Kennedy: de casta le venía al galgo

La familia de JFK era lo más parecido a la nobleza que había en EE UU. Así fueron el origen y los primeros años del presidente Kennedy.

La familia Kennedy

Esta conciencia de sobresalir, de ser especiales, había sido alimentada incesantemente por el padre, Joseph Patrick Kennedy –conocido como Joe– y su esposa Rose Elizabeth Fitzgerald. Ambos pertenecían a su vez a sendas familias de Boston que habían logrado ya un singular éxito en la vida económica y política. En particular, la de la madre, Rose, cuyo progenitor, John Francis Fitzgerald, fue el primer católico de origen irlandés alcalde de Boston. El abuelo Kennedy también había hecho carrera política, logrando ser elegido en las cámaras legislativas regionales del Estado de Massachusetts.

La fe católica y tener ascendencia irlandesa eran los atributos principales que marcaban a los Kennedy, a los Fitzgerald y a tantos otros en el ambiente bostoniano de la época. Eso los situaba a un lado de la raya social, enfrentados de forma implícita a las familias protestantes, los patricios de Boston: los descendientes de aquellos heroicos colonos amotinados en 1770 contra la autoridad colonial de Gran Bretaña, que habían tirado por la borda el cargamento de té más famoso de la Historia como acto de protesta, iniciando el camino hacia la independencia estadounidense. Los irlandeses, en cambio, no habían desembarcado en Boston hasta un siglo después, a mediados del XIX, y lo habían hecho no movidos por grandes ideales, sino por la obligación ineludible de emigrar para llenar sus estómagos. La Gran Hambruna que asoló Irlanda entre 1845 y 1849, en la que escaseó incluso el alimento básico de su dieta de entonces, la patata, los había arrojado a los barcos que se dirigían al Nuevo Mundo en busca de la supervivencia. La rica Boston había sido uno de sus principales puertos de destino pero cuando llegaron, lógicamente, eran los pobres, los emigrantes, los muertos de hambre. Los protestantes así se lo harían notar en todas sus convenciones y sutiles apartheids sociales.

EMIGRANTES IRLANDESES. El primer Kennedy que vivió en Boston era uno de aquellos huidos de la hambruna. Patrick Kennedy, bisabuelo paterno del presidente, llegó a la ciudad a finales de la década de 1840 y trabajó como tonelero, se casó con Bridget Murphy y tuvo tres hijas y un hijo. Su vida se vio prematuramente truncada al morir en 1858, con tan sólo treinta y cinco años, enfermo de cólera. Mayor éxito y longevidad tuvo el bisabuelo materno, Thomas Fitzgerald, que después de un tiempo establecido en Acton, un pueblo a cuarenta kilómetros de la ciudad, y viendo que no prosperaba como granjero, decidió mudarse a la ciudad y allí empezó a ganar dinero con todo tipo de trabajos de día y de noche. Al atardecer, ejercía como encargado de una taberna en el populoso gueto irlandés de North End. Con el dinero que ganaba compró pisos que luego realquilaría a trabajadores irlandeses, un negocio que empezó a otorgarle buenos réditos, con lo que su familia empezó a prosperar por encima de la media.

La fortuna de los Kennedy, en cambio, llegaría una generación más tarde con el abuelo Patrick. Como único hijo varón y huérfano de padre, tuvo que dejar la escuela para empezar a traer dinero a casa. Lo hizo trabajando como estibador en los muelles de Boston. Ahorrativo y emprendedor, con lo que guardaba compró en la década de 1880 una taberna, a la que luego seguirían otras dos más. De ahí dio el salto al negocio de la importación de whisky. Por esa época, John Francis Fitzgerald, el otro abuelo, que había tenido una buena educación en un colegio prestigioso y llegó a ir un año a Harvard a estudiar Medicina (lo dejó por la repentina muerte de su padre), conseguía buenos trabajos como contable e inspector de aduanas y con los ahorros creaba su propia compañía de seguros.

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Abuelo con don de gentes

De los negocios, los dos abuelos de Jack dieron el salto a la política. Con especial éxito en el caso de John Francis, un personaje muy popular entre los irlandeses de Boston, quienes ya cuando ostentaba la vara de mando de alcalde lo seguían conociendo por el jocoso apelativo infantil de Honey Fitz, que se debía a su precoz afición a meter la mano en el tonel de azúcar que su padre tenía en su colmado. Patrick Kennedy, en cambio, haría su carrera más entre bastidores, convertido en un “fontanero” clave de la organización de los demócratas locales.

No fue nada extraño que los hijos de dos familias irlandesas tan prominentes se casasen. De hecho, lo que estaba muy claro era que no se desposarían con protestantes, pues a principios del siglo XX las buenas familias de las respectivas religiones se relacionaban cuanto menos mejor. Joe Kennedy y Rose Fitzgerald eran dos figuras de la alta sociedad católica, en especial ella, la hija mayor del alcalde, por la que éste sentía una especial debilidad y a la que dio una infancia y juventud llenas de privilegios. Rose era, ya en su juventud, toda una celebrity en Boston que asistía a actos sociales y políticos, viajaba a Europa y que se convertiría, durante el segundo mandato de su padre, en su “Primera Dama”, rol que a la madre no le gustaba ejercer.

Más información sobre el tema en el artículo La fortuna de ser un Kennedy, escrito José Ángel Martos. Aparece en el último Biografías de MUY HISTORIA, dedicado a 100 años JFK

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