobierno encabezado por Janos Kadar (afín a Moscú) mientras Imre Nagy se refugiaba en la embajada yugoslava. Fue arrestado, condenado a muerte y ahorcado en 1958.

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Alexander Dubcek, el rostro de la Primavera de Praga

Los eventos ocurridos en agosto de 1968 en la República de Checoslovaquia, la llamada Primavera de Praga, son probablemente el intento de oposición contra la Unión Soviética más conocido de la Guerra Fría. Como ocurrió en la mayoría de países de la Europa comunista, el proceso de desestalinización despertó las ganas de cambio de la población e inició un murmullo que llevaba irremediablemente hacia un levantamiento social. A finales de los 50, el debate político pasó de los foros del partido a los cafés y universidades de Checoslovaquia.

El origen de la Primavera de Praga se puede situar en 1962, cuando el estalinista Antonín Novotny intentó contentar a la población con unas tímidas medidas aperturistas que redujeron la censura y abrieron las fronteras del país al turismo. Estos humildes gestos, en lugar de calmar a los sectores críticos, hicieron que estos se reactivaran y demandaran cambios más profundos. El sector más liberal del comunismo checoslovaco pasó a estar liderado por el carismático Alexander Dubcek y cuando el golpe de Estado de 1967 promovido por Novotny fracasó, fue Dubcek quien tomó el mando del país.

El 21 de marzo de 1968 se formó un gobierno dispuesto a llevar al país hacia un modelo democrático y mucho más abierto sin abandonar algunas ideas del modelo comunista (lo que Alexander Dubcek bautizó como socialismo con rostro humano). Entre las medidas aperturistas que se promovieron destacan el intento de transformar gradualmente las estructuras del sistema, la libertad de expresión y prensa o de religión y la reaparición de los distintos movimientos que demandaban mayores libertades. También se promovió la igualdad real entre la población checa y la eslovaca. El proyecto de Dubcek se alzó como un símbolo de esperanza para aquellos que reclamaban distanciarse de Moscú y en un serio inconveniente para los gobiernos del bloque socialista.

Aunque en un primer momento la URSS dejó que Dubcek se encargase de la situación, confiando en que no intentaría salirse del redil, las medidas liberalizadoras y el acercamiento que tuvo a otros líderes críticos como Tito o Ceaucescu hicieron saltar las alarmas en Moscú. La noche del 20 al 21 de agosto, más de 600.000 soldados del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia y arrestaron a los líderes del gobierno, entre ellos Dubcek. La violencia se extendió por las calles de Praga y, para calmar la situación, se incluyó al ideólogo del socialismo con rostro humano en los Acuerdos de Moscú que preparaban una purga institucional una vez se hubiese reprimido a los manifestantes.

Gustav Husak fue elegido nuevo secretario general del partido bajo la promesa de acatar los dictados de la URSS. Las esperanzas que surgieron con la Primavera de Praga murieron aplastadas bajo las orugas de los tanques y Moscú dejó claro que no permitiría fracturas dentro del bloque soviético. Alexander Dubcek fue apartado de la política y terminó sus días como guarda forestal.

Daniel Delgado

Daniel Delgado

Periodista en construcción. Soy de los que puede mantener una conversación solo con frases de ‘Los Simpson’ y de los que recuerda sus viajes por lo que comió en ellos. Es raro no pillarme con un libro o un cómic en la mano. Valhalla or bust.

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