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La huida más increíble del muro de Berlín

Fue protagonizada por dos familia alemanas en 1979 y tardó más de un año en llevarse a cabo

El Muro de Berlín fue la barrera física e ideológica que dividió a Alemania desde 1961 hasta 1989. Aisló a millones de familias y protagonizó miles de intentos de fuga: más de 100.000 personas intentaron escapar y apenas unas de 5.000 lo consiguieron. Entre ellos dos familias (cuatro adultos y cuatro menores) que huyeron de Alemania Oriental cruzando la frontera en un globo aerostático.

Los responsables de la hazaña fueron Peter Strelzyk, un electricista de 37 años y Günter Wetzel, un albañil de 24, ambos compañeros de una fábrica de plásticos y que compartían el deseo de escapar. Primero pensaron en construir un helicóptero, pero rápidamente se dieron cuenta de que no podrían adquirir un motor capaz de impulsar una nave de este tipo. Y se inclinaron por el globo. Para ello calcularon el peso de los pasajeros (ellos dos, sus parejas y sus cuatro hijos de entre 2 y 15 años), el de la propia nave. El resultado fue que debían crear un globo cuya superficie fuera de unos 800 metros cuadrados. El problema era dónde comprar tanta tela. Y cómo justificarlos. La primera compra fue de una remesa de algodón: Wetzel pasó dos semanas cosiendo la tela en una máquina de coser manual de 1930 mientras Strelzyk construía la cabina, completamente abierta. El quemador lo fabricaron con dos bombonas de gas, mangueras, tuberías de agua, una boquilla y un trozo de de estufa.

Tras encontrar un bosque apartado para el primer ensayo, alternar aire caliente, construir un motor de hinchado con piezas de una moto y perder días y ganar miedo, se dieron cuenta que el globo no se hinchaba porque el aire se filtraba entre los poros de la tela. Perdieron tiempo y, sobre todo dinero (unos 15.000 euros actuales). Strelzyk eliminó la tela quemándola en su horno durante varias semanas para no dejar pruebas.

Ensayos muy peligrosos


Los siguientes meses los dedicaron a investigar en diferentes tipos de tejidos, tela para paraguas, tafetán y nailon. Utilizaron un horno para probar la resistencia al calor del material y lo sometieron a diferentes presiones para probar su resistencia. Finalmente, por calidad y precio, se inclinaron por un tipo de tafetán (una tela similar a la seda). Tuvieron que viajar más de 160 kilómetros para comprarlo, acreditándose como pertenecientes a un club de náutica que necesitaba el material para las velas. También compraron un motor eléctrico para modernizar la máquina de coser y así ahorrar tiempo: gracias a ello el siguiente globo estuvo hecho en una semana.

Poco después, regresaron al claro del bosque e hincharon el globo en apenas cinco minutos. El problema fue que la potencia del quemador no era suficiente para elevar el globo y la base. Así, durante meses agregaron nuevas bombonas y probaron con diferentes mezclas de combustible hasta dar con la adecuada. Al mismo tiempo descubrieron que si daban vuelta a las bombonas, la presión adicional hacía que el propano líquido se gasificara, lo que permitía crear una llama más grande. Y para subir las ahora cuatro bombonas, también tuvieron que ampliar la carlinga. Estaban preparados para huir. Pero el globo no: cuando alcanzaron una altura de 2000 metros, entraron en una nube y el vapor de agua se condensó en el globo, sumando un peso que no tenían contemplado y provocando el descenso… a 180 metros de la frontera, del lado de Alemania Oriental.

Los 8 miembros de la expedición estuvieron caminando 9 horas mientras evitaban las zonas minadas y regresaron con el tiempo justo para avisar porqué no habían ido a clase o al trabajo. Solo quedó un testigo: el globo, que fue descubierto por la policía a la mañana siguiente. Tenían que hacer todo nuevamente. Y rápido o los iban a descubrir.

Escape de Berlín
Commons

Corriendo contra el tiempo

Pese a los problemas que iban a enfrentar decidieron que debían duplicar, una vez más, el tamaño del globo y viajaron por todo el país comprando retazos de telas de diferentes colores para no despertar sospechas. En total necesitaron casi 1500 metros cuadrados de tela, 6 kilómetros de hilo reforzado y dos semanas. Pero tuvieron que esperar aún hasta el 15 de septiembre. Cuando alzaron el vuelo, se quemo parte del globo, no ascendieron todo lo que esperaban por el agujero que quedó, la temperatura era de -8ºC, no tenían nada que les cubriera del frío y volaron mucho menos de lo pensado: apenas 28 minutos.

Aún así, cruzaron la frontera y llegaron a un pueblo a 10 kilómetros de ella. Las dos familias se establecieron en Naila, donde “aterrizaron”. Wetzel encontró trabajo como mecánico de automóviles y Strelzyk abrió un taller de reparación de televisores, pero su familia muy pronto se mudó a Suiza, huyendo de los espías de la policía secreta de Alemania Oriental . Cuando cayó el muro, en 1989, regresaron a su antigua casa, en Pößneck. Los Wetzel, en cambio, jamás volvieron.

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