La ideología de Mao en un pequeño libro rojo

En plena Revolución Cultural china, Europa volvió la mirada hacia el maoismo y el Libro Rojo se convirtió en un best seller.

Guardias Rojos portando el Libro Rojo

El 68 chino no se parece en nada al Mayo francés, pese a que ambos países se hallaban inmersos en una dinámica “revolucionaria”. Habían pasado dos años desde el inicio de la Revolución Cultural y los Guardias Rojos campaban a sus anchas, totalmente fuera de control, provocando el terror en una inercia represiva contra los presuntos elementos “contrarrevolucionarios” desbocada y sin precedentes. El faccionalismo se había desbordado por completo en las universidades y, en la práctica, el país, tras dos años de caza de brujas, estaba al borde de la guerra civil. En julio de 1968, ante la gravedad de la situación, finalmente Mao optó por poner coto al caos desmovilizando a los Guardias Rojos y proyectando la Revolución, hasta entonces un fenómeno eminentemente urbano, hacia el campo: dispersó a los jóvenes radicales con el fin de expandir la Revolución en el ámbito rural y devolvió el poder al ejército, desplazado hasta entonces a un segundo plano por la emergencia de las milicias paramilitares de los Guardias Rojos.

La Revolución Cultural estaba en plena ebullición en 1968. Y estaba causando estragos porque, en realidad, era ese el propósito con el que había nacido. Los años finales de la década de 1950 y el decenio sucesivo inauguran lo que el historiador John King Fairbank denominó “los veinte años perdidos de China”. Tras el espejismo de la Campaña de las Cien Flores en 1956, en la que fugazmente el régimen alentó el debate y la crítica, tratando de lograr la adhesión de los intelectuales, el maoísmo comenzó a mostrar su peor cara. Muchos autores defienden que las Cien Flores (“que cien flores florezcan y cien escuelas discutan”) no fueron sino una trampa de Mao para identificar a los intelectuales críticos con el partido y el régimen y abrir la veda de la represión ideológica. La Campaña Antiderechista de 1957, en la que se persigue sin cuartel a la intelectualidad crítica o simplemente equidistante, inaugura este período negro de la Historia de China marcado no sólo por la persecución paranoica del discrepante, sino también por un faccionalismo cada vez más acusado en el seno de un Partido Comunista Chino en el que Mao estaba perdiendo peso, poder y respaldo.

El liderazgo del Gran Timonel era cada vez más contestado y las erráticas políticas económicas de Mao no ayudaban nada. El estrepitoso fracaso del Gran Salto Adelante (1958-1961), un paquete de medidas políticas sociales y económicas que pretendía obrar el milagro de una transición relámpago de una economía agraria a una economía industrial, no hizo sino comprometer aún más la hasta entonces indiscutida hegemonía de Mao, exacerbando las disputas y las maniobras “conspiratorias” en el seno del PCCh. Es ese contexto, el de un líder discutido intentando eliminar a la oposición y hacerse con las riendas del partido y del régimen después de una década de mala gestión y del consecuente desgaste derivado de tales errores, el que empujó a Mao en 1966 a abrir un nuevo período de presunta reestructuración y reinvención de la revolución proletaria.

China patas arriba

El objetivo declarado era devolver a la revolución sus ideales primigenios, reconducir el rumbo de la misma, restituirle al pueblo el protagonismo perdido y restaurar la pureza ideológica del movimiento, socavando el poder de los burócratas en beneficio de los ciudadanos de a pie. En realidad, lo que Mao estaba haciendo era instrumentalizar al pueblo para la obtención de fines mucho más prácticos. El Gran Timonel interpretaba la aparición de élites en el régimen, que él mismo había alimentado, como un síntoma inequívoco de la deriva de la revolución. La Revolución Cultural no fue otra cosa que una purga interior salvaje, un intento de desarticular el poder de la clase dirigente, descentralizar la administración y reconquistar el poder absoluto dentro de un partido con demasiados elementos díscolos. Sencillamente, Mao había creado un monstruo –alimentado además con el fiasco del Gran Salto Adelante– y en 1966 quería destruirlo, aunque para ello fuera necesario poner el país patas arriba.

Más información sobre el tema en el artículo Derribar todo lo viejo de Roberto Piorno. Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a 1968. El año de los mil cambios.

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