Italia, en manos de Mussolini

Aunque, al principio, Hitler admiraba a Mussolini, la nación que el Duce lideraba llegó a la guerra en quiebra económica y con un ejército obsoleto y mal preparado.

En 1921, los Fasci se transformaron en el Partido Nacional Fascista, que contó desde el inicio con las simpatías del poder económico, deseoso de contener las tentaciones revolucionarias de gran parte de la población. La estrategia de desestabilización de Mussolini alcanzó su punto culminante a finales de octubre de 1922 con la Marcha sobre Roma. Mussolini ordenó a sus seguidores que marcharan en manifestación hasta la capital con la exigencia de que el gobierno del país se entregase al fascismo (es decir, a él mismo). Ante este desafío al sistema democrático –gran parte de los manifestantes iban armados y había una velada amenaza de guerra civil–, el primer ministro, Luigi Facta, pidió la declaración de estado de sitio y la intervención del ejército, pero el rey Víctor Manuel III se negó a firmar la orden –las razones son controvertidas; se supone que para evitar un conflicto armado–. En su lugar, cedió a las exigencias de Mussolini y le encargó formar gobierno.

La Marcha sobre Roma fue un verdadero golpe de Estado y Mussolini obtuvo plenos poderes para gobernar por decreto con el fin de “restablecer el orden”. A lo largo de los dos años siguientes, no obstante, el régimen todavía conservó sus instituciones democráticas – Parlamento, elecciones, prensa libre–, si bien enseguida quedó claro el camino que se había emprendido. En enero de 1923, se creó la Milizia Volontaria per la Sicurezza Nazionale, que otorgaba el amparo del Estado a la fuerza paramilitar de los Camisas Negras, y en junio se aprobó la Ley Acerbo, que cambiaba las reglas para la elección del Parlamento y confería las dos terceras partes de los escaños al partido que superase el 25% de los votos.

En abril de 1924, se celebraron elecciones en un clima de violencia e intimidación en el que los Camisas Negras actuaron con total impunidad. Mussolini obtuvo la mayoría absoluta con el 65% de los votos, pero el diputado Giacomo Matteotti, líder del Partido Socialista Italiano, denunció que se había producido un fraude electoral. Unos días más tarde fue secuestrado y, en agosto, su cadáver apareció descompuesto en un bosque cercano a Roma.

El grado de implicación de Mussolini en el asesinato nunca quedó claro, pero este episodio marcó un importante punto de inflexión: el 3 de enero de 1925, en un discurso ante el Parlamento, Mussolini asumió la responsabilidad por “todo lo sucedido” y por la violencia política en general, momento en el que renunció a cualquier pretensión de apariencia democrática y asumió sin ambages el papel de dictador. Pero el “asunto Matteotti” no acabó ahí. Un año más tarde, el periodista y político Giovanni Amendola fue asesinado por sus denuncias sobre la participación de Mussolini en el crimen. Estos asesinatos, junto a otros –como el del sacerdote Giovanni Minzoni en 1923–, desmienten el supuesto carácter benévolo con el que se ha querido justificar muchas veces el fascismo italiano.

Hacia la dictadura total

El bienio 1925-1926 marca la conversión del régimen en una dictadura plena, un proceso que se refleja en la promulgación de las “Leyes fascistísimas”, por las que se disuelven los partidos políticos y sindicatos no fascistas, se elimina la libertad de prensa, reunión y manifestación, se reestablece la pena de muerte para delitos de carácter político y se crea un tribunal especial con capacidad para condenar al exilio interno, mediante una simple decisión administrativa, a personas no afines al régimen (así serían desterrados, entre otros, Gramsci, Pavese y Carlo Levi).

A pesar de esta deriva autoritaria, el fascismo gozó de un enorme apoyo popular. Mussolini se propuso devolverle a Italia el esplendor del antiguo Imperio Romano y para ello se lanzó a un extenso programa de obras públicas entre las que destacan la construcción de autopistas –totalmente innecesarias, casi no había coches–, la electrificación del ferrocarril –se publicitaba la puntualidad de los trenes–, la desecación de zonas pantanosas y la erección de edificios colosales.

Los retos del país se planteaban siempre en términos bélicos, como en la Batalla del Trigo, para conseguir la autosuficiencia y acabar con la importación de grano, o la Batalla Demográfica, con la que se pretendía incrementar el número de trabajadores y soldados. Mussolini promocionó el ideal de la familia de doce hijos y otorgó para ello premios y préstamos, subió los impuestos a los solteros y ensalzó la procreación hasta el ridículo (“¡las 93 mujeres que dieron a luz a 1.500 niños!”).

 

Más información sobre el tema en el artículo Huida hacia el abismo de Rodrigo Brunori.Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a El Eje del mal. Alemania, Italia y Japón a la conquista del mundo.

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