Hirohito, el dios de Japón

Muchos historiadores le consideran responsable del ataque sorpresa a Pearl Harbor y de las atrocidades cometidas durante su sangrienta ocupación de Asia.

Muchos historiadores le consideran responsable del ataque sorpresa a Pearl Harbor y de las atrocidades cometidas durante su sangrienta ocupación de Asia, pero salió airoso de ser juzgado por crímenes de guerra. Hirohito (1901-1989) fue el último emperador divino de Japón y, aunque tuvo que renunciar a su condición cuasidivina al perder la guerra, legó a su hijo Akihito uno de los países más desarrollados y modernos del mundo.

Lo cierto es que su figura resultó ambivalente. Aprovechó muy bien la división del mundo en dos bloques durante la Guerra Fría para convertirse en aliado de los Estados Unidos en Asia y pacificar el continente, pero al mismo tiempo mostró una ambición desmedida por expandir su Imperio por el lejano Oriente con la invasión de China.

Mientras la atención del mundo se volcaba hacia Europa, donde se multiplicaban los presagios de guerra en el primer tercio del siglo pasado, el ejército japonés ocupaba diversas posesiones europeas en Asia. Hirohito encargó al príncipe Fumimaro Konoe la tarea de formar un gobierno capaz de contener al ejército, pero el intento fracasó. Aunque el emperador recurrió a la poesía para invitar a la paz, su mensaje fracasó igualmente.

En medio de este clima, el país del Sol naciente fue enfriando de una forma cada vez más amenazadora sus relaciones con los Estados Unidos, y se aproximó a las potencias totalitarias del Eje. Los norteamericanos respondieron con la misma desconfianza y comenzaron a construir bases aéreas y navales en numerosas islas del Pacífico.

En julio de 1940 Konoe asumió el cargo de primer ministro. Era considerado como un hombre moderado, aunque sus primeras decisiones no parecieron confirmar tal opinión. El príncipe incluyó en el gabinete ministerial a dos extremistas a los que confió dos carteras de gran importancia: el general Hideki Tōjō fue nombrado ministro de la Guerra y el germanófilo Yōsuke Matsuoka se convirtió en ministro de Asuntos Exteriores.

El gobierno ‘moderado’ de Konoe suprimió los partidos, disolvió los sindicatos y, el 27 de septiembre de 1940, firmó el Pacto Tripartito con la Alemania nazi y la Italia fascista. Hirohito ratificó la alianza, lo cual no le impidió dar grandes muestras de aprobación cuando el 10 de noviembre de aquel mismo año, durante la celebración del 2.600 aniversario de la fundación del Imperio, el embajador norteamericano, decano del cuerpo diplomático en Tokio, hizo un llamamiento a la paz y a la colaboración entre todos los países que se hallaban aún al margen del conflicto bélico europeo.

Apenas dos meses después, la Armada japonesa comenzó a elaborar el plan de ataque a Pearl Harbor. De cualquier modo, en agosto de 1941 el emperador nipón requirió al primer ministro para que se trasladara personalmente a los Estados Unidos con el objetivo de intentar restablecer las buenas relaciones entre ambos países. Cuando el acorazado que debía llevar a Konoe a Norteamérica estaba ya listo para iniciar el viaje, una indiscreción hizo conocer anticipadamente la noticia de la iniciativa japonesa. Los militares reaccionaron airadamente, al igual que Hitler, que sospechó de una posible traición por parte de sus aliados. Por otra parte, Japón se había aprovechado ya de la alianza con Berlín al imponer al gobierno francés, vencido por Alemania, la aceptación de la presencia japonesa en Indochina.

Sin embargo, Hirohito continuaba pensando aún en la posibilidad de un acuerdo pacífico con Estados Unidos. El 6 de septiembre se convocó una conferencia imperial en la que los ministros parecían compartir la opinión de que no era posible perder más tiempo; la guerra debía estar preparada para octubre.

Cuando la conferencia estaba a punto de terminar, Hirohito sorprendió a todos los presentes; se levantó y manifestó airadamente que no todos los jefes militares habían expresado su opinión. A continuación, sacó un papel del bolsillo y dijo: “¿Qué es más preferible: la guerra o la diplomacia? Por mi parte, responderé con unos versos del gran Emperador Meiji”. Su voz se hizo más profunda cuando comenzó a recitar: “Los mares rodean a la tierra por todas partes/ y el grito de mi corazón se escucha por todo el mundo./ ¿Por qué, entonces, los vientos y las olas/ se agitan hoy con tanta inquietud?”. La conferencia tuvo que aplazarse. Los versos leídos no eran una orden de paz, pero exigían al menos un retraso en el inicio de la guerra y la reanudación de las tentativas de paz.

El embajador norteamericano en Tokio hizo todo los posible por favorecer un encuentro diplomático entre los ministros de Asuntos Exteriores o incluso entre el presidente estadounidense Roosevelt y el primer ministro japonés. Sin embargo, el gobierno de los EE.UU. respondió con gran desconfianza. El 16 de octubre el príncipe Konoye presentó la dimisión, y su cargo pasó entonces a manos del general Hideki Tōjō .

Los norteamericanos se negaron a negociar las propuestas que habían hecho unos meses antes a los japoneses: retirada de todas las tropas de China e Indochina y pacto de no agresión entre Japón, Estados Unidos, China, Gran Bretaña, Holanda y Tailandia. Tokio consideraba que la retirada inmediata de China era un acto deshonroso y, por tanto, imposible de realizar.

En la nueva conferencia imperial, celebrada el 29 de noviembre, Hirohito no leyó ninguna poesía. Tōjō , por su parte, se sintió libre para descalificar con vehemencia los argumentos pacifistas. Los planes de ataque estaban listos para ponerse en marcha. Una flota navegaba ya hacia Hawái y otra se dirigía hacia la península malaya y las Indias Holandesas.

El ataque a Pearl Harbor

El 2 de diciembre se celebró una nueva conferencia en el palacio imperial. Los jefes militares manifestaron que el mejor momento para el ataque sería el día 8 de aquel mismo mes (el 7 de diciembre en el calendario norteamericano): la luna brillaría desde la medianoche hasta el alba, lo que favorecería el despegue de los aviones y su consiguiente ataque.

A Hirohito no le fue difícil comprender cuál era la base que iba a ser atacada; al otro lado de ese meridiano, el primer y más importante centro estratégico de los norteamericanos era Pearl Harbor. Sin hacer pregunta alguna, el emperador inclinó la cabeza en señal de asentimiento. Su única orden fue que la declaración de guerra se presentara antes del ataque.

Varios contratiempos impidieron que su orden fuera ejecutada: la declaración llegó a manos de Roosevelt cuando la aviación japonesa se encontraba bombardeando la base norteamericana. Y, en las oficinas de la embajada japonesa en Washington, los trabajos de transcripción del mensaje que contenía la declaración de guerra quedaron interrumpidos por una fiesta de despedida de un empleado.

Tras el despiadado ataque nipón que ya conocemos, Hirohito envió un mensaje de felicitación al almirante Yamamoto, que había dirigido el ataque: “Si seguimos manteniendo este tesón, nuestro Imperio tendrá un magnífico futuro”. El 8 de diciembre , la radio japonesa transmitió otra declaración de Hirohito, dirigida a todo su pueblo. Era el anuncio de la guerra: “Uniendo en un solo corazón al Ejército y a la n ación, es necesario avanzar sin vacilaciones hacia los objetivos de la guerra”. El texto había sido preparado por los consejeros de la corte, pero Hirohito quiso añadir una frase: “Contra todos nuestros deseos, el Imperio se ha visto obligado a blandir su espada contra Estados Unidos y Gran Bretaña”.

Después de que Japón avanzara sin obstáculos por Filipinas, Guam, las islas Marianas, Hong Kong, Singapur, Borneo, Sumatra, Java, Nueva Guinea y Birmania, Hirohito se convirtió en una sombra silenciosa durante muchos meses. Lo único que se sabía de él era que se había impuesto un régimen de austeridad para “estar más cerca de los sufrimientos de los soldados”. De este modo, renunció a uno de sus hábitos más queridos, el almuerzo a la inglesa a base de huevos con jamón, que fue sustituido por una dieta casi exclusivamente de arroz.

La victoria comenzó a parecer menos segura en junio de 1942, cuando la flota nipona fue vencida en Midway por los norteamericanos. Coincidiendo con el declive de la suerte japonesa, el emperador comenzó a tomar un protagonismo cada vez mayor en la información periodística sobre la guerra. Después de las primeras victorias, la propaganda militar se dedicó a mentir sin escrúpulos, presentando como éxitos clamorosos las estrepitosas derrotas e implicando al emperador en las responsabilidades bélicas. Sin embargo, la realidad de Japón era penosa: sin materias primas, combustible ni comida, el ejército se veía obligado a defender las mismas fronteras de la patria.

El día de Año Nuevo de 1944, Hirohito reaccionó por vez primera ante los fracasos militares. En el curso de la conferencia imperial , el soberano, en contra de las reglas tradicionales, formuló una dura pregunta al primer ministro, el general Kumaki Koiso, que había sustituido a Tōjō poco tiempo antes: “¿Qué medidas piensa tomar para hacer frente a una situación tan funesta? ”.

Y llegó agosto de1945. Eran las 8:15 horas del día 6 cuando se encendió una bola de fuego sobre el cielo de Hiroshima. Tres días después , los norteamericanos lanzarían una segunda bomba atómica en Nagasaki. Aquella tarde, Hirohito se decidió a hablar en la conferencia imperial: “Ha llegado el momento de soportar lo insoportable”, es decir, la capitulación. El anuncio a los aliados se llevó a cabo mediante el siguiente comunicado: “El gobierno japonés está dispuesto a aceptar las condiciones impuestas en la declaración que se formuló en Po ts dam el 26 de julio de 1945 ( ... ) entendiendo que dicha declaración no contiene ninguna exigencia que perjudique las prerrogativas de Su Majestad como soberano reinante”. El 12 de agosto respondieron los aliados. La autoridad del emperador debía someterse al comandante aliado de las fuerzas de ocupación. El pueblo japonés “decidiría la forma definitiva de gobierno”.

Libre de condena

El 4 de septiembre de 1945 , el propio Hirohito compareció ante el Parlamento nipón. En un nuevo discurso, el emperador exhortaba a los japoneses para que respetaran los términos de la rendición. Mientras, los norteamericanos ocupaban el país. Entre los aliados, eran muchos los que pensaban que en el nuevo Japón no había lugar para el emperador. El periodista Raymond Cartier escribió: “Los rusos exigen que Hirohito ocupe el primer puesto entre los criminales de guerra, y también lo piden Chiang Kai-chek (China), Inglaterra (que no perdona el desastre de Singapur), Australia y Nueva Zelanda. En Estados Unidos, el departamento de Estado se ha pronunciado por la abolición de la monarquía. Algunos piden la horca para el emperador”. Seguramente, Hirohito también pensó que los aliados llegarían en cualquier momento para encarcelarle. Sin embargo, los días pasaron y las autoridades aliadas no se presentaron. El 27 de septiembre , Hirohito se presentó ante el general MacArthur y le dijo: “Estoy dispuesto a someterme al juicio de las potencias aliadas. Yo soy el único responsable de las acciones de guerra ejecutadas por los soldados japoneses”. Sin embargo, el representante de los aliados se opuso firmemente a que el emperador fuera sometido a juicio. En una notificación al departamento de Estado norteamericano decía: “Si tenéis intención de procesar a Hirohito, tendréis que enviar un millón de soldados para mantener el orden”. Treinta y un jefes políticos y militares comparecieron ante el tribunal aliado de Tokio. Yosuke Matsuoka y Osami Nagano murieron durante el proceso. Los condenados a muerte fueron siete, y todos fueron ahorcados. Entre ellos se encontraba Hideki Tōjō .

El nuevo emperador

El nuevo Japón se acostumbró a ver a un emperador sin aureolas sagradas. Hirohito renunció a su origen divino y puso su empeño en comportarse como un rey europeo, a pesar de la dificultad que suponía la devoción de sus súbditos. Finalmente, tuvo la posibilidad de estudiar biología y se sintió feliz de poder estrechar la mano de la gente. Su persona había dejado de ser intocable. Una nueva época comenzaba para el país asiático. Los adversarios de los primeros años cuarenta se fueron convirtiendo poco a poco en los más firmes aliados. La expansión militar se sustituyó ahora por una expansión de mercados: Japón caminaba hacia aquel boom económico que produciría la admiración de todo el mundo.

La vida del emperador volvió a adaptarse a los esquemas habituales. Se levantaba a las siete de la mañana; a continuación se vestía, sin ningún ayuda de cámara. Cuando pasaron los años de la austeridad, el emperador volvió a almorzar a la usanza inglesa, a base de huevos, panceta y copos de avena. Tras salir de la residencia Fukiage Goshi, Hirohito acudía a la superintendencia del palacio imperial para comenzar a trabajar. Su labor consistía en examinar papeles, despachar la correspondencia y poner el sello de oro en los documentos importantes. Gozaba de buena salud, a pesar de su edad avanzada. Su dieta de mediodía incluía sushi, patatas dulces, verduras variadas, tallarines y un plato a base de anguilas. Las tardes eran tranquilas. Dedicaba tres de ellas a la semana a su pasión más conocida, la biología marina. Después del baño y la cena, Hirohito se sentaba en un sillón a ver la televisión. Aunque un buen número de japoneses sentían cariño por la familia imperial, Hirohito suspiró: “Mi hijo (Akihito) será el último emperador”.

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