La denuncia de la Guerra Civil en el arte

Las atrocidades cometidas por ambos bandos fueron sacadas a la luz por voces como las de Bernanos, Weil, Hemingway, Orwell o Saint-Exupéry, entre otros artistas, reporteros y escritores que vivieron en primera línea el conflicto bélico español.

El segador

 

El  Guernica de Picasso pudo verse por primera vez allí, en la entrada del pabellón español. El Gobierno de la República había encargado al malagueño un gran cuadro para la Exposición Internacional, y cuando comenzó el trabajo en mayo de 1937 hacía pocos días que había tenido lugar el bombardeo con el que la Legión Cóndor alemana devastó la localidad de Guernica.

Las imágenes que publicaron los periódicos del ataque indiscriminado contra la población civil impactaron de tal forma al pintor que decidió que su obra sería un grito desgarrado contra las guerras, y el terror y la barbarie que traen consigo. Años después, a finales de la Segunda Guerra Mundial, Picasso dijo en una entrevista, cuando le preguntaron por el Guernica: “¿Qué cree usted que es un artista? ¿Un imbécil que solo tiene ojos si es pintor, oídos si es músico o una lira que ocupa todo su corazón si es poeta? Bien al contrario, es un ser político, constantemente consciente de los acontecimientos estremecedores, airados o afortunados, a los que responde de todas las maneras. No, la pintura no se hace para decorar pisos”.

 

La muerte de García Lorca

Opinaba lo mismo su colega y amigo Joan Miró: creó para la misma exposición Campesino catalán en rebeldía, también conocida como El segador, que se expuso en la segunda planta del pabellón. La obra era un mural de más de cinco metros de altura que pintó sobre unos paneles que formaban parte de la propia estructura del edificio. Fue el primer mural de tales dimensiones que hizo Miró, y con él quiso mostrar su repulsa a la opresión de la guerra. “El campesino catalán es símbolo de la fuerza, la independencia, la resistencia.

La hoz no es un símbolo comunista. Es el símbolo del segador, su herramienta de trabajo y, cuando ve amenazada su libertad, su arma”, dijo. Sin embargo, su obra pasó casi inadvertida, entre otras razones porque se perdió: al terminar la Exposición de París, el mural fue desmontado junto con el resto del pabellón. Se cree que fue transportado a Valencia, entonces capital de la República, pero allí se le perdió la pista.

Estos cuadros, o las esculturas que los acompañaban –como las de Alexander Calder o Alberto Sánchez–, no fueron las únicas muestras artísticas contra la guerra. También se reservó un espacio para homenajear al poeta y dramaturgo Federico García Lorca, asesinado en agosto de 1936. Su detención y posterior desaparición tuvieron un fuerte impacto en la opinión pública internacional. Un ejemplo de ese eco mundial fue la iniciativa, en octubre del 36, del escritor británico H.G. Wells, a la sazón presidente del PEN Club de Londres, que pidió explicaciones (sin éxito) al Gobierno militar sobre el paradero de Lorca. También Antonio Machado quiso dejar constancia públicamente de su repulsa por el asesinato del poeta con la elegía El crimen fue en Granada, en la que denuncia sin ambages la ejecución de su amigo y colega de letras por un “pelotón de verdugos” .

 


Cuestionando al propio bando

Las voces contra estos crímenes se alzaban la mayoría de las veces desde el bando contrario. Sin embargo, también hubo personajes destacados que se atrevieron a clamar heroicamente contra la barbarie que veían en el bando al que, al menos inicialmente, apoyaban. Fue el caso del escritor francés Georges Bernanos, que residía en Palma de Mallorca cuando estalló la Guerra Civil. Políticamente conservador y católico militante, simpatizó al principio con la sublevación, y así lo expresó en un artículo publicado el 19 de julio. Además de la afinidad ideológica, tenía motivos familiares para apoyar a los nacionales: su hijo Yves se había afiliado a Falange. Sin embargo, los horrores que presenció en la isla, llevados a cabo por las nuevas autoridades locales con la connivencia de miembros de la Iglesia, le llevaron a dar un giro radical.

Así, empezó a alzar la voz en una serie de impresionantes artículos publicados por el semanario Sept que fueron el germen de su libro Los grandes cementerios bajo la luna, editado por primera vez en París en 1938, aunque en España no vio la luz hasta 1986. Causó una verdadera conmoción por su denuncia de  Franco y de la Iglesia con textos como el siguiente: “Los cementerios acabarían por hablar, a falta de que yo o cualquier otro lo hiciéramos (...). En Bellver se mata en nombre de Cristo, y es contra esta profanación que yo, cristiano, me insurjo”.

En el libro alude a lo que califica de “régimen de terror”, explicando que llama así “a cualquier régimen en el que la vida o la muerte de los ciudadanos, carentes de la protección de las leyes, se hallan al arbitrio de la policía del Estado. Llamo régimen de terror al régimen de los sospechosos (...), un régimen que extermina en forma preventiva a los individuos peligrosos, es decir, sospechosos de que puedan llegar a serlo”. 

 

Más información sobre el tema en el artículo Denunciar el horror de Beatriz González.Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a Héroes de la Guerra Civil. La cara humana de un conflicto fratricida.

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