La masacre de Katyn

En la primavera de 1940, miles de prisioneros polacos fueron ejecutados y enterrados por los soviéticos en el bosque de Katyn. Tres años más tarde, los alemanes descubrieron aquella terrible ejecución en masa.

En 1939, el jefe máximo del NKVD, Lavrenti Beria, pensaba que los prisioneros de guerra polacos podrían ser reeducados y acabarían asimilando el espíritu soviético, para lo cual les proyectaban a diario películas propagandísticas. En marzo de 1940, sin embargo, renunció repentinamente a esta idea y declaró: “Lo único que esperan todos ellos es que los liberemos para poder participar activamente en la lucha contra el poder soviético”.

En el memorándum dirigido a Stalin el 5 de marzo, Beria concluía con la siguiente petición: “Examine el asunto con la máxima urgencia y considere aplicar la medida punitiva máxima: el fusilamiento”. El dictador se mostró enseguida dispuesto a aceptar el juicio de su jefe de seguridad.

Cerca de 15.000 polacos internados en Kozelsk, Starobilsk y Ostashkov tenían ahora una sentencia de muerte pendiendo sobre sus cabezas cual espada de Damocles, igual que los 7.000 encerrados en prisiones de Bielorrusia y Ucrania; solo se libraban de esta suerte unos pocos cientos de internos de origen ruso o extranjero.

Pero los prisioneros de Kozelsk, el comandante Solski entre ellos, vivían en una completa ignorancia con respecto al futuro que les aguardaba. De hecho, a partir de cierto momento, notaron que los guardias se mostraban más amables que de costumbre e interpretaron este cambio de actitud como un signo de que el momento de regresar a casa estaba más cerca.

“Algo está pasando. Si será algo bueno, lo sabremos pronto, querida”, le escribió un polaco a su novia el 26 de marzo de 1940. Ocho días más tarde, el ánimo de los prisioneros había incluso mejorado: “Por fin nos ponemos en marcha. Hoy ha partido la primera remesa”, escribió uno, que al día siguiente añadió: “Ha salido un nuevo grupo. Todo el mundo es optimista”.

El 7 de abril, unos 700 de los 4.500 prisioneros encerrados en el campo de Kozelsk ya habían partido. Fue entonces cuando el comandante Solski recibió el mensaje que llevaba tiempo esperando: “Recoja sus cosas”. Antes de salir, los polacos recibieron tres arenques en papel de estraza y un poco de pan para el camino. Solski reflejó en su diario la salida: “A las 14:55 dejamos atrás los muros y el alambre de espino del campo de Kozelsk. A las 16:55 nos subieron a unos vagones de prisioneros en el ferrocarril de Kozelsk”.

Camino al matadero

Las esperanzas de regresar a casa, sin embargo, sufrieron un duro golpe en Gnezdovo, donde los prisioneros eran recibidos con perros y soldados con las bayonetas caladas en los rifles. Luego se les conducía al enorme complejo del NKVD situado en el bosque de Katyn y allí, en el interior de uno de los edificios, se les disparaba por detrás con pistolas Walther de 7,65 mm compradas a Alemania antes de la guerra.

“¿Tengo que seguirle a esa habitación?”, le preguntó un prisionero a un guardia antes de entrar.

“Entonces se oyó el disparo y así acabó todo”, explicó un miembro del NKVD muchos años después de la guerra. También contó cómo luego lo arrastraron con el uniforme en la cabeza para evitar que la sangre manchara el suelo.

Los prisioneros transportados a la cárcel de Tver corrían la misma suerte que los de Járkov y Katyn: la ejecución sumaria. Vasily Blohkin, verdugo de Tver, ejecutó a miles de campesinos y obreros. Algunas noches de la primavera de 1940 llegó a fusilar a 300 polacos. Usaba siempre un delantal y llevaba guantes largos y una gorra de cuero para protegerse de la sangre. En Járkov y Tver, los rusos sacaban los cadáveres por la noche y los transportaban en camiones cerrados para luego tirarlos en fosas comunes a las afueras de las ciudades.

En Katyn, el complejo del NKVD se encontraba en el bosque, por lo que solo había un pequeño recorrido hasta las ocho fosas comunes excavadas entre los árboles. Después del asesinato de los 4.500 polacos procedentes del campo de Kozelsk, los rusos cubrieron los cuerpos con arena y tierra y luego plantaron allí pequeños abedules. Todas las huellas fueron borradas, o eso pensaban. Pero el secreto sería descubierto tres años más tarde.

Un frío día de enero de 1943, el coronel de la Wehrmacht Friedrich Ahrens se internó en el bosque de Katyn, que se encontraba en manos de los alemanes desde que, en el verano de 1941, Hitler rompiera el pacto con Stalin e invadiera la Unión Soviética.

De pronto vio aparecer un lobo de entre los árboles que llevaba en la boca un hueso de procedencia humana. Se había descubierto una de las fosas de la masacre de Katyn.

 

Más información sobre el tema en el artículo Stalin liquida a los oficiales. Aparece en el MUY HISTORIA (Colección II Guerra Mundial), dedicado a Hitler y Stalin. Infierno en el frente oriental.

Si quieres conseguir este ejemplar, solicítalo a suscripciones@zinetmedia.es. También puedes comprarlo a través de Zinio o de Kiosko y Más. Y si deseas recibir cada mes la revista Muy Historia en tu buzón, entra en nuestro espacio de Suscripciones.

Continúa leyendo