La captura alemana del fuerte belga Eben Emael

El 10 de mayo de 1940, un grupo de planeadores alemanes hizo explotar todos los cañones de la mayor fortaleza belga, Eben Emael, y así consiguió allanar el camino para la invasión de Francia.

En noviembre de 1939, comenzó el entrenamiento para 85 paracaidistas cuidadosamente escogidos, que recibieron el nombre en clave de Grupo Granito y fueron divididos en 11 secciones distintas. Los hombres se trasladaron a Checoslovaquia, donde, dentro de los muros de la llamada Línea Benes –la fortificación fronteriza iniciada por los checos antes de la ocupación–, los alemanes habían construido una copia exacta de Eben-Emael. Allí los pilotos pasaron seis meses practicando una y otra vez la aproximación a la fortaleza y los detalles del aterrizaje hasta tener la mecánica del ataque perfectamente controlada.

Al mismo tiempo, los investigadores alemanes probaban un nuevo tipo de arma: los proyectiles de carga hueca. El programa era tan secreto que los soldados del Grupo Granito no podían utilizar los nuevos explosivos y tenían que ejercitarse con modelos simulados. El entrenamiento continuó hasta que el grupo fue capaz de aterrizar dentro del recinto del fuerte, que tenía una extensión de un kilómetro cuadrado, y alcanzar todos los objetivos en menos de diez minutos.

A comienzos de abril de 1940, los paracaidistas regresaron a Alemania. La invasión de Holanda, Bélgica y Francia, conocida por el nombre en clave de Plan Amarillo, era inminente. El 10 de mayo, a primera hora de la mañana, 11 Stukas partieron de la base aérea de Ostheim, cerca de Colonia. Cada aparato arrastraba un planeador DFS 230 unido por un cable de acero de más de cien metros. Dentro viajaban los soldados del Grupo Granito. Pero, poco después del despegue, las cosas se torcieron. Dos planeadores se enredaron con los cables de arrastre y tuvieron que desengancharse e iniciar un rápido descenso. Por desgracia, el líder del comando, el teniente Rudolf Witzig, iba en uno de ellos.

Después de hacer un aterrizaje de emergencia cerca de Colonia, Witzig saltó a tierra y requisó un coche con el que regresó a toda velocidad hasta el aeródromo de Ostheim, de donde volvió a partir con un nuevo Stuka y otro DFS 230. Cuatro horas más tarde, consiguió reunirse con su grupo, pero para entonces el asalto inicial a Eben-Emael había terminado.

Según lo ordenado, los demás planeadores siguieron su marcha hacia el oeste guiados por las luces que llegaban de tierra. Después de atravesar 73 km, cuando estaban a 27 km de Eben-Emael y a una altitud de 2,6 km, los pilotos de los Stukas soltaron los cables. Los planeadores quedaron suspendidos en el aire sobre Alemania antes de cruzar silenciosamente la frontera belga a 124 km/h.

En la fortaleza, un guardia que observaba desde las defensas antiaéreas se quedó atónito al ver que, a través de la niebla, un avión descendía haciendo círculos. En un instante, se extendió la confusión entre los soldados belgas, que dispararon unas cuantas ráfagas de ametralladora al aire porque no estaban seguros de si los aparatos eran alemanes o británicos. Solo cuando el ala de uno de los planeadores chocó contra una defensa antiaérea e hirió a un hombre comprendieron la realidad de lo que sucedía: Eben-Emael estaba sufriendo un ataque alemán.

Unos segundos más tarde, los cuatro guardias se vieron encañonados por dos ametralladoras alemanas, amenaza ante la cual tiraron las armas al suelo y levantaron las manos.

Misión cumplida en 10 minutos

El Grupo 5 había acabado su tarea y, en los diez minutos siguientes, el Grupo Granito comprobaría el efecto de los nuevos explosivos de carga hueca. Tanto los gruesos muros de cemento de Eben-Emael como las poderosas armas del fuerte fueron destrozados con rapidez y eficiencia mediante explosiones controladas. El sargento Niedermeier, primero en detonar una carga, describió el efecto sobre uno de los búnkeres: “El cañón había sido arrancado de cuajo de la base y estaba tirado en una esquina, como una caja de cerillas arrugada. En el muro había una abertura de 60 x 60 cm, lo suficientemente grande como para entrar y salir con facilidad”.

Junto al cañón despedazado yacían soldados belgas muertos y heridos, un panorama que se repetía una y otra vez por todo el fuerte. Los muchos meses de entrenamiento habían dado sus frutos. Los miembros del Grupo Granito habían cumplido con los objetivos fijados con profesionalidad. Ni los potentes cañones de Eben-Emael ni las defensas situadas fuera del fuerte habían podido realizar ni un solo disparo.

Los belgas que sobrevivieron a las explosiones corrieron a esconderse en las galerías subterráneas del fuerte. Aquí se encontraban efectivamente a salvo de los atacantes, pero también se habían quedado encerrados. Las tropas de élite alemanas sitiaron los escasos puestos exteriores sin dificultad y, a lo largo de las 28 horas siguientes, los soldados belgas que resistían permanecieron aislados en el interior de Eben-Emael.

Desde los puestos de observación, los paracaidistas podían ver cómo los tanques, las columnas de camiones y las tropas de la Wehrmacht avanzaban hacia el oeste a través de la frontera, ahora despejada. Y la tarde del 11 de mayo, los comandantes del ejército alemán pudieron enviarle un telegrama a Hitler: “Eben-Emael, que domina los accesos a Bélgica sobre el río Mosa y el canal Alberto, a poca distancia de Maastricht, hacia el oeste, se rindió el sábado por la tarde. Mil hombres han sido hechos prisioneros”.

 

Más información sobre el tema en el artículo Las fuerzas especiales capturan el fuerte de Eben-Emael. Aparece en el MUY HISTORIA, colección II Guerra Mundial, dedicado a Operaciones especiales.

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