La Guerra de Continuación: Finlandia, del lado de Alemania

La Guerra de Continuación fue la segunda guerra entre Finlandia y la Unión Soviética. Tuvo lugar entre 1941 y 1944 y en ella Finlandia se alió a la Alemania nazi. Mientras tanto, Alemania invadía la Unión Soviética en el contexto de la Segunda Guerra Mundial.

Más de ocho décadas después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Finlandia es todavía uno de los estados beligerantes menos conocidos de la contienda: ¿por qué se alió con el Tercer Reich?, ¿qué intereses le suscitaba entrar en un conflicto que acabó con la vida de entre 50 y 60 millones de personas?, ¿por qué invadió la Unión Soviética en la llamada Guerra de Continuación? La respuesta a todas las cuestiones es la misma: la obsesión de este país –una república aceptada por los bolcheviques desde 1917– por mantener su independencia. Eso, y seguir aislada de un gigante ruso ávido de atraerla hacia su seno por las buenas o las no tan buenas.

El primer revés

En los albores del conflicto, durante los primeros meses de 1939, la atención de Europa se centraba en la Alemania de Hitler. Las grandes potencias se preparaban para otro inevitable conflicto mundial orquestado por el megalómano líder nazi. Finlandia podría haber permanecido ajena a este juego macabro si no hubiera sido por la firma entre la URSS y el Tercer Reich del pacto Molotov-Ribbentrop, que no solo garantizaba la no agresión entre ambos países, sino también el reparto de Europa en las llamadas «esferas de interés». Finlandia, siempre en la mira de Iósif Stalin, quedó del lado soviético.

Soldados finlandeses
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El 1 de septiembre de 1939, Europa se estremeció al ver cientos de carros de combate germanos atravesar la frontera polaca. Había comenzado la Segunda Guerra Mundial. Poco después, quedó patente el tratado entre Hitler y Stalin, cuando este atacó Polonia Oriental. Al norte, los finlandeses miraban de reojo: los soviéticos no tardarían en llamar a su puerta. Y no se equivocaban. Tras repartirse su nuevo botín, el líder ruso propuso –o exigió– al gobierno de Helsinki dolorosas concesiones, como el arrendamiento de la península de Hanko y la cesión de varias islas del Golfo, parte de la península de Rybachy y el puerto de Petsamo.

Pero lo que más escoció a Finlandia fue el traslado de su frontera a 35 kilómetros al norte para proteger Leningrado, una de las ciudades más ricas del país, a cambio de que Stalin prometiera a los finlandeses ceder la Carelia soviética. Pero Helsinki no estaba dispuesta a otorgar ni un palmo de tierra a su enemigo, y movilizó a 50 000 efectivos en la Línea Mannerheim, en la frontera con la URSS. Stalin, en un último intento, volvió a reclamar territorio para sellar una alianza, pero la negativa rompió las negociaciones. La guerra estaba en marcha.

La guerra de guerrillas

El 30 de noviembre comenzó la Guerra de Invierno: el Ejército Rojo bombardeó Helsinki e inició su invasión por tierra, mar y aire. Moscú preveía una ocupación rápida, como en Polonia, pero subestimaron al enemigo en exceso. A lo largo de la Línea Mannerheim, el ejército finlandés llevó a cabo una guerra de guerrillas para la que los soviéticos no estaban preparados. En lo que supuso años después una ironía histórica, los hombres de Stalin se dieron pronto de bruces con un inesperado contratiempo: sobre la nieve, sus uniformes marrones les convirtieron en blanco fácil para los francotiradores fineses.

La contienda, apenas conocida hoy en el Mediterráneo, fue de las más sangrientas de la época. «A lo largo de cuatro millas, la carretera y los bosques aparecían sembrados de cadáveres de hombres y caballos; y de tanques averiados; cocinas de campaña, camiones, mapas, libros y prendas de vestir. Los cuerpos, inertes y helados como madera petrificada, tenían el color de la caoba. Algunos cadáveres estaban apilados como un montón de basura », explicaba la periodista Virginia Cowles, presente en la guerra. A principios de diciembre, Finlandia apeló a la Sociedad de Naciones como mediadora del conflicto, pero Stalin rechazó la propuesta. La asamblea condenó a la URSS a la expulsión. Fue su última decisión antes de desaparecer.

El resto de Europa dejó a Finlandia a su suerte. Sus vecinos suecos, por temor a ser los siguientes, se mantuvieron neutrales. Por su parte, Gran Bretaña y Francia, las grandes potencias militares que podrían haber decantado la contienda, decidieron mirar para otro lado al no tener intereses en el territorio. Sobre el papel todo parecía perdido, pero, en contra de todos los designios, el ejército finlandés fue capaz rechazar los ataques soviéticos durante todo diciembre. Incluso sorprendió a Europa al penetrar en territorio de la URSS. Por ello, en enero de 1940, Moscú decidió cambiar de estrategia duplicando el número de soldados, organizando un frente noroccidental en Carelia y dando el mando de las operaciones al veterano mariscal Semyón Timoshenko.

El 1 de febrero comenzó una nueva ofensiva del Ejército Rojo en Carelia. Un último y desesperado envite para evitar el ridículo que podía avecinarse. A lo largo de todo ese mes, los finlandeses sufrieron continuos bombardeos de artillería que, sumados al gran desgaste y a la escasez de municiones, les pusieron las cosas muy difíciles. La balanza cayó, al fin, del lado ruso. Por completo sobrepasado, el gobierno finlandés había buscado negociar la paz con Stalin desde enero y, ante la nueva situación, el Kremlin envió sus condiciones, de nuevo durísimas para Helsinki. Pero no había otra opción.

El 12 de marzo de 1940, se puso fin al conflicto con la firma del Tratado de Paz de Moscú. Finlandia cedió parte de Carelia, todo el istmo y el norte de Ládoga, la región de Sall y cuatro islas del Golfo de Finlandia. La península de Hanko fue arrendada durante 30 años como base militar soviética. Helsinki solo consiguió la devolución de la región de Petsamo, ocupada durante la guerra. Perdieron, en la práctica, el 10 % de la superficie total de su territorio. Pero el pacto tuvo dos cosas buenas. Por un lado, el nuevo gobierno vio indispensable ampliar su ejército y triplicó el número de efectivos. Y lo que fue todavía más importante: Finlandia mantuvo su independencia frente a la Unión Soviética.

Entre dos contiendas

En Europa, la situación era terrible. Para el verano de 1940, Alemania ya había invadido Noruega y Dinamarca, además de toda la zona occidental europea. Por su parte, la URSS había atacado los estados bálticos y formado varias repúblicas soviéticas. El tablero internacional era pésimo para una Finlandia que, tras firmar la paz, se vio obligada a aceptar todas las reclamaciones de Stalin para no entrar de nuevo en guerra. En esa precaria situación, Hitler, decidido ya a traicionar a los soviéticos e iniciar la Operación Barbarroja, tornó su mirada hacia Helsinki. Su frontera estaba a escasos kilómetros de Leningrado, lo que la convertía en una de las principales vías de ataque desde el norte. Solo había que guiñar el ojo cómplice al nuevo gobierno finlandés para atraerlo hacia el Reich.

Los primeros acercamientos no tardaron en producirse. En pocas semanas, Helsinki permitió el tráfico germano por su territorio y Alemania frenó las reclamaciones soviéticas en territorio finlandés. El pacto entre Finlandia y el Tercer Reich se culminó en mayo de 1941, cuando una delegación visitó a Hitler y aprobó colaborar en la campaña contra la Unión Soviética. Todo ello a cambio de preservar su independencia y no intervenir hasta no producirse un ataque directo del Ejército Rojo contra ellos. A partir de junio, el Gobierno movilizó a sus efectivos hacia la frontera y los teutones transportaron algunas de sus divisiones hasta el país. El Führer lo tenía claro: «No puede haber más que un dueño del Báltico: el mar interior alemán ».

La guerra de venganza

El 22 de junio de 1941, Alemania inició por fin la Operación Barbarroja e invadió la Unión Soviética con toda su potencia militar. Finlandia se mantuvo fiel a su promesa y no desplazó a sus ejércitos, pero la realidad es que se estaba pergeñando un golpe conjunto contra Stalin. A finales de junio, Franz Halder, al frente del Estado Mayor germano, escribió en su diario personal que el mayor general finlandés Harald Ohquist había hablado con él «para pedir asesoramiento sobre nuestra opinión al respecto de la ofensiva finlandesa al este del lago Ládoga». Desde el Tercer Reich le otorgaron la información y dirigieron sus pasos. Poco después, sus nuevos aliados presentaron un «plan de ataque totalmente acorde con nuestra idea». El oficial lo tenía claro: «Las tropas están ansiosas por movilizarse».

A pesar de todo, Helsinki se mantuvo fiel a su promesa y solo arremetió contra la Unión Soviética cuando Stalin ordenó un ataque preventivo de su aviación sobre los aeródromos ubicados entre el golfo de Finlandia y el mar de Barents, en lo que fue el enésimo error del Camarada Supremo, que entregó el casus bellia sus contrarios. Así, el 25 de junio de 1941, comenzó la Guerra de Continuación, una contienda en la que el Ejército Rojo no se topó con el mismo ejército al que había doblegado unos años atrás, sino con un contingente formado por 530 000 soldados finlandeses bien equipados, unos 150 000 germanos y decenas de miles de mujeres de la organización Lotta Svärd, todas ellas encargadas de prestar apoyo como enfermeras, enterrar a los muertos y realizar diversas labores de intendencia.

El 29 de junio, el Eje cruzó la frontera. Es complejo explicar los avances de este entramado de hombres y máquinas, pero basta decir que la fuerza combinada de alemanes y finlandeses supuso un duro golpe para los defensores. Los mayores aliados soviéticos en aquellos primeros compases fueron la irregularidad del terreno y las pésimas carreteras, que impidieron a los hombres del general Eduard Dietl avanzar por el norte a toda máquina. A cambio, los bombarderos en picado Stuka supusieron una pesadilla para el Ejército Rojo. «La aviación debía suprimir las posiciones de artillería soviética antes del asalto. Esta cortina de fuego surtió gran efecto sobre los defensores », desveló Karl Demelhuber, oficial de las SS al mando de una división teutona.

Hitler, ansioso por destruir los enclaves más icónicos de la URSS, exigió llegar hasta Leningrado a toda velocidad. Pero el gobierno de Helsinki se mostró reticente, pues no buscaba soliviantar a los aliados, sino recuperar su territorio arrebatado en 1939. Por ello, uno de sus primeros objetivos fue la ciudad de Viipuri, ubicada 40 kilómetros de la frontera. La reconquista en agosto de esta urbe, la segunda más grande de Finlandia antes de ser tomada por el Ejército Rojo en la Guerra de Invierno, aumentó la moral del Eje y fue un verdadero golpe de efecto.

El mismo Führer, sabedor de que aquella metrópoli significaba mucho más que ladrillo y pavimento para sus aliados, dio un sentido discurso en el que felicitó a los finlandeses por la reconquista: «La lucha por la libertad de Finlandia ha sido coronada hoy por la conquista de Viipuri. Conmigo, el pueblo alemán, y especialmente las fuerzas armadas alemanas, toman parte, henchidos de admiración por la bravura de vuestros soldados, en la alegría del pueblo finlandés». A su vez, condecoró en una fastuosa ceremonia a los combatientes más valerosos. «Como símbolo de la unión entre las fuerzas alemanas y finlandesas en la lucha común de nuestro destino, y para reconocer vuestra bravura y la de vuestras tropas, os concedo, en nombre del pueblo alemán, el broche de la Cruz de Hierro (…) y la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro», añadió frente a los militares.

El avance fue imparable en todos los frentes. En menos de 90 días, para septiembre de 1941, los atacantes arribaron por el norte hasta Muurmansk, en la península de Kola, y hasta el este del lago Ládoga, por el sur. En noviembre, llegaron a pisar Petroskoi y, en diciembre, la base de Hanko. La Blitzkrieg prosperaba sobre el hielo y, aunque en el mapa había conquistado tan solo unos cientos de kilómetros, la realidad era mucho más significativa: había logrado quebrar la resistencia de Stalin.

La cruda realidad

Pero, como sucedió en todo el frente ruso, la Blitzkrieg terminó difuminándose a golpe de frío, problemas mecánicos y bajas. En noviembre, la llegada del invierno detuvo la ofensiva e inauguró la Guerra de Posiciones, que se extendió a lo largo de todo el año 1942. Además, el gobierno de Helsinki, reacio a cualquier operación que no derivase en la reconquista de su territorio, tuvo que ver cómo Gran Bretaña le declaraba la guerra y Estados Unidos entraba en el conflicto tras el bombardeo de Pearl Harbor. Demasiados gigantes para un pequeño David.

Con todos esos ingredientes en la coctelera, un Hitler obsesionado con Leningrado exigió a Finlandia que tomase el control de la línea férrea de Murmansk. La respuesta no le gustó: no se movería un solo soldado hasta que los germanos rompieran el cerco que pesaba sobre la ciudad rusa desde septiembre de 1941.

El ambiente se tornó tenso primero y desesperado después. En 1943, la situación finlandesa era crítica. Para el nuevo aliado de Alemania, la derrota en la batalla de Stalingrado significó un revés que puso de manifiesto la incapacidad germana para finalizar el conflicto de forma rauda. Y Helsinki sabía que, en una batalla a largo plazo, poco podía aportar su ejército.

El gobierno sopesó entonces la búsqueda de la paz. El desenlace empezó a barruntarse con la caída del cerco de Leningrado y el avance del Ejército Rojo hacia Carelia. En junio, Stalin hizo valer la superioridad numérica de sus fuerzas y, haciendo valer su artillería y bombarderos, reconquistó Viipuri. Aquello supuso un golpe moral para los aliados del Reich.

Y, de aquí, al final. Ese verano las tropas finesas se reagruparon y detuvieron a los soviéticos en Carelia Oriental. Stalin podría haber roto sus defensas, pero necesitaba centrar sus esfuerzos en aplastar a Alemania y entendió que no valía la pena continuar el conflicto. Finlandia estaba acabada. A través de Estocolmo, hizo saber sus intenciones de paz siempre que hubiese un nuevo gobierno en Helsinki. Los derrotados no tardaron en responderle y, en julio de 1944, Ryti dimitió como presidente de la República. El testigo lo cogió de manera excepcional el mariscal Mannerheim.

El nuevo presidente se reunió tanto con Berlín como con Moscú. Se desvinculó de cualquier acuerdo con Alemania firmado por su predecesor y aceptó las solicitudes rusas. Así, el 19 de septiembre de 1944, se firmó el armisticio entre Finlandia y la Unión Soviética. Las condiciones fueron similares a las acordadas en el Tratado de Moscú de 1940. Se obligó a la cesión de partes de la Carelia finlandesa, Salla y varias islas del golfo de Finlandia. Además, se exigieron 300 millones de dólares en indemnizaciones y la expulsión de los germanos que todavía se encontraban en su territorio.

El último punto fue el más delicado, pues exigía específicamente que el Reich abandonase por completo Finlandia. En principio, Helsinki consiguió alcanzar un acuerdo secreto con los germanos: este incluía retirarse a cambio de seguridad y garantías de no ser atrapados por los soviéticos. Sin embargo, la tensa situación terminó por explotar cuando Mannerheim envió 60 000 hombres al norte, para asegurar el cumplimiento del pacto. Aquello dio lugar al comienzo de la Guerra de Laponia, en la que las fuerzas finlandesas obligaron a marcharse a los teutones hacia la carretera del océano Glaciar Ártico. Con todo, no fue hasta abril de 1945, cuando Hitler se debatía entre suicidarse o continuar la lucha en Berlín, cuando por fin los restos del ejército del Reich dejaron la zona.

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