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La invasión de Polonia en el cine

Te damos una lista con las películas de ayer y hoy que mejor recogen la invasión de Polonia por los nazis y sus terribles consecuencias.

Soldado nazi
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De entre las muchas películas que tratan la invasión de Polonia y el infierno del gueto de Varsovia, El pianista (2002), del director polaco emigrado Roman Polanski, es, tal vez, la más representativa –y la de mayor éxito comercial–: un estremecedor y perfecto reflejo de las penurias y el sometimiento del pueblo polaco –y en especial el judío– bajo el yugo nazi. Todo ello a través de los ojos del pianista Władysław ‘Władek’ Szpilman, nombre de la persona real (encarnada por el actor Adrien Brody) en la que está basada la película. El hijo del músico, Andrzej Szpilman, reeditó las memorias de su padre, primero en alemán (1998) y posteriormente traducidas al inglés en el año de su muerte (El pianista del gueto de Varsovia, 2000), todo un best seller llevado brillantemente al cine por Polanski en este film, que obtuvo tres Oscar: mejor actor (Adrien Brody en el papel de su vida), mejor director y mejor guion adaptado.

La película deja en la retina imágenes imborrables: Szpilman caminando por una calle repleta de maletas deshechas, sin poder contener el llanto; Szpilman agazapado en su silencioso escondite, siempre acompañado de su inseparable lata; una habitación con vistas al gueto en donde imagina tocar un piano mudo; su encuentro con el oficial alemán y su posterior recital al piano de cola, o esa agónica escena con las manos en alto y con un abrigo alemán puesto para protegerse del frío invernal, en una confusión que le pudo costar la vida.

El pianista ofrece una visión en primera persona que la hace íntima y veraz, acercando al espectador a aquellos días de guerra y sufrimiento. Polanski –que perdió a gran parte de su familia en el gueto y los campos– logra que la persona presente en la sala sienta la necesidad de protegerse y proteger a su vez a Spilzman. El pianista traslada el diario del protagonista en una especie de dictado volcado al séptimo arte, algo que consigue con su maestría en la dirección, un guion sublime y un protagonista en estado de gracia, tres elementos que se conjugan a la perfección.

Muchas de las películas que tratan sobre la invasión de Polonia o el gueto de Varsovia han querido trasladar un mensaje positivo de superación después del padecimiento, un mensaje de lucha y resurgimiento. Es el caso de algunos films con tintes nacionalistas, lógicos después de conocer los horrores por los que tuvieron que pasar tanto los pobladores del gueto como los que se opusieron a la ocupación nazi de Varsovia, en un ejercicio de supervivencia ante el exterminio. Una película que lo refleja muy bien, y con suma crudeza, es Varsovia 44 (2014, Jan Komasa), que nos traslada sin contemplaciones a los momentos más duros de la batalla por el control de la ciudad en los últimos días de la ocupación alemana y primeros de la llegada de los soviéticos. Así, entre dos aguas, se encuentra la resistencia polaca, que sobrevive a duras penas.

Varsovia 44 tiene como hilo argumental la vida de un chico corriente de barrio, que vive con una madre atormentada por un marido que murió en la Gran Guerra y con un hermano pequeño que lo admira. El joven, atrapado entre dos amores, se unirá a la resistencia polaca para combatir a los nazis, dejando a su familia atrás. La poca preparación militar y la escasez de recursos, tanto armamentísticos como en víveres, harán de su periplo un peligroso viaje del que difícilmente saldrá bien parado.

Es una interesante película polaca con momentos muy duros y escenas difícilmente olvidables e impactantes, entremezcladas con otras algo extrañas con un cierto halo de lirismo. Al terminar, el film aporta algunos datos estremecedores: el 1 de agosto de 1944, día de la sublevación, vivían en Varsovia 900.000 personas; 63 días después, habían muerto 200.000, y las 700.000 restantes se vieron forzadas a abandonar la ciudad. Entre las ruinas, después del levantamiento, apenas se halló a 1.000 supervivientes. Hoy en día Varsovia tiene dos millones de habitantes.

Un trabajo imprescindible del cine polaco sobre este periodo histórico es Ida (2013), joya cinematográfica de intachable factura, con planos sencillos y limpios rodados en blanco y negro. Una obra de arte dirigida por Pawel Pawlikowski, ganadora de un Oscar a la mejor película de habla no inglesa, que narra la peripecia de una monja de origen judío que indaga en el tormentoso pasado de la ocupación nazi; un viaje a través de sus propios fantasmas que transcurre en el año 1962 y que le deparará a Ida sorpresas y secretos, que serán finalmente desvelados por la joven religiosa.

Al final de la guerra –agosto de 1944– se dio, como ya se ha dicho, un levantamiento del pueblo polaco contra los nazis, debilitados y agobiados por la inminente llegada de los soviéticos. La encrucijada en que se vieron envueltos los polacos, atrapados entre alemanes y rusos, está muy bien reflejada en la ya comentada Varsovia 44, pero también, sin duda, en otra película polaca: Walesa, la esperanza de un pueblo (2013).

Tras la toma de la ciudad por los rusos y la huida de los nazis, la URSS asumió el control de Polonia e instauró un régimen comunista en el país. De nuevo, los polacos quedaban sometidos al poder de una nación invasora. El Estado pasó a llamarse República Popular de Polonia hasta 1990. El veterano y gran director polaco Andrzej Wajda narra en esta película la vida de Lech Walesa, sindicalista que luchó contra el gobierno comunista promoviendo la democracia y que, desde sus raíces cristianas, intentó visibilizar otras opciones políticas al margen de la impuesta por los rusos. Walesa llegaría a ser Premio Nobel de la Paz y presidente de Polonia tras la caída del bloque comunista, por lo que está considerado por muchos en el país de la bandera blanquirroja como un icono de la libertad y la democracia.

Hay otra película que, aunque desigual, es interesante, no tanto por las interpretaciones, un tanto mediocres, como por la realidad que recrea y que pocas veces se ha reflejado en la gran pantalla. Durante la ocupación alemana, hubo ciertas potestades de las autoridades polacas que se respetaron: por ejemplo, la Oficina de Policía de Homicidios. Paradójicamente, en plena Segunda Guerra Mundial y con el país ocupado, los asesinatos cometidos por delincuentes comunes en Varsovia los resolvían las propias autoridades locales.

El film se llama El Mercedes negro (2019), mismo título que empleó previamente el director, Janusz Majewski, en el libro en que se basa. Majewski narra un curioso caso dentro de la Varsovia ocupada: un prestigioso abogado llamado Holzer esconde en su casa a una joven judía a la que hace pasar por su propia esposa; la joven aparecerá muerta, con un puñal clavado por la espalda, en ausencia de su ‘marido’. A partir de ahí, el comisario que se ocupa de la investigación comenzará a recopilar pruebas que harán que se vean implicados no pocos sospechosos. La trama es un tanto rocambolesca e incluso podríamos definirla como retorcida y estrafalaria, pero no está exenta de momentos curiosos y sorpresivos.

Otra película ambientada en Polonia en tiempos de guerra es Hijos de un mismo Dios (2001), cuya acción se sitúa en Cracovia. Durante el otoño de 1943, un niño llamado Romek –interpretado por Haley Joel Osment, el chico que veía fantasmas en El sexto sentido (1999)– escapa de una muerte segura gracias a un granjero que lo ayuda. En su fuga, el pequeño conoce a un sacerdote católico (Willem Dafoe), que tratará de protegerlo ocultando su origen judío y adoctrinándolo en el catolicismo. Es un film norteamericano dirigido por el polaco Yurek Bogayevicz, un tanto tópico y sensiblero y cuyo claro mensaje es que a las personas nos unen más cosas de las que nos separan.

En este artículo sobre la ocupación de Polonia en el cine, no podemos olvidarnos de algunas películas imprescindibles que no tratan tanto de la invasión del país como de los campos de exterminio polacos: en concreto, los tristemente archiconocidos Auschwitz I y Auschwitz II-Birkenau. Así, La lista de Schindler (1993, Steven Spielberg), El niño con el pijama de rayas (2008, Mark Herman), El hijo de Saúl (2015, László Nemes) o La decisión de Sophie (1982), entre otros magníficos ejemplos.

Hay películas que marcan a los propios actores, como fue el caso de este último film y su excelente protagonista, Meryl Streep, que aprendió polaco y alemán para perfeccionar su registro dramático. Streep, como es sabido, es una de las mejores y más esforzadas, casi obsesivas, intérpretes en cuanto al dominio de idiomas y matices fonéticos. Sus variadas modulaciones, sus tonos y acentos y su cuidado en la dicción no dejan de sorprender al mundo del celuloide. Su trabajo en La decisión de Sophie es buena muestra de ello. Interpretar a Sophie Zawistowska le valió a Meryl Streep el Oscar a a la mejor actriz.

La película es una coproducción británico-estadounidense escrita y dirigida por Alan J. Pakula –autor de títulos como Klute (1971), Todos los hombres del presidente (1976) o El informe Pelícano (1993), entre otros–. El film aborda la vida de Sophie Zawistowska, una polaca capturada junto a sus dos hijos por los nazis. Cuando van a ser deportados en un tren de ganado a Auschwitz, Sophie se dirige a un oficial alemán diciéndole que es católica y no judía. El oficial, acercándose a ella, le responde citando a Cristo –“Dejad que los niños se acerquen a mí”– y anunciándole que tendrá el “privilegio”, por ser católica, de poder salvar a uno de sus dos hijos y elegir a cuál de ellos. Esa es la terrible decisión –“elección”, en el original en inglés– a la que alude el título. Con la muerte en vida de verse obligada a tal situación, Streep somete al espectador a un durísimo ejercicio actoral, de intensidad dramática y realismo pocas veces vistos en la gran pantalla. Desgarradora y conmovedora, la cinta supuso también el primer trabajo de otro gran actor, el siempre solvente Kevin Kline.

Y en una relación de films sobre el Holocausto no puede faltar el documental Shoah (1985), tan desconcertante como necesario en las aulas de cualquier instituto. Una película sobria, directa, con entrevistas a testigos –tanto perpetradores como supervivientes– de la Polonia ocupada y de sus campos de exterminio, entre otros muchos lugares. Sin imágenes de archivo, tan solo con personas que hablan a cámara y lugares donde sucedieron los hechos pero rodados en la actualidad, es la obra cumbre del director francés Claude Lanzmann. Con más de nueve horas de metraje (566 minutos) y once años de rodaje en catorce países diferentes, Shoah –que en hebreo significa “catástrofe”– es, sin duda, uno de los títulos imprescindibles del séptimo arte.

Resistencia (2008, Edward Zwick), por el contrario, es una de esas películas de corte comercial que solo buscan entretener y atraer a gran número de espectadores a las salas de cine, objetivo ampliamente alcanzado con una recaudación de más de 52 millones de dólares, casi el doble de lo que costó hacerla. En ese sentido, contar una historia heroica desde el puro entretenimiento y con el atractivo añadido de Daniel Craig, que por entonces ya se había convertido en el duro James Bond, fue sin duda una apuesta segura. La historia nos traslada a la Polonia ocupada de 1941, de la que logra escapar junto a sus hermanos Tuvia Bielski, un partisano polaco que existió realmente (y al que, por supuesto, encarna Craig). Este héroe nacional de la resistencia forma un grupo guerrillero que actuará oculto en los bosques bielorrusos. La película es bastante convencional, pero no falla respecto a su practicidad: mucha acción y poca conclusión que sacar más allá de los disparos y las escenas trepidantes.

Hay también películas que, más allá de sus méritos artísticos, son importantes porque los hechos reales que narran fueron tabú y es necesario contarlos para que no los sepulte el olvido. Es el caso de Katyn (2007), que expone un cruento episodio en el que miles de polacos murieron a manos del ejército soviético. Después de ser invadida Polonia, se dio la circunstancia de que al oeste se encontraban los soldados hitlerianos y al este los estalinistas. El Ejército Rojo avanzaba con decisión y, por orden expresa de Jósef Stalin, durante la primavera de 1940 fueron ejecutados más de 22.000 oficiales polacos, dejando así vía libre a los mandos soviéticos para planificar a sus anchas la invasión. Los asesinatos se produjeron a sangre fría, de un tiro en la nuca y enterrando a las víctimas en fosas comunes: una auténtica masacre. Durante muchos años, dicha atrocidad fue atribuida a los nazis, pero a partir de la caída del comunismo, en 1990, las autoridades rusas reconocieron los hechos. La película, dirigida por Andrzej Wajda y escrita por él mismo junto a Przemyslaw Nowakowski y Władys ław Pasikowski, fue un proyecto muy personal del primero, puesto que perdió a su propio padre en dicha matanza.

Actualmente, en el lugar de los hechos, los bosques de Katyn, existe un memorial muy recomendable para todo visitante que desee honrar a los fallecidos.

Una de las películas que tuvieron mayor impacto en mi persona siendo niño fue El tambor de hojalata (1979), ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes y el Oscar a la mejor película extranjera. Dirigida por Volker Schlöndorff, es una coproducción de Alemania Occidental, Francia y Polonia que narra la cruda historia del sufrimiento de un niño en tiempos del ascenso del nazismo en su Polonia natal y el desengaño que experimenta en el seno familiar, en especial con su madre. El niño se aferrará a su tambor de hojalata y emitirá unos chillidos estridentes como extraño mecanismo de defensa. Una historia cruel e hiperrealista que nos acerca a la sociedad civil polaca a través de la visión inocente y traumática de un niño llamado Oskar. El film esta basado en la novela homónima del Premio Nobel de Literatura Günter Grass, publicada en 1959; la adaptación cinematográfica fue igualmente un éxito de crítica y obtuvo diversos galardones. Oskar Matzerath, nacido en 1924 en Danzig (hoy Gdansk, Polonia), narra su vida desde un hospital psiquiátrico entre los años 1952 y 1954. La obra repasa una existencia repleta de situaciones límite y marcada asimismo por el contexto histórico del nazismo y la guerra.

Ernst Lubitsch fue un director magistral que nos legó, entre otras joyas, un clásico para la posteridad sobre la ocupación alemana de Polonia: Ser o no ser (1942), obra maestra que tiene además el mérito de haber sido rodada en plena Segunda Guerra Mundial y durante la propia ocupación. La película es a la vez un alegato antinazi y una desternillante comedia satírica que pone en evidencia, a base de ironía e inteligencia, la sinrazón y la ridiculez del movimiento nacionalsocialista de Adolf Hitler.

El argumento del film nos lleva hasta el profesor Siletsky, un espía polaco al servicio de la Gestapo, que elabora una lista negra de colaboradores de la resistencia que pretende entregar a las autoridades nazis. Sin embargo, Joseph Tura, un actor polaco, y su esposa María Tura, también actriz, intentarán evitarlo a toda costa. Tura se hará pasar por el sádico coronel Erhardt y por Siletsky y, con ayuda de otros actores, logrará colarse en el cuartel general de las SS.

Ser o no ser es una comedia tan eléctrica que no pierde un ápice de interés conforme pasan los años; al revés, gana enteros en lucidez y dinamismo. Lubitsch despliega una puesta en escena de manual para toda escuela de cine que se precie, con planos soberbios, elaborados y perfectamente montados para los medios de la época. La suplantación de los oficiales nazis es hilarante y conforma una obra que va de menos a más hasta un final explosivo. En definitiva, Ser o no ser es una película imprescindible y genial para tiempos de guerra, que hoy en día resulta imperecedera. Con guion de Edwin Justus Mayer que se apoya en una historia de Melchior Lengyel, si a ello añadimos la dirección de Lubitsch y las interpretaciones de Carole Lombard, Robert Stack, Jack Benny o Stanley Ridges, el entretenimiento y la reflexión están asegurados.

Uno de los episodios menos conocidos de la contienda que padecieron los polacos es la batalla de la península de Westerplatte. Se libró en el puerto de Danzig, en donde 200 soldados polacos fueron atacados por tierra y mar durante los primeros compases de la invasión alemana del 1 de septiembre de 1939. Fue, por tanto, una de las escaramuzas iniciales de la Segunda Guerra Mundial. La heroica resistencia de una semana fue llevada al cine en 2013 por el director polaco Pawel Chochlew en 1939: battle of westerplatte. Esta coproducción polaco-lituana nos acerca al mito del combate a muerte por la defensa de tu propio país en desiguales condiciones respecto al enemigo.

Y, cómo no, no podía faltar el amor en tiempos de guerra. Aunque algo edulcorada y con cierto aspecto de telefilm, no deja de tener su encanto la película que Niki Caro dirigió en 2017 sobre la pareja (real) formada por Jan y Antonina Żabiński, La casa de la esperanza. Este matrimonio dirigía el zoo de Varsovia en el momento de la ocupación, y el film cuenta su punto de vista sobre el asedio, los bombardeos y la persecución a los judíos, y el dilema moral que esta les plantea (saben que serán ejecutados si los protegen). Finalmente, su implicación llevará a los protagonistas a salvar a cientos de judíos, así como a los animales ocultos en el propio zoológico.

El guion, a cargo de Angela Workman y basado en la novela de Diane Ackerman, aunque algo ingenuo nos acerca una historia real y de interés. Los protagonistas son Jessica Chastain, Johan Heldenbergh y Daniel Brühl.

Por último, en Cielo de agosto: 63 días de gloria (2013), el director polaco Irek Dobrowolski, con guion propio, nos habla de un diario que perteneció a un profesor que se escondió durante los primeros días del alzamiento contra la ocupación nazi. Un drama bélico breve –apenas hora y cuarto de metraje– que, sin embargo, se hace algo denso debido a un montaje un tanto farragoso, y con una factura que se acerca a la de un telefilm de sobremesa.

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