Kamikazes: morir para matar

Miles de pilotos japoneses, integrados en las unidades de Ataque Especial, sacrificaron sus vidas por su país –matando y muriendo a la vez– en la II Guerra Mundial.

Roberto Piorno
Kamikazes

Todos los miembros de las fuerzas armadas japonesas eran convenientemente adoctrinados hasta hacerles creer que, en el caso de que perdieran la vida en el campo de batalla, inmediatamente se convertirían en kami (las deidades del panteón sintoísta), y como tales residirían junto a los espíritus protectores del país en el Santuario Yasukuni de Tokio. Esa era la recompensa a la heroica inmolación de los “voluntarios”, los miembros de las fuerzas de Ataque Especial convertidos en perfectos –aunque no siempre– fanáticos convencidos de estar desempeñando una misión sagrada, sacrificándose por la nación en un país en el que huir del campo de batalla, aun para luchar otro día, era un deshonor y en el que dejarse atrapar por el enemigo se consideraba como la peor de las humillaciones. Y es que es imposible entender el fenómeno de los kamikazes sin escarbar en el intrincado trasfondo ideológico que se escondía detrás de esa religión nacionalista con, aparentemente, tan pocas fisuras.

Los kamikazes llevaban al extremo la obsesión generalizada en las filas del ejército nipón con el código de honor de los samuráis, considerado a mediados del siglo XX como la verdadera esencia ética y filosófica de un país que había convertido en héroes, mitos y modelos de comportamiento a los miembros de la casta guerrera japonesa. El Japón de la primera mitad del siglo pasado era una nación militarizada y expansiva que buscaba cohesión ideológica, política y social a través de la reafirmación de su identidad en el campo de batalla, fortalecida gracias a las victorias en las guerras chino-japonesas y en la guerra ruso-japonesa. Esa obsesión con el bushido, con un evocado y completamente distorsionado código del honor ancestral, giraba en torno a numerosos patrones producto de una deformada interpretación de la propia Historia. El ejército nipón hizo del bushido y de obras como el Hagakure un punto esencial de referencia, obviando el hecho de que los valores que exaltaban habían sido confeccionados enteramente por “samuráis de salón” a partir del siglo XVII –y muy especialmente en el XIX– en un país completamente pacificado en el que los samuráis, en realidad, sólo luchaban, si lo hacían, en dojos (lugares de meditación) con espadas de madera, mientras construían toda una mística del honor y de la bella muerte para justificar sus injustificables privilegios y su absoluta obsolescencia. Nada tenían que ver los samuráis históricos con esa evocación y reinvención romántica del estereotipo guerrero que llegó al paroxismo durante la Segunda Guerra Mundial. Y uno de esos valores sobre los que oscilaba ese nacionalismo enfervorecido era el concepto del suicidio, presunto estandarte del buen samurái, que no dudaba en abrirse el vientre mediante seppuku en cuanto su honor se veía comprometido.

Varias formas de decir "suicidio"

En realidad, la generalización de este ritual, siquiera como ideal y elemento definitorio del samurái modélico, corresponde a los tiempos de los samuráis ociosos, de los guerreros-burócratas. Nunca antes del final de las guerras civiles del período Sengoku –que sellaron el acceso al poder de los Tokugawa y el final de los samuráis como combatientes y soldados propiamente dichos– hubo en Japón una cultura del suicidio. Cualquier guerrero sensato ponía a salvo su pellejo para luchar otro día si las circunstancias se lo permitían. Así pues, los principios sobre los que giraban los ideales de los pilotos kamikazes tenían mucho más que ver con una adulteración ultranacionalista del pasado (forjada, muy especialmente, a partir de finales del siglo XIX) que con el ideario y el código de conducta de los samuráis históricos. No obstante, la lengua japonesa sí refleja una sustancial diferencia con respecto a las lenguas occidentales con respecto al suicidio. Existen de hecho varias palabras para definir el acto de quitarse la vida. La japonesa es, en particular, una cultura en la que no existen tabúes éticos ni censuras religiosas ante el suicidio. Por un lado está el jijatsu, el vocablo más similar por significado y connotaciones a la palabra “suicidio”, que tiene una lectura negativa y un matiz de impureza; todo lo contrario que el jiketsu y el jisai, que denotan autodeterminación y juicio hacia uno mismo y se consideran actos perfectamente honorables ejecutados por el bien de la mayoría, como los de los kamikazes, auténticos héroes nacionales, iconos y pilares de la patria incluso en el Japón moderno.

Lo cierto es que los kamikazes no fueron una unidad de combate organizada propiamente dicha hasta bien avanzada la guerra. A mediados de 1944, eran ya muchos los pilotos que de manera totalmente espontánea y por decisión propia habían decidido inmolarse frente a una situación desesperada y optado por morir matando, antes que caer al mar sin haber causado ningún daño.

 

Más información sobre el tema en el artículo Kamikazes: morir para matar, escrito por Roberto Piorno. Aparece en el último monográfico de MUY HISTORIA, dedicado a ¿Héroes o locos? Kamikazes y otras misiones suicidas de la II Guerra Mundial.

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Etiquetas: II Guerra mundial, Japón

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