La batalla de Bzura, el fracaso de la contraofensiva polaca

Fue una de las batallas más encarnizadas de las que se produjeron en la invasión de Polonia y la más larga. En ella se sentenció el futuro de Polonia.

El 1 de septiembre, la aviación alemana realizó la primera incursión en territorio polaco sin previa declaración de guerra. La Segunda Guerra Mundial acababa de comenzar y pese a las promesas de Francia y Gran Bretaña, Polonia quedó a merced de las tropas alemanas y sin la prometida ayuda de las fuerzas aliadas, en especial la de Francia.

Las fases de una invasión

El avance de las divisiones panzer alemanas se produjo en tres frentes distintos. Por el norte, avanzaron las tropas mecanizadas del coronel general Heinz Wilhelm Guderian, que dirigió el principal contingente de tanques, el XIX Cuerpo Motorizado reforzado por la la 10ª División Panzer, con el apoyo de la Armada (Kriegsmarine) desde el Mar Báltico, siendo su objetivo Varsovia. Por el oeste, el coronel general Erich Hoepner al mando del XVI Ejército y el coronel general Johannes Blaskowitz(que sería uno de los máximos responsables alemanes en la batalla de Bzura) al mando del VIII Ejército, avanzaron con sus divisiones de panzer, teniendo como objetivos Katowice, Lodz y, finalmente, Varsovia. Por el sur, desde Eslovaquia entraron las tropas del mariscal de campo Wilhem List, responsable del XIV Ejército, y el mariscal de campo Walter von Reichenau (sería militante del NSADP, y responsable del famoso juramento de los militares de fidelidad al Führer), al mando del X Ejército, que tuvieron como objetivo Cracovia y el este de Polonia. En 1941, casi todos estos generales participarían en lo que sería la gran locura de Hitler: la Operación Barbarroja de invasión de la URSS.

Con este planteamiento, las tropas alemanas se movieron por Polonia a una gran velocidad -en lo que se conocería como blitzkrieg o guerra relámpago-, siempre con el apoyo fundamental de la Luftwaffe. El ejército polaco no supo preparar un dispositivo eficiente de defensa, algo que se vio claro desde un primer momento. El Estado Mayor creía que esa época sería lluviosa, como siempre, y que el agua y el barro retrasaría el despliegue alemán y les darían una ventaja táctica , pudiendo así mover a la caballería a su antojo. Pero, desafortunadamente para los polacos, el final del verano y el comienzo del otoño de 1939 fue mucho más seco de lo habitual, de modo que las tropas acorazadas alemanas pudieron desplegarse a gran velocidad por todo el territorio del país invadido. Sin duda, uno de los grandes errores del Estado Mayor polaco fue no haber emprendido la modernización de su ejército a tiempo. Fiaron a su unidad de élite, la caballería, la defensa de un país muy extenso y con una mala red de comunicaciones, tanto viaria como de ferrocarril, y resultó una misión imposible.

Mokra, el comienzo de la contraofensiva

Al verse superadas las tropas polacas en los primeros días de batalla, se decidió que se fueran replegando hacia el interior del país. En tan sólo una semana de combates, el frente estaba totalmente hundido. La aviación alemana había destruido no sólo infraestructuras fundamentales, también había arrasado las comunicaciones del país. Varsovia se veía amenazada por el sur, el oeste y el norte. La jugada última que les quedaba por realizar a los polacos sería reforzar una línea defensiva en el río Vístula como recurso final.

El primer enfrentamiento entre las divisiones panzer y la caballería polaca se produjo en los claros de los bosques que rodean el poblado de Mokra, a 60 km de la ciudad de Katovice, en las cercanías de la frontera entre Polonia y Alemania , durante los primeros días de la invasión. Los protagonistas de la batalla de Mokra fueron la 4ª División Panzer, del general de división Georg-Hans Reinhardt , por el bando alemán, y por el polaco la brigada de caballería Wolynska, del Coronel Julián Filipowicz , que contó con el apoyo del tren blindado Smialy. E, increíblemente, una brigada de caballería pudo hacerle frente a una división panzer.

Los generales alemanes se mostraron descoordinados y sus tropas sufrieron numerosas bajas bajo el fuego polaco de los fusiles anticarro wzór - que portaban los jinetes de la caballería- y los cañones antitanque Bofors de 37 mm., dos armas mortales para cualquier tanque de la época. Además, las fuerzas polacas estaban sólidamente atrincheradas. Una estimación bastante fiable de las pérdidas alemanas arroja la cifra de 50 carros y vehículos acorazados. Y, si no llega a ser por la habilidad de los aviadores de los Stukas, las cifras hubiesen sido mayores. Si bien los jinetes polacos consiguieron diezmar a los alemanes, finalmente la tecnología dio la victoria a estos.

No hay duda de que la caballería polaca demostró una gran preparación técnica-en algunas ocasiones llegaron a luchar como tropas de infantería al perder sus monturas-, pero cabe reseñar que para algunos historiadores el enfrentamiento fue con una unidad alemana motorizada que contaba con algunos vehículos, pero no con blindados. El mito nacería de un periodista italiano que vio en el campo de batalla caballos muertos al lado de algún panzer averiado.

En cualquier caso, los contrapiés hicieron que el ejército polaco se replegase hasta el río Vístula por el norte, y al río Bzura por el oeste, en la esperanza de poder defenderse con ciertas garantías y parar el infernal avance de los alemanes. Sus tropas consiguieron en la primera semana de conflicto que se situasen a poco más de 100 kilómetros de la capital polaca. Justo la distancia que separa Varsovia de la localidad de Kutno, ciudad con una fuerte presencia de judíos, eran aproximadamente un tercio de la población; y donde se produciría una de las batallas más importantes y sangrienta de la invasión de Polonia.

La batalla más importante de la campaña polaca

El río Bzura es el principal afluente del Vístula, por su margen izquierda. Con poco más de 100 kilómetros de longitud, nace en la ciudad de Lodz y desemboca en Wyszogród. La unión de estos dos ríos formaba una barrera natural que serviría para la defensa de Varsovia por el oeste, después de haber destruido los puentes sobre ambos ríos. A esa labor se pusieron las tropas polacas, pero no fueron lo suficientemente rápidas. Los panzer III y IV fueron mucho más veloces, pese a los problemas de suministro de carburante que tuvieron.

Viendo el Estado Mayor polaco que las tropas alemanas estaban muy extendidas por todo el territorio, decidieron organizar un contraataque para romper las líneas e intentar envolver a los alemanes. Estos acababan de conquistar Lodz el 8 de septiembre y las divisiones IX y XIII que lo habían hecho continuaron avanzando hacia el nordeste, mientras el X Ejército Alemán seguía su avance siguiendo el curso del río Bzura. La batalla en este enclave estaba servida. Duraría del 9 al 19 de septiembre y sería la mayor de todas las campañas de Polonia.

El Ejército Poznan, al mando del general Tadeusz Kutrzeba y formado por cuatro divisiones de infantería (14, 17, 25 y 26) y dos brigadas de caballería (Wielkopolska y Podolska) más el apoyo de otras seis divisiones, lanzó el contraataque el 9 de septiembre. El total de los hombres del ejército se elevó a los 225.000.

Otro de los protagonistas de la batalla fue el general de división Wladyslaw Bortnowski, responsable del Ejército de Pomorze. Encargado de la defensa del Corredor Polaco, al verse arrollado el primer día de la invasión, se replegó hacia el suroeste y unió sus fuerzas a las de Kutrzeba, es decir, a los restos de las divisiones que se habían encargado de la defensa de Pomerania y que también se vieron arrolladas, teniendo que replegarse. De ahí que el ejército polaco sumase tantos efectivos.

Los alemanes no irían a la zaga pues las tropas nazis que lucharon en Bzura superaron los 400.000 hombres. Aún así, se vieron sorprendidos porque no esperaban un contraataque en Bzura. De modo que durante esos dos primeros días, justo en el segundo fin de semana de la invasión, la iniciativa la llevaron los polacos y pudieron aliviar el cerco que los alemanes mantenían sobre Varsovia durante unos días.

El éxito inicial de Polonia

En esos primeros compases de la batalla, que duraría hasta el 22 de septiembre, las tropas polacas se moverían por el flanco alemán del río. Fue la única ocasión en que tuvieron superioridad numérica, de tres a uno en infantería y de dos a uno en artillería. Además, lograron aglutinar unos 65 carros y tanquetas de combate frente a ninguno por parte alemana. Esta fue una de las pocas veces que el ejército germano se vio sorprendido por los polacos, tanto por el número de tropas como por la ferocidad de los ataques. Así que los alemanes decidieron replegarse ese primer día de la batalla y esperar los refuerzos mecanizados, volviendo a demostrar una flexibilidad y capacidad de reacción encomiables.

El Alto Mando alemán ordenó al futuro mariscal de campo Gerd von Rundstedt, que estaba empantanado en el cerco de Varsovia, que girase hacia el oeste con la 1ª y 4ª División Panzer. En esa marcha hacia Kutno se le sumaron la 3ª Leichter y dos divisiones de infantería, todas para ayudar a las 24ª y 30ª División que se habían replegado ante el sorpresivo ataque de los polacos y que habían sufrido graves pérdidas. La superioridad numérica alemana volvió a ponerse de relieve. Y fueron 425.000 hombres los que ya estaban dispuestos a volver a atacar a aquellos valientes polacos que realizaron el contraataque.

No habían pasado dos días cuando los polacos, que ya se encontraban en franca inferioridad, se dieron cuenta de que el efecto sorpresa no había tenido los efectos deseados. Ahora, se encontraban con que los alemanes les superaban en número, tanto en infantería, como en artillería, por no hablar de los blindados.

El III y el XVI Cuerpo de Ejército (PanzerKorps) se sumaron temporalmente al VIII para completar el cerco sobre los polacos. Debido a este cambio tan radical de la situación, Kutrzeba puso final a la ofensiva y comenzó a replegarse hacia Varsovia. Pero ya era demasiado tarde y las órdenes cambiaron: debía poner rumbo a Rumania para intentar evitar que su ejército cayera allí en manos de los alemanes. Volvió a ser tarde. Las nueve divisiones de infantería y las dos brigadas de caballería polacas ya estaban rodeadas por 19 divisiones alemanas, cinco de ellas de Panzer o Leichter. Kutrzeba intentó romper el cerco hacia el este, pero el ejército nazi se lo impidió el 16 de septiembre. Gran parte de culpa la tuvo la Luftwaffe que lanzó un ataque masivo contra el ejército polaco y paralizó la retirada. La ofensiva de la Luftwaffe rompió lo que quedaba de la resistencia polaca en una impresionante demostración de poder aéreo alemán que fue fundamental durante la batalla. Además, el XVI Cuerpo de Ejército volvió a atacar para detener la huida.

El general polaco al ver la imposibilidad de seguir hacia el este, intentó un repliegue hacia la capital, pero aquella vía de escape estaba bloqueada por el X Ejército Alemán. Al día siguiente, tuvo lugar un enfrentamiento en el sector del bosque de Kampinos que ocupaba la 4ª División Panzer, y dos brigadas de caballería y otras dos de infantería lograron romper el cerco y huir hacia Rumania. El resto de las fuerzas caerían prisioneras el 21 de septiembre. Se calcula que unos 600.000 soldados polacos fueron hechos prisioneros, entre ellos el propio general Kutrzeba.

La ventaja de la maquinaria alemana se dejó sentir en las últimas escaramuzas de la batalla de Bzura dando por concluido el contraataque polaco donde se puso más corazón que eficiencia. El día 18, cuando por fin se desmoronó la resistencia polaca, aún se produjo un enfrentamiento entre los pocos carros de combate polacos que quedaban y los cada vez más numerosos panzer que siguieron cruzando la frontera hacia el frente. Las tanquetas TKS (armadas con un cañón de 20 mm) de la brigada Wolynska se enfrentaron con los Panzer 35 (t), los más avanzados del ejército alemán, del 11ª División Panzer. En una arriesgada acción, los tanques polacos lograron destruir un total de tres carros alemanes, incluído el del comandante, Prinz von Ratibor, en una emboscada en el bosque de Kampinos. No obstante, los cañones de 37 mm de los Panzer dieron buena cuenta de los escasos carros polacos, destrozando los pequeños vehículos blindados que habían sido diseñados como vehículos de reconocimiento y no de ataque (tenían que acercarse demasiado a los panzer para conseguir impactos mortales).

El 22 de septiembre sería el final de la batalla. El número de bajas alemanas ascendió a unos 8.000 muertos. Respecto a los carros de combate, se perdieron unos 50 tanques, 100 vehículos blindados y 20 piezas de artillería, mientras los polacos tuvieron unas bajas de 18.000 muertos y casi el doble de heridos. Desaparecieron prácticamente todos los vehículos blindados del ejército polaco, así como su artillería.

Los grandes errores que llevaron al desastre

Aunque los polacos habían metido en graves aprietos a la Wehrmacht, la previsible derrota a orillas del Bzura puso en evidencia, como el resto de la invasión de Polonia, tres grandes carencias del ejército polaco. La primera es que creyeron que el cuerpo de élite de la caballería podría enfrentarse con éxito a las unidades mecanizadas alemanas. Algo que desde el comienzo se evidenció como una quimera. La rapidez con la que se movieron los panzer estuvieron, desde el primer momento, fuera del alcance de la lenta caballería polaca. La segunda gran carencia fue la obsolescencia del ejército polaco. Pese a los problemas de movilidad alemana al comienzo de la invasión, siempre mantuvieron una superioridad numérica aplastante. El total del ejército alemán se acercó a los dos millones de soldados, mientras que los polacos no superaron los 900.000 efectivos, en parte debido a los retrasos que sufrieron en la movilización general. Si a eso añadimos que la potencia de fuego alemana -con los panzer y los cañones de su ejército- era muy superior a la de los polacos, poco se podía hacer para defenderse con solvencia. La tercera carencia fue las malas comunicaciones que había en Polonia, lo que produjo una mala coordinación de las tropas y una pésima movilidad, ya que al carecer casi por completo de tanques adecuados no pudieron manejarse por las llanuras polacas. Sólo estuvieron a la altura los tanques 7 TP, de fabricación británica, que tenían un cañón de 37 mm, y los cañones anticarro suecos Bofors (de los primeros contaría con unos 100 y el número de cañones sería bastante superior). La aviación polaca también estaba anticuada y con pocos efectivos. De los 1.900 aparatos que tenían, sólo unos 400 estaban en condiciones de enfrentarse a los Stukas o a otros bombarderos alemanes. Ni que decir tiene que la Luftwaffe era infinitamente superior.

Las fuerzas que se enfrentaron fueron ciertamente poco equiparables. La imagen de las unidades de caballería -que siempre se caracterizaron por su arrojo y su valentía- luchando con espada en mano contra ametralladoras y fusiles, es el mejor ejemplo de una lucha desigual que hizo que el ejército polaco no pudiese resistir lo que en un principio pretendía. Pese a sus quejas por la falta de ayuda de las potencias aliadas, el fracaso real de la guerra se debió a la falta de modernidad y a las pocas unidades acorazadas y de aviación que tenían.

Por el contrario, Alemania desplego un ejército más numeroso, moderno y flexible. Sus unidades, tanto terrestres como aéreas, eran muy modernas, mientras que las fuerzas polacas adolecían del material adecuado para la nueva forma de hacer la guerra. Si a eso unimos la falta de coordinación de sus tropas y la escasa preparación de sus mandos intermedios (si bien el ejército polaco estaba bien preparado en cuanto a los mandos del Estado Mayor), el resultado final no podía ser otro.

Con la finalización de la batalla de Bzura, una de las más encarnizadas de las que se produjeron en la invasión de Polonia y la más larga, ya que duró prácticamente dos semanas, se sentenció el futuro de Polonia.

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