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La historia olímpica que inspiró Carros de fuego

Dos hombres que se redimieron…pero no como cuenta la película

Juegos Olímpicos
Getty

Sin duda Carros de fuego es un clásico del séptimo arte. Estrenada en 1981, fue galardonada con cuatro premios de la Academia, incluidos Mejor Película y Mejor Guión original. En ella se relata la historia de dos atletas, velocistas para más datos, británicos: Eric Liddell y Harold Abrahams, que participaron en los Juegos Olímpicos de París de 1924. Pero la historia no es exactamente como lo cuenta la película…sino mucho más interesante.

Hijo de misioneros y profundamente devoto, Eric Liddell, según la película, descubrió apenas se subió al barco que lo llevaría a París, que las eliminatorias para su evento, los 100 metros, estaban programadas para un domingo y por ello cambió a los 200 y 400 metros. La realidad es que Liddell sabía las fechas y las horas desde hacía meses y había decidido no competir en los 100 metros, el relevo de 4 × 100 metros o el relevo de 4 × 400 metros porque todos requerían correr un domingo y ese era el día de descanso según sus creencias.

La prensa lo criticó duramente y calificó su decisión de antipatriótica, pero Liddell ignoró los comentarios en su contra y se inclinó por los 200 y los 400 metros, carreras que no le obligarían a romper el descanso. Al finalizar su participación, había ganado la medalla de bronce en los 200 y la de oro en los 400, batiendo el récord mundial. Cuando volvió a Gran Bretaña la prensa lo trató como un héroe, pero Liddell una vez más ignoró el clima de admiración y se fue de regreso a China para continuar la obra misional de su familia. Allí siguió compitiendo durante varios años (ganándole incluso a campeones olímpicos) pero nunca abandonó su trabajo de misionero. Algo que le costaría la vida: cuando se desató la guerra entre China y Japón, el consulado británico le aconsejó salir del país con su mujer y sus hijas, pero Liddell se negó. Su familia regresó y al poco tiempo él fue tomado como prisionero y murió en 1945, en un campo de internamiento japonés.

Por su parte la historia de Harold Abrahams, también estuvo determinada por la religión. Hijo de un inmigrante judío de Lituania y de una judía galesa, la película se centra en la discriminación que enfrentó como judío, algo que habría actuado como motor para llevarlo al oro. La realidad de este graduado en Cambridge es que, si bien su religión pudo haber ejercido cierto peso, lo que determinó su destino con mayor vehemencia, fue su familia, más precisamente sus hermanos. El mayor de ellos, también atleta aunque no de tanto renombre, fue Adolphe Abrahams, pionero de la medicina deportiva en Gran Bretaña.

Su otro hermano, Sidney Abrahams, 14 años mayor que Harold, participó de los Juegos Olímpicos de Estocolmo, en 1912, en salto en longitud. No consiguió medalla, pero a su regreso, terminó su carrera de derecho y fue enviado a Ceylán como director del área de justicia de la colonia. Obviamente Harold tenía importantes sombras sobre su cabeza. Ya había participado de los Juegos Olímpicos de 1920 en Amberes y aunque no consiguió ninguna medalla, sí destacó por su talento y juventud. Entonces contrató a un entrenador personal, el reconocido Sam Mussabini (un polémico inglés que llevó a sus atletas a ganar once medallas en diferentes juegos olímpicos). Harold tenía claro que debía ganar el oro para equipararse en logros con sus hermanos por lo que presionó para ser retirado del evento de salto de longitud (en el que anteriormente había establecido un récord británico) para poder concentrarse en los 100 metros. De hecho, ganó los 100 metros y logró la plata en los relevos de 4 x 100 metros.

Abrahams sufrió una lesión en 1925 que puso fin a su carrera atlética. Más tarde se convirtió en abogado, locutor, presidente de la Junta Británica de Atletismo Amateur entre 1968 y 1975. Murió en 1978…un funeral en el que comienza la historia de Carros de fuego, como un flashback.

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