La batalla de Stalingrado: cueste lo que cueste hay que romper el cerco

El avance alemán sobre las estepas rusas fue en un principio muy exitoso. Victorias rápidas e implacables contra el «enemigo bolchevique». Pero en Stalingrado las cosas cambiaron, el 6.º Ejército de Friedich Paulus pasó de sitiador a sitiado.

El avance alemán sobre las estepas rusas fue en un principio tan sanguinario como exitoso. Victorias rápidas e implacables contra el «enemigo bolchevique». Pero en Stalingrado las cosas cambiaron, el 6.º Ejército comandado por Friedich Paulus pasó de sitiador a sitiado, quedando aislado del resto del mundo en una ciudad en llamas. Las fuerzas alemanas intentaron romper el cerco, auxiliar a los soldados del Reich y cambiar el rumbo de la batalla. Pero todo sería en vano, a costa de millares de muertos.

Tras una pandemia que dura más de dos años y ha causado millones de muertos, el mundo se asoma a un abismo que no se veía desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Como si la historia se acelerase en cuestión de meses, la invasión rusa de Ucrania ha puesto en entredicho el status quo imperante en Europa —y por ende, a nivel internacional— desde el fin de la Guerra Fría, despertando con fuerza viejos fantasmas totalitarios que parecían imposibles tiempo atrás en las acomodadas «fronteras» del viejo continente.

Nazis en la Batalla de Stalingrado
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Hasta hace poco los movimientos migratorios masivos venían de Oriente, del norte de África, pasaban de Latinoamérica a Estados Unidos… pero ahora, como en los tiempos de la guerra relámpago nazi, los refugiados, que se cuentan por millones, provienen del mismo territorio europeo. La OTAN se refuerza, la economía se resiente, el miedo a una escalada nuclear se palpa en el ambiente tras muchos años de distensión. Y en medio de ese escenario bélico que ha dejado un país arrasado, se reaviva el recuerdo de una ciudad sitiada —como le ha sucedido en los últimos tiempos a Kiev, Mariúpol o Járkov, entre muchas otras—, y que tuvo también a los rusos en primera línea, pero en dicho caso no como agresores, sino como agredidos y víctimas: Stalingrado; la gran batalla en el marco de la gigantesca Operación Barbarroja lanzada por los ejércitos de Hitler para conquistar las enormes y gélidas tierras de la Unión Soviética. Nada salió, sin embargo, como se esperaba en Berlín, y lo que en un primer momento se concibió en el marco de la Blitzkriegque había hecho caer Bélgica y Francia —entre muchos otros territorios del viejo continente—, a una velocidad nunca vista, se estancó, y se convirtió en una salvaje lucha de desgaste y emboscada. El 6.º Ejército, al mando del general Friedrich Paulus, se vería finalmente cercado por las fuerzas enemigas. El plan soviético de contraofensiva se configuró a mediados de septiembre de 1942, durante la fase crítica de la defensa de Stalingrado (hoy Volgogrado). El mariscal Gueorgui Zhúkov y Alexander Vasilienski, a la sazón jefe del Estado Mayor de las fuerzas armadas soviéticas, propusieron a Stalin una operación basada precisamente en el método de la guerra relámpago alemana, una brillante combinación de gran fuerza, velocidad y sorpresa para rodear y derrotar al invasor.

Ejército embolsado

Según cita el historiador alemán Jochen Hellbeck en el exhaustivo ensayo Stalingrado. La ciudad que derrotó al Tercer Reich, durante los dos meses siguientes los soviéticos se prepararon para la ofensiva: otra formación, el Frente Sudoeste, comandada por el general Nikolái Vatutin, fue trasladada de forma secreta a una posición en el alto Don, mientras los ejércitos situados en Stalingrado y divididos en dos frentes recibían refuerzos de soldados y equipamiento. Los funcionarios de inteligencia alemana descubrieron sin mucho problema estas maniobras, pero no les concedieron la debida importancia en la creencia de que las reservas de materiales y soldados de la Unión Soviética estaban agotadas. Aquello resultaría fatal para los ejércitos del Reich.

Finalmente, el 23 de noviembre de 1942 las fuerzas alemanas quedarían aisladas del mundo exterior tras la exitosa ofensiva de cerco que lanzó el Ejército Rojo y duró cuatro largos días, bautizada como Operación Urano y que condujo al embolsamiento del 6.º Ejército germano. Los soviéticos rodearon la ciudad dispuestos a esperar que sus enemigos murieran de hambre y frío. En un principio hubo distintas reacciones alemanas sobre el cerco. Como señala el veterano historiador militar Geoffrey Jukes en un trabajo clásico sobre la batalla, «algunos de los comandantes de posiciones inferiores pensaron que era necesario evacuar Stalingrado inmediatamente, mientras todavía fuera posible retroceder hacia el oeste». Otros se mostraban reacios a abandonar las posiciones tomadas en la ciudad soviética, no solo por el esfuerzo que había sido preciso realizar para ganarlas, sino porque los sótanos y las ruinas ofrecían por lo menos un buen refugio contra el duro invierno ruso, uno de los principales elementos de la paralización de la infantería alemana.

No obstante, a la espera de la decisión definitiva, todos los oficiales alemanes insistieron en la necesidad de defender la retaguardia de su ejército, un requisito indispensable para poder emprender cualquier futura acción contra las fuerzas soviéticas. Si el Ejército Rojo arrollaba las posiciones alemanas desde la retaguardia, sería imposible tanto el repliegue como la resistencia.

Graves problemas logísticos

Así, los sitiadores se convirtieron en sitiados y las tropas alemanas, rumanas y croatas que habían sido cercadas iban a sufrir en carne propia la extraordinaria presión sufrida por el 62.º Ejército soviético, pero en un grado mucho mayor, pues el frío era más intenso, circunstancia a la que no tardarían en sumarse el hambre y la desesperación, pues los alemanes y sus colaboradores no estaban defendiendo un trozo de su patria «a sangre y fuego» como el enemigo, sino un territorio que se antojaba gigantesco, gélido y extraño en el que zumbaban las balas, explotaban los morteros y rugían los tanques.

Unos días antes, ante dicho panorama, el mariscal de campo Maximilian von Weichs, que no tardaría en caer en desgracia ante Hitler, al sugerirle que sus líneas eran demasiado débiles —algo que el Führer ignoró, pues no concebía el retroceso en su conquista continental—, y que estaba al mando del Grupo de Ejércitos B, integrado, entre otros, por el 6.º Ejército de Paulus, previó varias alternativas, y, tras considerar la posibilidad de un movimiento envolvente, el 21 de noviembre había dado órdenes al 6.º Ejército para que mantuviera su posición en Stalingrado y a lo largo del Volga, «pasara lo que pasara», siguiendo las indicaciones del canciller alemán desde Berlín, ordenando a la vez que se preparara para el repliegue si fuese necesario.

Por su parte, el mariscal Erich von Manstein señaló que mantener a cerca de 20 divisiones durante todo el invierno ruso en una ciudad en ruinas y sin que les llegaran suministros representaba un «cruel e insensato despilfarro» de soldados y armamento, y al considerar imposible que Stalingrado resistiera los ataques soviéticos durante toda la estación invernal, creyó poder convencer al Führer para que permitiese la evacuación de la ciudad lanzando una contraofensiva para romper el cerco. La idea primera de Manstein era entregar al general Hermann Hoth, al mando de la 6.ª División Panzer, que disponía de unos 250 carros de combate, un mayor despliegue de fuerzas y que fuera apoyado por más tropas de otras divisiones panzer y por infantería, algo que finalmente resultaría imposible ante el temor de los mandos a desguarecer vastos sectores del Este.

Sin embargo, antes de poder planificarse siquiera una retirada, se debían solventar varios problemas, entre ellos el de la falta de combustible. Desde el mes de septiembre, tanto el 6.º Ejército como las formaciones del 4.º Ejército Panzer habían requerido poco combustible para las operaciones que debían realizar, lo que provocó que fuesen reducidos sus suministros. A este grave problema había que sumarle la escasez de munición y, para más inri, Paulus estimó que tendrían comida y bebida para solo seis días. Ante tal escenario, el general envió el día 22 un mensaje por radio al Grupo de Ejércitos B, afirmando que su intención era mantener la posición en Stalingrado pero que no podría llevar a cabo los planes militares si no se conseguía cerrar su frente por el sur y recibir una gran cantidad de suministros por vía aérea. Y a su vez solicitaba, en caso de considerarlo conveniente, autorización del Estado Mayor (OKW) para abandonar el frente norte y, por consiguiente, Stalingrado, visto el complejo y oscuro panorama que se abría ante sus tropas.

Operación Tormenta de Invierno

El plan alemán, al que bautizaron como Operación Wintergewitter o «Tormenta de Invierno», consistía en lanzar una ofensiva sorpresa contra las fuerzas soviéticas en las riberas occidentales del Volga, para que así el general Friedrich Paulus lanzara sus fuerzas, cada vez más extenuadas, para romper el cerco soviético y evacuar a las tropas alemanas de la ciudad llena de escombros humeantes. No obstante, como apunta Jukes, la fuerza de liberación comandada por Hoth no tenía una misión específica, pues la mayor parte de dicho ejército se encontraba en el interior de la bolsa: o bien se dirigía en línea recta hacia Stalingrado o, si la resistencia soviética era muy fuerte, cosa bastante probable, se encaminaba hacia el norte, a lo largo de la orilla derecha del río Don, donde podrían reunirse con el XLVIII Cuerpo del Ejército Panzer para intentar un ataque conjunto a través de la corta distancia que desde ese punto les separaría de la urbe.

Fuera cual fuese la variante del plan llevada a la práctica, el 6.º Ejército de Paulus debía intentar romper el cerco y aproximarse a la fuerza de liberación tan pronto como recibiera la señal de Donnerschlag (Trueno). La ofensiva comenzó bien. En apenas un día la 6.ª División Panzer avanzó más de 50 kilómetros, una tercera parte del camino hasta Stalingrado, tomando por sorpresa a las tropas rusas. Todos aquellos avances, sin embargo, resultarían finalmente irrelevantes. El destino estaba siendo decidido 200 kilómetros más al norte, donde las posiciones alemanas en las cercanías del río Chir estaban siendo defendidas por el 3.er Ejército rumano, el muy castigado Grupo de Ejércitos Hollidt, el 3.er Ejército italiano y el 2.º Ejército húngaro. La zona más vulnerable era la italiana. Sus soldados, mal armados y con la moral hundida, serían arrollados por el 1.er Ejército soviético.

La ofensiva rusa, bautizada con el nombre de «Pequeño Saturno», fue apoyada en otros sectores por el 6.º Ejército soviético, el 3.er Ejército de Guardias y el 5.º Ejército de Tanques. Mientras tanto, la 6.ª División Panzer había logrado avanzar otros 10 kilómetros y establecer una cabeza de puente en la orilla opuesta del río Mishkova, a apenas 50 kilómetros del 6.º Ejército alemán. Sería lo más cerca que llegaría a los hombres de Paulus. El 19 de diciembre de 1942 ya era claro para Von Manstein que con su flanco sur seriamente amenazado, la Operación Wintergewitter estaba condenada al fracaso.

Situación insostenible

El día 22 de diciembre de 1942, el mariscal se puso en comunicación con el Alto Mando de la Wehrmacht (OKW) y emitió un informe en el que señalaba que: «El desarrollo de la situación en el flanco izquierdo (sector italiano) del Grupo de Ejércitos, hace necesario desplazar fuerzas allí muy pronto», y añadió: «a menos que puedan garantizarse adecuadossuministros aéreos, la única alternativa es que el 6.º Ejército pueda realizar una ruptura del cerco».

Manstein pensaba que el Alto Mando le daría el permiso para iniciar la Operación Trueno, pero el 23 de diciembre la respuesta que dio el OKW fue muy diferente: «El Führer está de acuerdo en que unidades del 57º Cuerpo (entre ellas la 6ª. División Panzer) sean llevadas al sector del Don (es decir, para rellenar la brecha dejada por los italianos)». Contra todo pronóstico, aquello significaba el abrupto fin de la Operación Wintergewitter y la sentencia de muerte para el 6.º Ejército alemán. La batalla de Stalingrado se había perdido definitivamente para la Wehrmacht.

La noche del 23 de diciembre de 1942, el cuerpo blindado de Hoth recibió la orden de retroceder sin ningún tipo de explicación, así como la 6.ª División Panzer, que por entonces se batía en violentos combates a orillas del río Mishkova, a tan solo 50 kilómetros de sus compañeros, una distancia, sin embargo, abismal en medio del salvaje invierno ruso y el azote del fuego cruzado soviético. El resto de la lucha en Stalingrado sería una lenta y cruel agonía para las tropas alemanas cercadas. Hitler rechazó dar libertad de acción a Paulus, que deseaba retirarse, y le ordenó resistir «a cualquier precio». Ante sus peticiones de rendición, el 30 de enero de 1943 el Führer ascendió al jefe del 6.ª Ejército al grado de mariscal de campo, no sin remarcarle que jamás ningún oficial de ese rango se había entregado al enemigo, una abierta invitación al suicidio.

En medio de un panorama desolador, con el noventa por ciento de los edificios de Stalingrado reducidos a escombros, cadáveres en descomposición casi en cada esquina, la mayoría de soldados supervivientes del 6.º Ejército —hambrientos, muchos heridos, afectados de tifus y ateridos de frío—, se refugiaron bajo tierra, en sótanos y agujeros infectos bajo las ruinas de la ciudad. En plena agonía y sin moral combativa alguna, lo cual era lógico, finalmente un grupo de soldados soviéticos descendió a los túneles donde se hallaban Paulus y el resto de sus hombres y les ofrecieron la rendición. El 2 de febrero de 1943, el oficial alemán (que había mostrado una gran entereza y valentía durante el asedio, donde enfermó de disentería pero rechazó ser reemplazado en sus funciones) aceptó la capitulación y ese día supuso el fin definitivo de la épica batalla.

Tras despejar los escombros de la ciudad, tarea hercúlea para unos hombres destrozados, y recoger a sus camaradas muertos para ser incinerados en las afueras, los soldados alemanes fueron trasladados en tren hacia Siberia, viaje en el que murieron un gran número de hombres, y después reubicados en campos de concentración y de trabajo, los temibles gulags soviéticos.

Durante la batalla de Stalingrado se calcula que unos 150 000 soldados alemanes perdieron la vida, y unos 90 000 fueron hechos prisioneros (frente a un millón de muertos que se estima le costó a la Unión Soviética la resistencia ante el invasor). Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, solo 6000 de aquellos hombres sobrevivieron y regresaron a una Alemania a punto de ser dividida por el telón de acero que reconfiguraría la geopolítica internacional, un equilibro que hoy ha vuelto a sufrir profundos cambios tras la invasión rusa de Ucrania y ha traído la guerra a las puertas de Europa, algo impensable hace apenas unos años.

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