Hiro Onoda, soldado japonés de la Segunda Guerra Mundial que no se rindió hasta 1974

Un oficial nipón permaneció en Filipinas creyendo que su país seguía en guerra

 

11 de marzo de 1974, entre los flashes de la prensa que inmortalizan el momento, el último oficial del ejército imperial japonés alarga sus brazos y entrega su espada ante la máxima autoridad filipina, el presidente Ferdinand Marcos. Habían pasado casi treinta años desde el final de la Segunda Guerra Mundial, tres décadas en las que este teniente japonés continuó la lucha sin ninguna intención de rendirse hasta que un superior no se lo ordenara.

El Japón al que regresó Onoda era muy diferente del que había partido tres décadas atrás. Ahora su país se oponía, mayoritariamente, al militarismo e imperialismo que habían protagonizado 30 años antes, conquistando a sangre y fuego grandes extensiones del Pacífico. El emperador, Hiro Hito, seguía en el cargo, pero al frente de una monarquía constitucional, y el emperador había perdido hasta la condición de divinidad.

El propio Onoda se encontraba en un país que apenas llevaba 30 años siendo independiente. Y en el mapa mundial se habían trazado decenas de nuevas fronteras, especialmente en África y Asia.

El Imperio japonés había invadido el archipiélago filipino en 1942, y el teniente Onoda fue enviado a la isla de Lubang al norte del archipiélago. Pertenecía a una unidad de inteligencia que tenía la misión de desarrollar una guerra de guerrillas con acciones de sabotaje y destrucción de infraestructuras.

Onoda planificó algunos ataques de guerra de guerrillas y pensó hacer volar el aeródromo o bachear la pista de aterrizaje. Pero realmente no pudo desarrollar su misión, porque no tenía la autoridad militar sobre las tropas a las que se había unido, según cuenta él mismo en sus memorias.

En 1945, el propio Onoda vio a los estadounidenses llegar a la isla de Luzón la mayor isla filipina, visible desde la isla en la que se encontraba Onoda. Pero por más empeño que pusiera, no lograba persuadir a nadie de la necesidad de la guerra de guerrillas.

En marzo del 1945, la defensa japonesa de la isla ya se había derrumbado, pero hasta 1946 permanecieron más de 40 soldados. En abril tan solo quedan cuatro soldados, Onoda, el cabo Shimada de 31 años, Kozuka con 25 y Akatsu con 23, todos con la intención de seguir combatiendo.

Para ellos la guerra no había terminado y cuando en octubre del 1945 encontraron uno de los folletos que los americanos arrojaban a través de los aviones anunciándoles que la guerra había concluido, ellos creyeron que se trataba de propaganda para conseguir su rendición.

Pasaron cinco años, y Yuichi Akatsu, el más joven del grupo, desertó en septiembre de 1949 y se entregó a las autoridades filipinas. Unos diez meses después, encontraron una nota firmada por el propio Akatsu que decía: “al rendirme, las tropas filipinas me acogieron como amigo”.

El tiempo pasaba, y los soldados seguían viviendo de la naturaleza. Onoda usaba una lente para encender el carbón y hacer fuego. Y vivían de robar a los isleños arroz, papayas, bananas, cocos o algunos animales como los carabaos, unos búfalos de agua, que los locales utilizaban como animal de carga.

En estos años también se producían enfrentamientos con la población local, causando algunas muertes. Se estima que en torno a unas 30 durante las tres décadas posteriores a la guerra. El 7 de mayo de 1954, el cabo Shimada murió de un disparo en una refriega contra una de las unidades que les buscaban.

Durante estos años se sucedían expediciones que trataban de encontrarlos y les dejaban mensajes instándoles a abandonar esta batalla absurda en una guerra que solo sobrevivía en su imaginación. Intentaron convencerles lanzándoles fotografías y documentos de familiares para que vieran que la guerra había terminado. Otras tantas escuchaban mensajes por megafonía.

Pero todo esto era considerado como una estratagema para que se rindieran, Onoda también cuenta que una de las cosas que le hizo reforzar su idea de que la guerra continuaba es que veía aviones lanzando bombas. Para él esto era una prueba irrefutable de que la guerra continuaba y que los bombardeos pretendían acabar con unidades como la suya que resistían en la zona. Lo que verdaderamente sucedía era que la pequeña isla de Lubang se había convertido en un campo de entrenamiento de las fuerzas aéreas filipinas.

En 1959 el gobierno japonés envió una expedición de búsqueda de medio año que no dio ningún resultado. A finales de ese año, a Onoda y a su compañero Kinshichi se le dieron por muertos después de una escaramuza contra las tropas filipinas. Y en octubre de 1972, Onoda se queda solo, cuando el único compañero que le quedaba murió en un enfrentamiento con la policía local.

Dos años más tarde, un viajero japonés lo encontró. Este hombre le animó a que regresara a Japón. Pero Onoda se mantuvo en sus trece y le declaró que no se rendiría hasta que no se lo ordenara su superior, el comandante Taniguchi. Hasta allí se dirigió dos años más tarde para comunicarle a Onoda la rendición japonesa y para ordenarle suspender de inmediato las operaciones militares.

Según contó el propio Onoda, tras escuchar las órdenes, pensó que se trataban de palabrería barata, y que después el comandante le anunciaría las verdaderas órdenes. Pero cuando pasó el tiempo y vio que no se trataba de ninguna estratagema por fin comprendió que habían perdido la guerra. “Repentinamente, todo se ennegreció. En mi interior se desencadenaron los furores de una tempestad. Me sentí en ridículo por haber tomado tantas precauciones y experimentado tanta tensión durante el recorrido hasta el puesto. Y, lo que era peor, ¿qué estuve haciendo durante todos aquellos años?”, recogió Onoda en sus memorias.

El presidente filipino Ferdinand Marcos y el soldado japonés Hiro Onoda
El presidente filipino Ferdinand Marcos y el soldado japonés Hiro Onoda

Tras esto, fueron a ver al presidente de Filipinas, Ferdinad Marcos, a quien entregó su espada como símbolo de rendición. Marcos le indultó por los delitos contra la población filipina que Onoda y sus hombres habían cometido durante estos años. A su vuelta a Japón, Onoda se vio superado por la expectación y por el brusco cambio que su tierra natal había experimentado. Y al poco tiempo, en abril de 1975, se fue a una colonia japonesa en la ciudad de Sao Paulo en Brasil donde vivía su hermano, y se dedicó a la cría de ganado. Allí se casó y pasó nueve años hasta que en 1984 regresó a Japón donde fundó un campamento juvenil. Onoda murió el 16 de enero de 2014 en Tokio con 91 años.

 

 

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