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Gulags, las gélidas y brutales prisiones de la época soviética

Entre 1920 y 1953, los campos de trabajo conocidos como gulags encerraron a cerca de 50 millones de personas en la URSS

Gulag
Imagen: iStock Photos

El término ‘gulag’ es un acrónimo para Glavnoye Upravleniye Ispravitelno-Trudovykh Lagerey, que en ruso significa ‘Dirección General de Campos y Colonias de Trabajo Correccional’. Se trataba de una rama del entonces OGPU (más tarde NKVD y luego KGB), la policía secreta de la URSS, dedicada a la administración y dirección de un amplio complejo de prisiones y campos de trabajos forzados que se construyó a lo largo y ancho del territorio soviético y estuvo en activo desde la década de 1920 hasta su desmantelamiento definitivo en la década de 1980.

 

Creación y primeros años

La idea de los primeros gulags se estableció en 1919, durante la guerra civil que siguió a la Revolución de Octubre por la que los bolcheviques tomaron el poder. Sin embargo, contaban con un precedente histórico claro: durante siglos, en la Rusia de los zares, numerosos criminales y exiliados (disidentes, intelectuales, nobles caídos en desgracia) eran desterrados a la tundra siberiana como castigo. Allí llegaron a formarse comunidades que intentaban hacer frente al frío y al hambre de la mejor manera posible.

Puede que inspirados por esta tradición zarista, los gulags del siglo XX se erigieron como prisiones en lugares aislados y recónditos donde se intentaba sacar provecho productivo a la estancia de los reos obligándolos a trabajar. El primer centro que formaba parte del sistema de gulags tal y como lo entendemos actualmente se construyó en la isla de Solovetsky y para 1921 ya se habían construido 87 gulags, cifra que siguió creciendo a lo largo de los años hasta superar ampliamente los 400. Los gulags estaban pensados para albergar a criminales comunes tanto como a ‘enemigos de clase’, término por el que Lenin y Trotsky se referían a los zaristas contra los que luchaban en la guerra civil y casi cualquier tipo de opositor que contradijera el nuevo orden establecido en 1917. Con todo, y aunque la situación era mala desde un primer momento, pocos pudieron siquiera imaginar lo que estaba por venir.

 

La Gran Purga

Vladimir Lenin murió en 1924 y uno de sus hombres fuertes, Iósif Stalin, se abrió paso entre sus compañeros (por las buenas y por las malas) hasta ocupar el liderazgo de la Unión Soviética. Sería bajo su férrea dictadura cuando los gulags se convertirían en los lugares de terror y brutalidad que no pocos historiadores comparan con los campos de concentración de la Alemania nazi. Durante estos años (desde la subida al poder de Stalin en 1924 hasta su muerte en 1953), los gulags verían multiplicados tanto el número de instalaciones como el número de prisioneros y serían utilizados por el régimen estalinista para reforzar la industrialización y el crecimiento del país a partir de los trabajos forzados de sus presos.

El primer gran grupo de víctimas de la represión llegó a los gulags entre 1928 y 1932 aproximadamente, a consecuencia del proceso de colectivización de las granjas propulsado por Stalin y que llevó a muchos granjeros, campesinos y propietarios de tierras a una de estas prisiones por negarse a abandonar sus granjas o cederlas al estado. En 1930, la dirección de los gulags pasó a estar controlada por la policía secreta y los servicios de inteligencia (NKVD), que no dudaron en ofrecérselos a Stalin para que dispusiera de ellos a placer. En esa década se vivió lo que se conoció como la Gran Purga, periodo en el que Stalin limpió el PCUS y el alto mando del ejército de cualquier miembro que le cuestionara o pudiera no inspirar suficiente confianza a su paranoica mente. Intelectuales, médicos, abogados, escritores, profesores universitarios o simples civiles eran sorprendidos por agentes del NKVD que los arrestaban y enviaban a los gulags por largos periodos de tiempo y sin un juicio previo en muchos casos. Fue durante la Gran Purga cuando los gulags se convirtieron realmente en campos de concentración y trabajo para presos políticos. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial y los inmediatamente posteriores, los gulags también albergaron a numerosos prisioneros del Eje capturados en combate.

 

Desmantelamiento

La muerte del ‘hombre de acero’ en 1953 abrió una nueva etapa para la URSS. El siguiente líder del PCUS, Nikita Jruschov, inició un proceso de amnistía por la que los presos de los gulags fueron liberados de forma paulatina durante los años siguientes a la muerte del dictador. En 1956, en el XX Congreso del PCUS, Jruschov abrió la caja de los truenos y criticó abiertamente a Stalin y muchas de sus decisiones, sacando parte de los horrores cometidos a la luz y marcando el camino para el proceso de desestalinización.

Para 1957, millones de presos de los gulags habían sido liberados y su volumen de ocupación había vuelto a niveles de la década de 1920. Muchos centros cerraron sus puertas y las obligaciones de su administración se repartieron entre distintos ministerios o se crearon nuevos cuerpos que pudieran cumplir el cometido sin estar tan vinculados a la policía secreta. Por desgracia, todas estas medidas no eran síntoma de su próximo desmantelamiento. Decenas de gulags siguieron funcionando como prisiones para criminales comunes y activistas políticos prodemocráticos y antisoviéticos durante las décadas de los 70 y los 80. Sería Mijaíl Gorbachov, nieto de un prisionero de gulag, quien iniciaría el proceso para el cierre total del sistema de gulags en 1987.

Monumento a las víctimas del terror soviético
Monumento a las víctimas del terror soviético en Moscú. Imagen: iStock Photo

 

La vida en el gulag

Los gulags tenían capacidad para albergar entre 2000 y 10 000 prisioneros. A la mala alimentación, las condiciones totalmente antihigiénicas en las que vivían (convirtiendo las prisiones en focos de enfermedades) y el terrible frío que debían aguantar se sumaban las palizas, violaciones y maltratos de los guardias y las durísimas jornadas de trabajo de hasta catorce horas a las que eran sometidos. Stalin quería sacar provecho de estos presos y se les obligaba a trabajar en proyectos industriales, recolectando recursos como madera, en tareas de minería de carbón y cobre o construyendo obras públicas como el canal Moscú-Volga o la autopista Kolyma.

La duración de las penas en los gulags solía ser bastante larga, casi siempre hablando de años, y las reglas eran bien sencillas: si se sobrevivía hasta haber completado la condena, los presos quedaban libres. Por supuesto, esto no era tan fácil como parecía: se estima que hubo entre 40 y 50 millones de prisioneros en todas las instalaciones del sistema de gulags y que murieron alrededor de dos millones de personas, la mayoría debido al agotamiento, al frío o a alguna enfermedad pero en muchos casos simplemente fueron ejecutadas por los guardias.

Lo curioso es que en occidente, la palabra gulag no significó nada hasta 1973, cuando el historiador ruso Aleksandr Solzhenitsyn publicó el libro Archipiélago Gulag, donde detallaba el funcionamiento y las condiciones de estas prisiones y las comparaba como una serie de islas dentro del gran mar que era la URSS. A causa de la publicación de este libro, Solzhenitsyn perdió su ciudadanía y tuvo que huir de la Unión Soviética.

Aun a día de hoy apenas hay imágenes de los gulags, los testimonios de supervivientes no son tan numerosos como cabría esperar y las cifras están más cerca de estimaciones que de datos oficiales. A diferencia de lo que pasó con los campos de concentración nazis, el asunto de los gulags fue silenciado durante años e incluso, una vez se dio a conocer, seguía habiendo sectores de la sociedad que se negaban a hablar del tema o lo rechazaban, quitándole importancia a un drama histórico que ni la nieve ni el hielo pudieron tapar.

Aleksandr Solzhenitsyn
Aleksandr Solzhenitsyn a su llegada a Múnich tras huir de la URSS. Imagen: Getty Images
Daniel Delgado

Daniel Delgado

Periodista en construcción. Soy de los que puede mantener una conversación solo con frases de ‘Los Simpson’ y de los que recuerda sus viajes por lo que comió en ellos. Es raro no pillarme con un libro o un cómic en la mano. Valhalla or bust.

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