La guerra secreta del bando franquista

Cuando Franco tuvo claro que la contienda civil se iba a prolongar en el tiempo, puso en marcha grupos que realizaban labores de espionaje y sabotaje que acabarían coordinándose desde un mando único.

El espionaje más efectivo se daba desde las filas militares de Franco. Al principio también surgió de modo descoordinado, como cuando la Armada, por su cuenta, encomendó al capitán Manuel Espinosa organizar un servicio de información acerca de los suministros que llegaban por vía marítima a la República. Para ello contó con la ayuda de la marina alemana, que le proporcionó documentación falsa para poder operar desde los puertos del Mediterráneo oriental a condición de que, a su vez, compartiese la información con los nazis. Una vez detectados los mercantes que transportaban material de guerra a los puertos del Levante español, en caso de que fuesen navíos de países neutrales se sobornaba a los capitanes para que radiasen sus datos y los buques pudiesen ser abordados por la marina de Franco, con base en Palma de Mallorca y Cádiz, que decomisaba su carga; si eran soviéticos, simplemente eran torpedeados. Para detectar el embarque de armas en puertos del sur de Francia, se dispuso de un yate en aparente estado de abandono en Montecarlo, desde el que se informaba a Palma del tráfico marítimo con el objetivo de que interceptasen los envíos.

Por su parte, el Ejército organizó el SIM (Servicio de Información Militar) en otoño de 1936, aunque sus medios eran limitados y actuaba de modo algo caótico. Mucho más decisivo y eficaz fue el Servicio de Información de la Frontera Norte de España (SIFNE), dirigido por Mola desde finales de agosto de 1936 en la zona norte que él controlaba, pero pagado con fondos privados. Tenía base en Biarritz y estaba financiado por miembros destacados de la Lliga Regionalista, con Francesc Cambó a la cabeza. Al frente del mismo, y en contacto directo con Mola, estaba José Bertrán y Musitu, miembro destacado de la Lliga, que recibió en Berlín una intensa formación como radiotelegrafista y criptógrafo y en técnicas de espionaje en general. La organización estaba, sobre todo, centrada en obtener información de Cataluña y el País Vasco y se nutría de agentes provenientes del carlismo, de la Falange y de la Lliga. Se ha especulado con que los violentos enfrentamientos que se produjeron en Barcelona en mayo de 1937 entre el POUM y los anarquistas, de una parte, y las fuerzas gubernamentales apoyadas por los comunistas, de la otra, que abrieron una profunda crisis en la República, fueron atizados por la acción del SIFNE. Además de las labores de sabotaje y de ayuda para cruzar la frontera, pasaban información sobre el apoyo francés a la República y de los objetivos que en las ciudades catalanas o vascas debían ser atacados por parte de la marina o la aviación franquista. El mismo Bertrán, sabiendo que su lujoso palacete de Barcelona había sido ocupado por un organismo del gobierno republicano, pasó los datos exactos de su ubicación para que fuese bombardeado. Las actividades del SIFNE se prolongaron hasta febrero de 1938, cuando fueron expulsados de su base en Biarritz por las autoridades galas.

Llegada de las máquinas Enigma

Por otro lado, los generales que desde el sur estaban avanzando con rapidez en aquel verano de 1936, bajo el mando de Franco, necesitaban urgentemente comunicarse de modo seguro con las fuerzas del norte dirigidas por Mola, que aún estaban aisladas. No podían usar las claves militares al uso, porque ambos bandos las conocían, y tuvieron que improvisar métodos distintos. Un alivio importante para esta precariedad fue la llegada, en noviembre de ese año, de las máquinas Enigma alemanas, luego famosas en la II Guerra Mundial. Madrid parecía a punto de caer en manos del general Franco –desde finales de septiembre, mando supremo de las fuerzas alzadas– y era urgente coordinar la ofensiva final. A tal fin llegaron de Alemania ocho máquinas que se distribuyeron entre los principales ejércitos para poder transmitir las órdenes con seguridad, mientras otras dos eran destinadas a los representantes franquistas en Berlín y Roma para poder enviar mensajes cifrados al gobierno sublevado, con sede en Burgos. Obviamente, Hitler no vendió los modelos más avanzados del artefacto, que sí estaban en manos de su ejército y de sus servicios de información, por miedo a que cayesen en manos enemigas. Remitió el llamado modelo D, que era el más sofisticado pero dentro de la división comercial no militar, y que también usaron Italia y Suiza. El encargado de recibirlas y adiestrar en su manejo a los operarios fue el comandante de Estado Mayor y experto en criptografía Antonio Sarmiento, adscrito al Cuartel General de Franco.

 

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