Historia del traje moderno

Su concepción básica no ha cambiado durante dos siglos –al contrario que el vestuario femenino– y homogeneizó la imagen del hombre, siendo compatible con la representación de distintos roles y jerarquías sociales.

hombre trajeado
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Pantalón, chaqueta, al principio chaleco, normalmente corbata: el traje moderno para hombre nació en Inglaterra durante el siglo XIX y se convirtió en la indumentaria masculina por excelencia. De origen burgués, se propagó con la modernización. Remite hoy su uso, pero aún evoca la prestancia social y profesional. Su concepción básica no ha cambiado durante dos siglos –al contrario que el vestuario femenino– y homogeneizó la imagen del hombre, siendo compatible con la representación de distintos roles y jerarquías sociales.

 

En busca de la comodidad

A diferencia de otras innovaciones, el traje no lo crearon las clases sociales más altas, si bien el punto de partida fue el vestuario de la nobleza. A imitación de Luis XIV en 1666, Carlos II fijó el vestuario masculino de la corte inglesa: capa larga (antecedente de levita y chaqueta), chaleco, pañuelo (embrión de la corbata), peluca y pantalones hasta la rodilla. La nobleza inglesa fue simplificando esta vestimenta para usarla en la equitación y la caza, proceso que no se dio en Francia, donde el principal escenario de la nobleza, la corte, conllevaba recargamiento suntuoso. Los comerciantes británicos adaptaron el atuendo informal de la nobleza inglesa optando por un vestuario uniforme, sencillo y cómodo para el uso cotidiano. El traje diluía diferencias culturales, étnicas y religiosas. Traía la homogeneidad, una suerte de igualitarismo burgués, frente a las prestancias individuales y costosas de la nobleza tradicional.

En la moda masculina la clave no fue Francia, donde durante el período revolucionario el vestuario tenía una lectura social, con la aristocracia contestada por los sans-culottes (que llevaban pantalón): los significados políticos ralentizaron los cambios. En otros países, como en Alemania, la elegancia masculina se asoció a los uniformes, militares o profesionales, que permitían identificar circunstancias culturales y sociales.

En el desarrollo del traje influyeron, además de los gustos, los avances técnicos. El algodón y los procesos de mecanización o tinte permitieron ahorrar costos y que se difundiese entre empleados, funcionarios o académicos. Predominó el color negro, frente al colorido de la vestimenta cortesana, quizás adaptándose a la contaminación de los nuevos tiempos. El traje homogeneizaba, pero también permitía expresar diferencias sociales según la calidad del tejido, su confección y diferencias sutiles de diseño.

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Creado en Inglaterra, fue en Estados Unidos donde el traje se convirtió en un producto de elaboración masiva, hecho en talleres y vendido en grandes almacenes. Las conveniencias técnicas condicionaron su evolución. Por ejemplo, recortaron la chaqueta, convertida en “americana”. Los trabajadores norteamericanos adoptarían el traje como indumentaria para ocasiones especiales, fenómeno que llegaría después a Europa. También la nobleza adoptó el traje burgués: el príncipe de Gales –el futuro rey Eduardo– se convirtió en modelo de elegancia por la calidad de sus trajes.

Hasta los años setenta del siglo XX el uso del traje sería creciente, manteniéndose el modelo estándar pero con cambios sucesivos: pantalones más desenfadados tras la Primera Guerra Mundial y, desde 1945, simplificación del traje y enorme difusión, influida por el cine.

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