La cruzada del Requeté: guerra santa contra el ateísmo en la Guerra Civil

Los requetés carlistas pretendían instaurar una rama dinástica, la de Alfonso Carlos de Borbón, y reafirmar el imperio de Dios sobre España por medios militares, una suerte de cruzada en toda regla.

En el conglomerado ideológico de las fuerzas reaccionarias previas al alzamiento de julio de 1936, los combatientes requetés fueron probablemente los más desconocidos para el gran público. Herederos del carlismo del siglo XIX, los formaban en su mayor parte un particular tipo de «soldados» no profesionales, un movimiento de corte insurreccional en un principio circunscrito a un espacio geográfico reducido —el territorio alavés y el País Vasco, y con algunos matices en Cataluña—, con una lectura muy particular y tradicionalista de la historia de España y una visión mesiánica de salvaguarda de una «patria» a la que consideraban arrodillada ante el comunismo, las corrientes liberales y el anticlericalismo. Con vientos de guerra soplando sobre la península, no tardaron en organizarse para dar el golpe de gracia contra el Estado «social-comunista».

Los requetés carlistas pretendían instaurar una rama dinástica —a ser posible la de Alfonso Carlos de Borbón, titulado duque de San Jaime y duque de Anjou, al que consideraban su regio «ungido»— y reafirmar el imperio de Dios sobre España por medios militares, una suerte de cruzada en toda regla. El Pensamiento Navarro recoge en los años previos a la Guerra Civil una lapidaria frase que dice mucho de su forma de pensar —y actuar—: «Su voto era el máuser».

Requetés carlistas
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Inciertos orígenes

El origen de la palabra «requeté» ha sido objeto de acalorados debates historiográficos y lingüísticos, aunque no hay duda de que está vinculado al ámbito castrense. La palabra no aparece en textos carlistas para designar organizaciones, personas ni unidades de combate antes de 1870, década de la última guerra civil, aunque parece que hay evidencias más antiguas dentro del tradicionalismo que el historiador Julio Aróstegui detalla ampliamente en el documentado ensayo Combatientes Requetés en la Guerra Civil Española.

Otros autores apuntan un posible origen francés, catalán o valenciano, aunque no hay pruebas que lo corroboren. Queda, no obstante, evidenciada la lenta introducción del vocablo hasta su acepción definitiva en los años 30 para designar la organización de estilo militar de que se dotaría el carlismo, de corte insurreccional, una característica muy importante del movimiento. A partir de esa década el «requeté» pasó a designar también a la organización del partido carlista en una región determinada, comprendiendo a todos los militares que la formaban.

Hay que hacer una importante matización: un nuevo uso de la palabra «requeté» al comenzar el siglo XX , relacionada no ya con unidades militares sino con organizaciones de choque juveniles en Barcelona. La misma la conformaban las agrupaciones creadas por el carlista Juan María Roma. Estos grupos se enfrentaron en varias luchas callejeras con los primeros grupos lerrouxistas, y eran agrupaciones independientes de la organización de las Juventudes. Estas últimas estaban compuestas por chicos más mayores, a partir de los 17 años.

Desde entonces, la palabra «requeté» pasaría a designar un tipo de organización militante y a difundirse por la península ibérica impulsada por Jaime de Borbón-Parma y el diputado y general carlista Joaquín Llorens. Con el paso del tiempo, la palabra «Requeté»(usada indistintamente en mayúscula y minúscula) se había implantado fuertemente entre los tradicionalistas. En 1912 el propio don Jaime —como le llamaban sus seguidores—, inspirado en los Camelots du Roi del movimiento reaccionario francés Action française, le encargaría a Llorens la organización nacional de los requetés y en abril de 1913 presentó el proyecto a Enrique de Aguilera y Gamboa, marqués de Cerralbo, que debía organizar esta milicia oficial «jaimista» (llamada así en honor a su impulsor). No tendrían entonces demasiada fuerza, y con el estallido de la Gran Guerra prácticamente pasaron a la inacción. En la época de entreguerras la cosa cambiaría, hasta desembocar en una verdadera milicia paramilitar organizada que se pondría finalmente, no sin dificultades, del lado del ejército sublevado.

De cuerpo tradicional a organización paramilitar

A partir de los años 30 el movimiento se haría muy fuerte en otros rincones del país, como Andalucía, a la que se llamó «la Navarra del Sur», lo que contribuiría a la conquista de muchas capitales por el bando rebelde una vez que estalló la contienda. Precisamente, la aspiración militar de la base juvenil correría a cargo del abogado y político sevillano Manuel J. Fal Conde, ferviente católico y organizador del Requeté desde 1933. El 3 de marzo de 1934 fue nombrado por Alfonso Carlos de Borbón secretario general de la Comunión a nivel nacional, sustituyendo a Tomás Domínguez Arévalo, conde de Rodezno. Pero hay que analizar los antecedentes en los años previos para comprender dicha decisión: a pesar de una participación apenas anecdótica en la «Sanjurjada», el carlismo fue represaliado y Fal Conde y el militar tradicionalista Luis Redondo coincidieron en prisión con el general Varela, con quien trabaron gran amistad.

El mismo año, tras cumplir seis meses de prisión, Fal Conde encargaría a Redondo la organización del Requeté en las provincias andaluzas y poco después este presentaría una unidad de esta milicia bien uniformada y adiestrada militarmente en la concentración carlista del Quintillo. El belicismo se masticaba en el ambiente. Según datos del Secretariado general, recopilados por el historiador Maximiano García Venero en los años sesenta, la base numérica del Requeté en 1934 se componía de 700 000 afiliados.

La jefatura de la milicia la asumió el carlista montañés José Luis Zamanillo, mientras que el coronel Varela era nombrado jefe nacional —militar— del Requeté. Este y otros generales asesorarían a Zamanillo en cuestiones militares. Varela, al que en sus círculos estrechos conocían como «don Pepe», no tardó en redactar junto a Fal Conde las llamadas Ordenanzas del Requeté, unas instrucciones normativas esenciales para la reorganización del cuerpo, cuya aspiración era rearmarse e instruirse para la insurrección. Por ello, sus mandos y su jerarquía se asimilaron a los del Ejército.

La base regular del Requeté sería la patrulla, compuesta por un oficial jefe y cinco «boinas rojas», como se conocía también a los soldados carlistas. Por encima se hallaba el grupo, el piquete y el requeté, una compañía formada por 246 hombres. Tres requetés formaban a su vez una unidad superior, el tercio, que adquirió un significado diferente al que había tenido durante el siglo XIX. El estallido de la guerra supuso la integración de dichos tercios en las unidades del ejército, equivalentes entonces a los batallones de infantería.

Fue Fal Conde quien dispondría la preparación militar de los requetés. Milicianos de toda España, especialmente navarros, viajaron en grupos de 30 de forma clandestina a Italia para, con la connivencia de Benito Mussolini, ser adiestrados durante un mes en el manejo de las armas más modernas y avanzadas. Unos 500 militantes recibieron formación secreta de tipo militar.

Ante la polarización cada vez mayor de la sociedad española, muchos jóvenes de derechas se unieron también al Requeté. Disponían ya de un importante aparato legislativo y una organización que incluía a mujeres —llamadas «margaritas»— y niños —«pelayos»—, muy motivados ideológicamente. Muchos eran campesinos de extracción humilde, pero la mayoría pertenecían a la clase media: pequeños y medianos propietarios, arrendatarios rurales, obreros y empleados urbanos que consideraban su lucha patriótica una llamada de Dios y, cual muyahidines del alzamiento, estaban preparados en 42 tercios para ayudar a los ejércitos insurgentes.

La conspiración

Hacia febrero de 1936, mientras el alzamiento tomaba forma en los conventículos castrenses, la base del movimiento Requeté la componían unos 1000 hombres repartidos por toda España, que poseían armamento y munición que habían comenzado a recibir, de contrabando, en 1934, a través de la frontera pirenaica y los puertos del País Vasco.

En abril de 1936 se formuló la decisión por parte del generalato y de numerosos jefes y oficiales de proceder al alzamiento contra el gobierno de la República. El general José Sanjurjo Sacanell, hasta entonces jefe de los tradicionalistas, pues tenía fuertes vinculaciones con el carlismo —su tío fue el laureado militar carlista Joaquín Sacanell Desojo—, pasó así a convertirse en el líder del golpe militar, cuyo segundo sería el general de brigada Emilio Mola.

Las condiciones de la participación en la sublevación de los carlistas se discutieron en territorio francés, en San Juan de Luz, donde residía en el exilio Javier de Borbón-Parma, asistido en todo momento por su mano derecha, Manuel Fal Conde. Fueron entregadas por el político carlista José Luis Zamanillo a Mola el 11 de junio, y las cuestiones que los tradicionalistas consideraban esenciales iban desde la derogación de la Constitución y las leyes laicas a la disolución de los partidos políticos, los sindicatos y el establecimiento de un Directorio militar que asumiría todos los ministerios, así como la asunción de la bandera bicolor frente a la tricolor republicana — asunto que provocó acalorados enfrentamientos—.

Cuatro días después Mola y Fal Conde se reunieron en el monasterio de Irache, en Navarra. Las negociaciones no fueron ni mucho menos fáciles. El acuerdo entre las fuerzas reaccionarias parecía imposible, pero finalmente pudo la convicción de acabar mediante las armas con el gobierno republicano. Entre el 9 y el 15 de julio se entendieron a regañadientes, y todo se aceleraría tras el asesinato del diputado José Calvo Sotelo el día 13. Lucharían juntos, aunque no revueltos, y aquel acuerdo provisional quedaría prácticamente sin efectividad tras la muerte de Sanjurjo el 20 de julio en un oscuro accidente de aviación.

Al parecer, Sanjurjo había prometido a la Comunión instaurar la monarquía tradicionalista con el jefe del carlismo como rey, excluyendo así a los que llamaban despectivamente como «romanos» —por su exilio en la ciudad eterna—, es decir, los representantes del alfonsismo. Aquello nunca se cumpliría. Aún así, les llegaba su ansiado momento: el Requeté pasaría a la acción para restablecer el orden basado en la consigna «Dios, Patria y Rey» que clamaban sus Ordenanzas.

Los «boinas rojas» en la Guerra Civil

El día 15 de julio se redactó en San Juan de Luz la orden de participación en la sublevación, rubricada por Borbón-Parma y Fal Conde: «La Comunión tradicionalista se suma con todas sus fuerzas en toda España al movimiento militar para la salvación de la Patria, supuesto que el Excmo. Sr. Director General acepta con programa de gobierno, el que en líneas generales se contiene en la carta dirigida al mismo por el Excmo. Sr General».

Su intervención contribuiría al triunfo franquista en la Guerra Civil y fue muy relevante en las primeras semanas de la lucha, principalmente en el norte peninsular y en Andalucía occidental. Unidades requetés intervinieron en todos los frentes, primero en el control de Navarra y parte de Andalucía y más tarde en la conquista de las provincias vascas, pero también fueron notables sus acciones en grandes batallas como la de Brunete, la de Teruel o la del Ebro.

Durante la contienda la Comunión Tradicionalista experimentó diversos cambios estructurales. Se creó una Junta Nacional Carlista de Guerra que presidió también Fal Conde, dividida en dos secciones: una Militar, que integraba la delegación de Requetés —presidida por Zamarillo— y otra de Asuntos Generales. Y a pesar de sus éxitos en las zonas donde triunfó la insurrección, también sufrieron notables bajas.

Si Fal Conde era el líder por antonomasia de la milicia requeté, a finales de 1936 sus pretensiones chocaron con la «oficialidad» representada por «el Nuevo Estado», cuya dirección total había sido asumida en septiembre por Francisco Franco, tras la muerte de Sanjurjo y la relegación a un segundo plano de Mola. En plena guerra, la Comunión Tradicionalista , a instancias de Fal Conde, impulsó un nuevo proyecto: la creación de la Real Academia Militar Carlista, cuya misión era convertir a los requetés en oficiales. Aquello provocó un gran revuelo en el Ejército, pues chocaba con las intenciones del nuevo «Caudillo» y el jefe del Requeté hubo de exiliarse a Portugal. Franco, visiblemente enfadado, calificó la actitud como un «golpe de Estado, de delito de traición, de conducta propia de un anarquista, no de un hombre afecto al Movimiento», y Fal Conde se vio obligado a exiliarse a Portugal.

Pronto, la destacada participación de los tradicionalistas en la contienda sería casi olvidada, a pesar de incluir a muchos de sus caídos en la lista de «Mártires del Movimiento». El principio del fin de las pretensiones carlistas fue la fusión de todas las fuerzas que conformaban el llamado bloque nacional a instancias de Franco. En abril de 1937 se publicaba el Decreto de Unificación, que rezaba: «Falange Española y Requetés, con sus actuales servicios y elementos, se integren, bajo la Jefatura de S.E. el Jefe del Estado, en una sola entidad política de carácter nacional que se denominará Falange Española Tradicionalista y de las jons , quedando disueltas las demás organizaciones y partidos políticos». El propio Fal Conde se opuso desde su exilio a esta fórmula, pero no le escucharon.

Viejos combatientes hablarían con los años de una auténtica persecución de los «boinas rojas» en las propias filas sublevadas, donde no podían ya ondear la bandera del Requeté ni siquiera entonar su canto de guerra, el Oriamendi. Su influencia decaería de forma remarcada a favor de los falangistas. Así, muchos de los viejos carlistas que combatían para «devolver el orden y la religión» a España se sintieron los perdedores de entre los vencidos de la Guerra Civil. En la actualidad, el movimiento, que aún pervive, aunque mucho más reducido, considera la actuación de Franco una verdadera traición.

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