La caza de Eichmann

Adolf Eichmann, organizador del genocidio nazi de los judíos, vivió tranquilo en Argentina hasta 1960, cuando fue cazado por los servicios de inteligencia israelí.

Adolf Eichmann

Adolf Eichmann, hijo de un exitoso hombre de negocios, nace en Solingen, Alemania, pero crece en Austria, en la ciudad de Linz. En 1932, se afilia al Partido Nazi austríaco y, poco después, empaqueta sus botas y su uniforme a medida y vuelve a Alemania, a Dachau, donde se convierte en oficial de las SS.

Dos años más tarde, se traslada a Berlín para trabajar en el temido servicio de inteligencia, el Sicherheitsdienst (SD), en el que rápidamente se hace un nombre como celoso y enérgico burócrata. La principal función de Eichmann es acelerar la emigración de judíos, una tarea que desempeña a plena satisfacción de sus superiores.

En 1938 Eichmann regresa a Viena con su mujer, Vera, y su hijo, Klaus. Allí se encarga de abrir la oficina central para la emigración judía. Por primera vez en su carrera, Eichmann cuenta con auténtico poder y lo utiliza a conciencia: valiéndose de una administración sencilla y racional y de un terror perfectamente focalizado, sus hombres se dedican a expulsar del país a tantos judíos como les es posible. De éstos, se marchan todos los que pueden; a los demás, sólo les queda observar cómo les arrebatan sus casas, tiendas y bienes. Muchos de los que permanecen allí son arrestados y enviados a campos de concentración.

En la oficina central, Eichmann reina sobre los judíos austríacos como un verdadero déspota. También se complace en enseñarles a los visitantes la maquinaria perfecta que ha creado. Antes de poder partir, los judíos son desposeídos de todo. Tienen que pagar impuestos a la ciudad y al Estado, además de una serie de tasas. Eichmann organiza una precisa cadena burocrática que asegura la máxima eficiencia: los formularios para obtener los permisos de salida y hacer todo el papeleo se encuentran a un lado, mientras que al otro se entregan los pasaportes. A esta oficina acuden masas de judíos empobrecidos y desesperados; en los pasillos, las mujeres abrazan con miedo a los niños cada vez que ven aparecer a Eichmann con su flamante uniforme negro.

A medida que crece el número de judíos que abandonan el país, mejora también la reputación de Eichmann entre la jerarquía nazi y, cuando se alcanza la cifra de 150.000 emigrantes en 18 meses, su avance en el escalafón está asegurado. Entre sus víctimas, en cambio, se le conoce como “el sabueso” o “el enemigo de los judíos”.

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Eichmann pasa a estar muy ocupado, pues debe volver a Berlín para hacerse cargo de la Oficina Central para la Emigración Judía. Enseguida descubre que su nuevo lugar de trabajo le encanta, especialmente porque, con anterioridad, el sitio acogía a una organización benéfica judía y esa ironía le produce un intenso placer.

Ahora es responsable de “emigración y evacuación” y, al cabo de unos pocos días, prepara la deportación de 600.000 personas. Su proyecto más ambicioso, no obstante, tiene lugar un año más tarde: el Plan Madagascar, por el cual saldrían de Europa dos barcos diarios, con 1.500 judíos a bordo, con destino a la isla de Madagascar, situada frente a la costa de África.

Este proyecto nunca llega a realizarse, pero Eichmann continúa trabajando sin descanso y pronto se convierte en un hombre clave en los planes del antisemitismo nazi. La idea de encerrar a los judíos dentro de una reserva especial es abandonada en favor de la política de exterminio: la Solución Final. Hitler quiere ahora “la destrucción física de los judíos”.

En otoño de 1941, Eichmann pasa de especialista en emigración forzada a experto en genocidio. Se convierte así en el verdugo del Führer.

 

Diligente y fanfarrón

A Eichmann lo hacen responsable de los trenes que transportan a los judíos hasta los campos de la muerte. Debe asegurarse de que los vagones vayan atestados de gente y de que los campos de exterminio funcionen de forma óptima. Su oficina tiene a cargo un gran número de tareas, que van desde “desjudeizar” el Tercer Reich hasta “explotar a los judíos a través de peluquerías”. Esto último se refiere al uso industrial del cabello que se les corta a los recién llegados a los campos.

Como director general del mayor genocidio de la Historia, Eichmann trata de controlar todos los aspectos del proceso. Con frecuencia inspecciona personalmente los campos de exterminio y ofrece sugerencias para mejorar la efectividad. Sin duda es un hombre trabajador, al que le gusta complacer a sus superiores, y hace gala de sus méritos sin ningún reparo. Hacia el final de la guerra, incluso presume de haber mandado él solo, con sus trenes, a más de cinco millones de judíos a la muerte.

Con la victoria aliada sobre Alemania, el mundo en el que vive Eichmann se derrumba. Y el caso es que él había soñado con el martirio a la caída del Tercer Reich, pero el destino no le ha concedido esa gracia. Huye entonces a Austria, donde se encuentran su mujer y sus tres hijos, Klaus, Dieter y Horst.

A diferencia de otros nazis de alto rango, Eichmann no tiene tiempo de llenarse los bolsillos con dinero robado, oro o piedras preciosas. Sin embargo, antes de ser detenido o pasar a la clandestinidad, quiere dejarle algo a su familia: como regalo de despedida, le da a Vera un maletín con cebada perlada y un paquete de harina. Además de esto, le entrega cuatro cápsulas de cianuro. Una para cada uno de ellos. Sus últimas palabras, antes de besarles, son: “Si vienen los rusos, tendréis que tomarlas. Si son los británicos o los americanos, no es necesario”.

 

Más información sobre el tema en el artículo La caza de Eichmann. Aparece en el ESPECIAL MUY HISTORIA, dedicado a Crímenes de guerra nazis.

Si quieres conseguir este ejemplar, solicítalo a suscripciones@zinetmedia.es o descárgatelo a través de la aplicación de iPad en la App Store. También puedes comprarlo a través de Zinio o de Kiosko y Más.

Y si deseas recibir cada mes la revista Muy Historia en tu buzón, entra en nuestro espacio de Suscripciones.

 

CONTINÚA LEYENDO