La guerra sensacionalista entre Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst

Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst protagonizaron un enfrentamiento por ganar lectores en el que primaron las mentiras y el sensacionalismo. Sus malas prácticas serían bautizadas como "amarillismo".

La profesionalización del periodismo se suele situar en el siglo XIX. La mayor formación que recibían las clases populares incrementó la demanda de información y las mejoras técnicas (nuevos modelos de imprentas o el telégrafo y los cables submarinos) permitían transmitir y reproducir la información, abriendo un nuevo mercado en el que no faltarían empresarios dispuestos a enriquecerse con el preciado bien de la información. Dos de los nombres más sonados, que se enfrentaron por atraer a un mismo público y en parte definieron las prácticas periodísticas de los siguientes años, fueron los de Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst.

 

Historia de dos magnates

Pulitzer y Hearst venían de lugares muy distintos pero se encontraron en el camino e hicieron de su competición una anécdota tan célebre como las disputas entre Edison y Tesla. Joseph Pulitzer nació en Hungría, se crio en Budapest y llegó a Estados Unidos como soldado del ejército unionista durante la Guerra de Secesión (1861-1865). Tras su servicio entró a trabajar como traductor del alemán en el Westliche Post, del que al poco tiempo adquirió parte de la propiedad. En 1883, ciertas circunstancias hicieron que Pulitzer se trasladara a Nueva York y comprara el New York World, un periódico que convirtió en altavoz de la causa demócrata y del que disparó sus ventas.

Por su parte, William Randolph Hearst era el hijo de un rico propietario de minas de oro y senador por el estado de California. Estudió en Harvard durante dos años pero fue expulsado por su conducta bromista y aficionada a las juergas y al alcohol. Hearst asumió el control del San Francisco Examiner, un periódico en bancarrota que su padre había adquirido hacía años, en 1887 y consiguió que produjera beneficio en pocos años. Viendo el potencial que tenía el negocio de los medios de comunicación, Hearst utilizó su fortuna para construir un imperio mediático a lo largo de todo el país. En 1895 se hizo con el periódico neoyorquino New York Morning Journal para hacer frente a Pulitzer y arrebatarle su posición como líder en el mercado.

 

Del “Yellow Journalism” a la Guerra de Cuba

Pulitzer decidió, dentro de su plan de negocio, convertirse en la voz de los sin-voz en la convulsa ciudad de Nueva York. Utilizando grandes titulares que buscaban llamar la atención y contando historias sentimentales y subjetivas redefinió el sensacionalismo aplicándolo a las necesidades y deseos de la población neoyorquina. A esto, Pulitzer sumó una macro-campaña para ganar el favor de la gente, declarándose azote de los corruptos y de la injusticia social. Entre otras cosas, se dedicó a regalar bloques de hielo durante los meses de verano y consiguió que el acceso al puente de Brooklyn fuese gratuito.

Su táctica funcionaba a la perfección, pero entonces llegó Hearst. Haciendo gala de una cantidad de recursos y dinero muy superior, Hearst contrató a los profesionales más reconocidos del país (muchos de ellos robados de la plantilla de Pulitzer) y los llevó a su New York Evening. La guerra abierta entre ambos magnates comenzó cuando Hearst contrató a Richard F. Outcault, que dibujaba unas tiras cómicas muy populares llamadas The Yellow Kid y que era la gran estrella del New York World. Precisamente por estas tiras cómicas es por lo que se conoce como “amarillismo” a las prácticas que ambos propietarios emplearon durante esos años, empleando la mentira y tergiversación de los hechos para ganarse al público y atacándose mutuamente a través de sus respectivos periódicos.

Pulitzer y Hearst
Imagen: Wikimedia Commons.

 

El momento álgido de la competición llegó en 1898. Las tensiones entre Cuba y España, que aún conservaban el estatus de colonia-metrópoli, iban en un constante crescendo y el presidente estadounidense William McKinley no quiso perder la oportunidad de hacer que un imperio en decadencia perdiera definitivamente su presencia en América y él la ganase en su lugar. Tanto Hearst como Pulitzer estaban cubriendo los acontecimientos y cuando se produjo la voladura del Maine en febrero de 1898, ambos enviaron corresponsales a cubrirlo. El resultado fue una escándalos campaña de mentiras y falsas noticias que buscaba, por un lado, agitar los ánimos en Estados Unidos y convencer a la población de la importancia de intervenir contra los españoles y, por otro, publicar cuantas más noticias mejor para ganar público. La falta de escrúpulos fue tal que cuando el enviado de Hearst, Frederic Remington, le dijo que en Cuba todo estaba tranquilo y que probablemente no hubiese guerra su editor le respondió “tú dame las fotos que yo te daré la guerra”.

 

El final de la discusión

Con la llegada del nuevo siglo, los ánimos se fueron calmando y la competición disminuyó. Pulitzer perdió interés en imponerse sobre Hearst conforme los problemas de salud que arrastraba desde hacía años empeoraban y acabó por retirarse, dejando también el estilo sensacionalista de forma paulatina. Pulitzer falleció en 1911 y entre sus últimas voluntades se encontraban la construcción de la Universidad de Periodismo de Columbia, que costó 2 millones de dólares y se inauguró en 1912, y la constitución de un premio al buen periodismo, la literatura y la música que llevaría su nombre y se entregaría por primera vez en 1917. Por su parte, Hearst viviría hasta 1951 y consiguió que su imperio no hiciera más que crecer. En 1935, cuando alcanzó su mayor fortuna, poseía 28 periódicos, 18 revistas y varias estaciones de radio, productoras de cine y agencias de noticias. El inmenso poder que poseía le permitió influir en la vida política del país ya fuese ejerciendo presión sobre determinados grupos o manipulando la opinión pública para que se adaptase a sus preferencias. Fue especialmente crítico con el entonces Imperio Británico, con la idea de que Estados Unidos entrase en la Primera Guerra Mundial y con la Sociedad de Naciones. Aun cuando la Gran Depresión le propinó un duro golpe a su fortuna, el grupo mediático Hearst Corporation sigue siendo uno de los más importantes en Estados Unidos.

Mientras que los últimos actos de Pulitzer y su faceta más social le sirvieron para mejorar su reputación y le convirtieron en una de las grandes figuras del periodismo (a pesar de sus antecedentes), Hearst conservó la imagen de empresario al que solo le importaban las ganancias y al que no le temblaba el pulso a la hora de mentir. Orson Welles se basó en la figura de William Randolph Hearst para crear al mítico protagonista de Ciudadano Kane.

Daniel Delgado

Daniel Delgado

Periodista en construcción. Soy de los que puede mantener una conversación solo con frases de ‘Los Simpson’ y de los que recuerda sus viajes por lo que comió en ellos. Es raro no pillarme con un libro o un cómic en la mano. Valhalla or bust.

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