La fuerte resistencia japonesa: de Iwo Jima a Hiroshima y Nagasaki

Hizo falta que los estadounidenses hicieran explotar dos bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki para conseguir que el emperador nipón Hirohito firmara la rendición incondicional de Japón en la II Guerra Mundial.

 

Desde mediados de 1942, Japón tuvo que renunciar a ataques importantes y se concentró en evitar la aproximación del enemigo a sus costas, para lo cual estaba obligado a resistir los inevitables asaltos a las islas intermedias que acercaban cada vez más los bombarderos enemigos al suelo patrio.

La ocupación de aquel rosario de islas resultó un calvario para los americanos, quienes se quedaron atónitos ante la resolución y el fanatismo con que peleaban sus enemigos.

 

 

El primer gran enfrentamiento de ambas infanterías tuvo lugar en Tarawa, un estrecho atolón coralino de las islas Marshall que los japoneses habían fortificado endiabladamente y dotado de una guarnición de 5.000 hombres. Entre el 20 y el 25 de noviembre de 1943, aquellos desdichados lucharon contra unas fuerzas norteamericanas siete veces superiores y mucho mejor armadas, y lo hicieron de tal modo que cuando terminó la batalla solo quedaban vivos un oficial y dieciséis soldados. La diferencia entre los japoneses y los americanos radicaba en que, llegado el caso, a unos no les importaba morir y a los otros sí. Los marines supervivientes nunca consiguieron olvidar el hedor de aquellos 6.000 cadáveres insepultos repartidos por el minúsculo atolón bajo el sol del trópico. Eso fue lo que todos decían recordar cincuenta años más tarde, cuando se les entrevistó para un documental sobre la batalla.La censura nipona acalló lo mejor que pudo el desastre, pero en Estados Unidos se alzaron gritos escandalizados por el coste de aquella primera batalla. A cambio de un miserable puñado de tierra en medio de la nada, la cifra de 1.700 muertos y 2.000 heridos, además de la pérdida del portaaviones Liscome Bay hundido por un submarino japonés, resultaba inaceptable.

Si para dominar un atolón debía pagarse ese precio, los críticos se preguntaban cuántas bajas costarían las islas más grandes antes de llegar a territorio japonés. Pero así iban a ser las cosas en adelante. Los japoneses luchaban hasta la muerte y no pensaban dejar de hacerlo. Para ellos, rendirse estaba fuera de toda discusión. Ya no podían pensar en atacar, pero resistir era su especialidad. En Tarawa se vió su capacidad para atrincherarse en cuevas y cavar antros subterráneos, una práctica que se convirtió en habitual. Los bombardeos navales y aéreos yanquis para preparar los desembarcos de tropas duraban días, y las pequeñas islas quedaban desfiguradas y arrasadas. Pero al terminar, los defensores salían de sus escondrijos y volvían a ser los feroces combatientes de siempre. Cada nueva isla conquistada (Guadalcanal, Saipán, las Palau, Guam, Iwo Jima y Okinawa) suponía otro baño de sangre, aunque para Japón el baño tenía dimensiones de lago. Además, la situación en el archipiélago era cada vez más difícil. Presionados por el brutal esfuerzo de guerra y privados de los suministros que llegaban desde los territorios conquistados, padecían una severa carencia de casi todo. Para colmo, la cosecha de arroz fue una de las peores que se recordaban. Pero la población, alimentada por una propaganda manipuladora y embustera, parecía dispuesta a sucumbir en masa antes que rendirse.

 

 

 

La sangría de Iwo Jima

En febrero de 1945, el desembarco en Iwo Jima, a las puertas de Japón, fue precedido por un bombardeo aeronaval que duró dos meses y medio. Esta isla está dominada por el monte Suribachi, que los japoneses habían fortificado concienzudamente con un sistema laberíntico de túneles y cuevas donde resistieron los interminables bombardeos. Iwo Jima costó 6.000 muertos y 18.000 heridos a las fuerzas americanas. De los 20.000 soldados japoneses que lucharon, sobrevivieron 216.

Cuando los alemanes se rindieron a los aliados, Japón defendía ya su propio territorio. Los americanos habían invadido Okinawa el 1 de abril de 1945, en lo que supuso uno de los enfrentamientos más feroces de la guerra. A lo largo de dos meses perdieron la vida un cuarto de millón de soldados. Los japoneses utilizaron su última arma y también la más eficaz: los pilotos suicidas o kamikazes, que se inmolaban lanzándose cargados de explosivos contra los barcos enemigos. Consiguieron hundir 30 de ellos y dañar más o menos gravemente a otros 200.

 

 

Por su parte, los americanos utilizaron con generosidad una de las armas más crueles que se han inventado: los lanzallamas, que los acompañaban de isla en isla, y que en Okinawa se utilizaron instalados en tanques capaces de lanzar cortinas de fuego a doscientos metros de distancia. Okinawa, consolidada el 2 de junio, estaba destinada a ser el centro de operaciones para la invasión del Japón.

Pero ya desde el mes de febrero se bombardeaban con napalm las principales ciudades japonesas, cuyas casas de madera ardían como la yesca. En la madrugada del 10 de marzo, 300 bombarderos B-29 regaron Tokio de napalm con el resultado de 100.000 civiles muertos.

 

Más información sobre el tema en el artículo El Eje salta en pedazos de Alberto Porlan. Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a El Eje del mal. Alemania, Italia y Japón a la conquista del mundo.

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