La historia del lavavajillas, así se inventó y evolucionó

El lavavajillas se inventó en el siglo XIX, pero su difusión masiva no se produjo hasta la segunda mitad del XX, cuando la mujer se incorporó al mercado laboral y cambio la mentalidad que se tenía acerca de las labores del hogar. Por entonces, los criados eran los que tenían que lavar la vajilla a mano.

El lavavajillas se inventó en el siglo XIX, pero su difusión masiva no se produjo hasta la segunda mitad del siguiente siglo, cuando lo exigieron la incorporación femenina al mercado laboral y las nuevas mentalidades que requerían facilitar las tareas domésticas. El desarrollo técnico siguió, así, a la necesidad social, en un producto cuya evolución no estuvo incentivada por la demanda inicial de las clases altas, para las que no fue símbolo de estatus.

El primer lavaplatos del que tenemos noticia lo patentó en Estados Unidos Joel Houghton en 1850. De funcionamiento manual –una máquina de madera que salpicaba agua en los platos–, no tuvo éxito. Sin embargo, indicaba que en los albores de la sociedad de masas existía un ámbito de las labores domésticas que podía mecanizarse.

Lavavajillas
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De los hoteles a los hogares

El primer lavavajillas moderno fue creado por Josephine Cochrane en 1886. Lo ideó, pues, una mujer –protagonismo excepcional en los avances técnicos de la época–, lo que suele atribuirse a la sensibilidad femenina con respecto a las tareas del hogar. Cochrane era nieta de John Fitch, el inventor del barco de vapor. Según el relato más difundido, se interesó por este avance cuando el servicio rompió unos jarrones chinos del siglo XVII. Fue el punto de partida de la iniciativa que buscó un lavado mecánico.

Este lavavajillas –con estantes para platos, platillos y tazas, agua caliente a presión y motor que lo hacía funcionar– no se difundió en el mercado doméstico. Era una máquina cara, pero las familias pudientes entendían que el lavado de la vajilla era una función del servicio. El utensilio, sin embargo, tuvo éxito en la Exposición Internacional de Chicago de 1893. Fue rentable comercialmente, pues se vendió para su uso en hoteles, éxito que permitió la introducción de sucesivas mejoras.

Desde 1910, abundan las noticias de distintos prototipos en Europa y América que incorporaban novedades técnicas, fuese el motor de diésel o eléctrico. De momento, el lavavajillas quedaba restringido a hoteles y restaurantes por el tamaño voluminoso de los aparatos, su precio alto y la necesidad de llevar a los hogares una corriente de agua mayor de la que era habitual. Además, para las clases altas el símbolo de estatus era el servicio doméstico, no los utensilios de lavado, por modernos que fuesen. A fines de los años veinte, las tuberías de plomo y los primeros componentes eléctricos permitieron su mayor difusión, pero la demanda social era aún limitada. Se entendía que el lavado a mano formaba parte de las tareas cotidianas de la mujer en el hogar.

Las circunstancias cambiaron tras la Segunda Guerra Mundial. A finales de los años cuarenta, se redujo el tamaño del lavaplatos. En la siguiente década aparecerían detergentes específicos, y en los sesenta llegó el lavavajillas automático. Paulatinamente, penetró en el consumo de las clases medias. Había adquirido el carácter de un electrodoméstico que facilitaba las tareas del hogar.

La incorporación de los microprocesadores (1978) potenció aún más su difusión. En los años ochenta, se convirtió en un artículo de consumo común en los países avanzados. La estandarización de estos dispositivos fue paralela a su mayor sofisticación técnica, que ofrecía distintos niveles de consumo.

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