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La honra de España: los Borbones y la Revolución de 1868

Desde 1863, progresistas y republicanos colaboraron para derribar el trono de Isabel II y el régimen que representaba.

Revolución de 1868

La Revolución de septiembre fue la última de la larga serie de rebeliones impulsadas por dos fuerzas políticas con importantes apoyos populares. Desde 1863, progresistas y republicanos colaboraron para derribar el trono de Isabel II y el régimen que representaba. Fracaso tras fracaso, los objetivos tuvieron que redefinirse para ensanchar los apoyos sociales del proyecto revolucionario, sobre todo después de 1866, cuando los efectos de una crisis económica devastadora multiplicaron el descontento de las clases desfavorecidas. Por eso, en 1867, el general Prim, en sus manifiestos, no solo prometía instaurar libertades democráticas, sino también abolir el injusto sistema de quintas y los odiados impuestos de consumo.

Sin el giro autoritario que caracterizó a los últimos años del reinado de Isabel II es probable que la revolución no hubiera triunfado. Las promesas de apertura para desactivar el acoso conspirativo fueron tardías, insuficientes y poco creíbles. Llevada por sus propios escrúpulos religiosos y por los juegos de influencia que sobre ella ejercían las 'camarillas', la reina terminó apoyándose en los sectores más conservadores del partido moderado para conjurar la revolución. La desmesura represiva contra los manifestantes de la Noche de San Daniel y contra los sargentos rebeldes del cuartel de San Gil, en 1866, alimentó todavía más la protesta antidinástica.

Madeja de hilos conspirativos

En 1868, apenas era reconocible el régimen constitucional. In cluso, los dirigentes de la Unión Liberal que protestaron por el autoritarismo del Gobierno fueron desterrados. La suma de una fuerza conservadora a la heterogénea amalgama revolucionaria añadió mayor indeterminación a los objetivos de la conspiración. Pero, a la vez, aportó dos factores cruciales: el dinero del duque de Montpensier, aspirante a suceder a su cuñada en el trono, y la influencia de militares como el general Serrano o el almirante Topete. Fue este último quien rompió fuego en Cádiz el 17 de septiembre de 1868. Con él se encontraban Prim y sus colaboradores más cercanos en el exilio, Sagasta y Ruiz Zorrilla.

En realidad, la “Gloriosa” fue el resultado de múltiples hilos conspirativos que desembocaron en un movimiento revolucionario que iba mucho más allá de lo que algunos de sus inspiradores pretendían. El rumbo democrático fue marcado por las juntas revolucionarias que asumieron el poder. La causa antidinástica se abrió camino por la acción de las masas populares, que tomaron la iniciativa para destronar simbólicamente a Isabel II: sus retratos y los emblemas de la casa de Borbón fueron destruidos en medio de la “fiesta revolucionaria”. A los nuevos poderes provisionales no les quedó más remedio que hacer suyo el lema de “Abajo los Borbones”.

Mientras, el ejército rebelde de Serrano se enfrentaba a las tropas leales a la reina en el puente de Alcolea, Isabel II esperaba cerca de la frontera con Francia poder entrevistarse con Napoleón III. El emperador francés, sin embargo, ya se había comprometido con Prim a no inmiscuirse en los asuntos español es siempre que se cumplieran dos condiciones: en España no podía proclamarse la república, ni la corona podía recaer en ningún representante de las antiguas casas reales francesas, lo que excluía al duque de Montpensier, hijo del último rey de Francia, Luis Felipe de Orleans.

'La espuria raza de los Borbones'

La victoria de Serrano en Alcolea el 28 de septiembre selló el destronamiento de la reina. Isa bel II no tuvo más remedio que cruzar la frontera. Fue acogida por Napoleón III y por la emperatriz, Eugenia de Montijo, en el castillo de Pau. Allí firmó un manifiesto “a los Españoles” en el que reivindicaba sus derechos al trono. Pero la legitimidad dinástica no significaba nada para las multitudes que en España clamaban por derribar “todo lo existente”. Pérez Galdós sintetizó los derroteros de la “Septembrina” al describir un letrero en el que se anunciaba “que había caído para siempre la espuria raza de los Borbones”, una consigna ligada a la de “Viva España con honra” para definir las esperanzas en la regeneración política y social del país.

Esas esperanzas, por supuesto, eran tan diversas como las propias fuerzas políticas que habían contribuido a la revolución. Para la diplomacia internacional, la primera gran sorpresa de la nueva etapa fue la rápida expansión de los republicanos, patente en los buenos resultados que obtuvieron en las elecciones municipales de diciembre de 1868, las primeras celebradas por sufragio universal masculino. Para frenarles, el Gobierno provisional, presidido por Serrano y con Prim en la cartera clave de Guerra, no tardó en declararse monárquico. Como respuesta, se constituyó el Partido Republicano Federal. A la derecha del Gobierno también se reorganizaban los carlistas.

Rebelión en las colonias

En las colonias, la exigencia de libertad se manifestó de una manera diferente. Est alló un movimiento independentista que, en el caso de Cuba, derivó en un largo conflicto bélico. La guerra condicionó la evolución del régimen democrático en la península. Para sofocar la rebelión, el Gobierno necesitaba a las élites propietarias que tenían el control efectivo de la isla. Constituidos como un importante grupo de presión, instrumentalizaron la contienda en nombre de la integridad nacional para impedir la abolición de la esclavitud. El conflicto, al mismo tiempo, obstaculizó cualquier propósito de abolir las quintas. Dos de las principales promesas revolucionarias quedaban en el aire.

Las elecciones a Cortes Constituyentes de 1869 depararon la victoria gubernamental. Los progresistas, identificados con los demócratas que aceptaban la monarquía, fueron la fuerza decisiva en la elaboración de la nueva Constitución. Fueron, fundamentalmente, tres los dilemas a resolver. El primero, la consideración de los derechos individuales como derechos naturales y, por tanto, ilegislables. Así quedaron consignados en el título primero. Entre ellos, se proclamó la libertad religiosa, aunque el Estado seguía comprometido a asumir el presupuesto de culto y clero. Eso no bastó para contentar al integrismo católico, representado por los carlistas que, en el verano de 1869, se levantaron en armas sin éxito.

Divergencias problemáticas

La monarquía prevaleció sobre la república por amplio margen de votos. Pa ra los federales, la democracia y el principio dinástico eran incompatibles. Sin embargo, no apelaron a la oposición violenta hasta que el Gobierno, en septiembre, dictó una ley de orden público que, a sus ojos, cercenaba los derechos individuales. La sublevación republicana, sin el apoyo de sus principales líderes, fue fácilmente aplastada. Se entró, entonces, en una fase de consolidación de las nuevas instituciones diseñadas por la Constitución de 1869. Para ello faltaba presentar a las Cortes un candidato al trono que pudiera contar con el apoyo de unionistas y progresistas. No era sencillo, puesto que unos y otros aspiraban a un modelo de monarquía muy distinto.

Esas divergencias lastraron el reinado de Amadeo de Saboya desde su llegada a España. El duque de Aosta fue una de las primeras opciones propuestas por los progresistas. Su candidatura, sin embargo, no se materializó hasta finales de 1870, cuando dio su brazo a torcer y las Constituyentes le dieron su confianza. De los 191 votos que obtuvo, la mayoría eran de los llamados “radicales”. Es decir, de los progresistas que trataban de profundizar en la democratización del sistema bajo una monarquía concebida como un poder puramente simbólico. Los unionistas, en su mayor parte montpensieristas, le apoyaron tras la derrota de su candidato. Para ellos, con la monarquía debía detenerse la inercia democratizadora de la Revolución de 1868.

Lucha sin cuartel

Esa brecha entre radicales y conservadores ya era patente en 1870. Pero, tras el asesinato de Prim, días antes de la llegada del rey, la distancia se hizo insalvable. Su desaparición obligó a formar un Gobierno de coalición bajo la presidencia de Serrano, líder de los unionistas, que había ocupado hasta entonces una Regencia meramente nominal. Los radicales habían quedado descabezados militarmente y el nuevo monarca llegaba convencido de que en España, sin el Ejército, “no se podía hacer nada”. Dadas las divergencias, la coalición era inoperante. No tardó en romperse: en julio de 1871, los radicales de Ruiz Zorrilla formaron Gobierno. Comenzó, en ese momento, una lucha sin cuartel en la que se ventilaba el futuro de la monarquía.

Con el trasfondo de la Comuna de París, los unionistas de Francisco Serrano, aliados con los progresistas conservadores de Práxedes Sagasta, se centraron en aislar al movimiento republicano con una política de orden y de reconciliación con la Iglesia. A fines del año 1871, p rohibi eron la Asociación Internacio nal de Trabajadores. Los radi calesvieron en su llamada al Gobierno, en junio de 1872, una última oportunidad para sacar adelante su programa reformista, con tres grandes objetivos: eliminar las quintas, impulsar la secularización de la sociedad yabolir la esclavitud. Para entonces, a la rebelión cubana se sumó un nuevo levantamiento carlista, bajo el pretexto de la corrupción que presidió las elecciones de 1871 y 1872.

La renuncia de Amadeo I

En febrero de 1873, Amadeo I renunció al trono. El motivo estuvo directamente relacionado con el proyecto de abolición de la esclavitud en Puerto Rico. La presión de los negreros, con poderosos apoyos en dentro de la península que incluían a los líderes conservadores y a gran parte de la aristocracia, se había recrudecido desde finales de 1872 con el fin de derribar al Gobierno. Muchos partidarios radicales temían que el rey otorgara de nuevo su confianza a Serrano. Sus reformas podían ser aprobadas por una asamblea republicana, pero no bajo un Gobierno conservador. Por eso, estaban dispuestos a proclamar la república con los federales. Algunos generales unionistas se ofrecieron al soberano para proteger la corona mediante un golpe militar, pero no le garantizaron conservar el trono. Entre la espada conservadora y la pared radical, el duque de Aosta decidió marcharse por su propio pie.

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