Francotiradores en un infierno helado: cazadores de almas

Las crónicas de la batalla de Stalingrado, esa que supuso el verdadero revés de Adolf Hitler en la Segunda Guerra Mundial, están repletas de menciones a francotiradores. Asesinos silenciosos; acechadores en la penumbra de la nieve.

Arthur Krüger repetía con orgullo que era un «cerdo del frente». Aunque superaba por poco la veintena, este soldado de la Wehrmacht había vivido mucha guerra. Apestar y lucir una barba descuidada en primera línea era sinónimo de que cumplía con su deber de alemán. Además, el frío de Stalingrado impedía que el hedor se extendiera. Como perro viejo, seguía a rajatabla sus propios mandamientos para sobrevivir. Y el primero de la lista era sencillo: «Moverse de día es un suicidio, los rusos tienen buenos francotiradores». Pero aquel día de junio de 1942 la llegada de unos reclutas al frente le sorprendió. Venían cargados de raciones de campaña y de emoción. «Parecía que caminaban por las calles de Alemania». En mitad de aquel jolgorio no oyeron los gritos que llegaban desde la trinchera... «¡Achtung! ¡Mantened la cabeza abajo!». Bang, bang, bang. Unos disparos de fusil de precisión después, todo había acabado para ellos.

Francotirador ruso
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Las crónicas de la batalla de Stalingrado, esa que supuso el verdadero revés de Adolf Hitler en la Segunda Guerra Mundial, están repletas de menciones a francotiradores. Asesinos silenciosos; acechadores en la penumbra de la nieve. Vasili Chuikov, general al frente del 62.º Ejército durante el conflicto en la urbe, los definió como «tiradores de primera clase» que hacían que «los fascistas cayeran por centenares y hasta por miles». Quizá exageró, pero esa fue la tónica general de un Ejército Rojo ávido de forjar héroes individuales que insuflaran ánimo en la población local. Entre el 23 de agosto de 1942 y el 2 de febrero de 1943, los comisarios imprimieron octavillas, periódicos y carteles en los que equiparaban a estos hombres con la misma Parca alzada desde el infierno. Sus nombres todavía resuenan: Vasili Záitsev, Anatoli Chéjov... Y lo mismo sucedió con sus homólogos del bando alemán. Menos numerosos, pero igual de letales.

La cuna de los francotiradores fueron los combates en Stalingrado. Allí renacieron con la Rattenkriego «lucha de ratas»; esa que se hacía calle a calle y en la que cada cartucho era clave. Antes, su uso había quedado restringido a un mínimo suspiro en la mayoría de los ejércitos. Tras el final de la Primera Guerra Mundial y la posterior forja de la Blitzkrieg—el avance masivo y a toda máquina a golpe de carros de combate— los germanos desdeñaron su valía. Lógico, pues les resultaba caro e inútil entrenar a un combatiente de élite destinado a acechar al enemigo desde las sombras. El Reich adolecía de soldados de asalto mecanizados que actuaran en combinación con las nuevas divisiones de tanques: los famosos Panzergruppe. Con ellos dominaron Checoslovaquia, Polonia, Francia y, en principio, también la Unión Soviética. Pero en la urbe de Stalin fue diferente. Allí se dieron de bruces con los tiradores de precisión comunistas.

Entrenar al cazador

Porque si hubo un contingente que mantuvo su uso durante el periodo de entreguerras, ese fue el Ejército Rojo. No está claro cuándo comenzó el programa de entrenamiento para estos soldados, aunque lo más probable es que fuera tras unas efímeras pruebas en la guerra civil española. Lo que sabemos es que el curso duraba dos meses en los que, entre otras tantas cosas, los reclutas disfrutaban de una película filmada en 1935 que narraba los mandamientos del buen francotirador. Si superaban todas las pruebas, pasaban a estar bajo la tutela de un soldado experto que les enseñaba el oficio sobre el terreno. La máxima era que debían cuidar bien su arma, como explicaba un folleto escrito en 1942 por el instructor Vladímir Pchelintsev: «El fusil es tu verdadero amigo. Trátalo con cuidado y no te defraudará. Protégelo, mantenlo limpio, ajústalo... No hay dos iguales, cada uno tiene su carácter».

Los alemanes adolecieron de un curso equivalente hasta que la lucha callejera en la URSS les demostró la utilidad del tirador de élite. En principio, durante casi dos años, se limitaron a repartir fusiles de precisión entre la infantería para contrarrestar a sus homólogos soviéticos. En 1943, el alto mando entendió al fin que la Wehrmacht necesitaba de forma desesperada francotiradores y se establecieron escuelas de formación en Lituania, Hungría, Austria y Alemania. Entre los primeros en pisar una de ellas estuvo Bruno Sutkus. Su adiestramiento duró desde el 1 de agosto hasta finales de diciembre de ese mismo año. «Nos enseñaban a mantener la mente clara y a actuar con calma en mitad de la batalla», desveló en sus memorias. Su ejemplo fueron los rusos, maestros en este arte. Hasta tal punto que los mandos les obligaban a empaparse del documental rodado por el Ejército Rojo en 1935.

El curso alemán duraba en principio cuatro semanas, aunque el tiempo variaba atendiendo a la cantidad de aspirantes o a las condiciones climatológicas. Un ejemplo es que los instructores —buenos tiradores retirados del frente por problemas físicos— entendieron a la velocidad del rayo que debían preparar a los candidatos para combatir en el frío extremo que se padecía en Stalingrado. «Nos enseñaron a reconocer objetivos, estimar la distancia al blanco, disparar a enemigos en movimiento...», explicaba Sutkus. El camuflaje era también clave y una de las pruebas consistía en pasar más de doce horas oculto sin ser descubierto. A muchos no les quedaba más remedio que hacerse sus necesidades encima. A cambio, los mejores recibían pequeños premios como chocolatinas. «Al terminar nos daban un fusil con mira telescópica, binoculares y una chaqueta de camuflaje o Tarnjacke. Me advirtieron de que nadie debía tocar jamás mi arma», finalizaba el germano.

Soviéticos en acción

Pero sobre el terreno la lucha no se parecía a aquellos ejercicios. El primer blanco era el peor. «Cuando un francotirador pasa de practicar el tiro con dianas de cartón a disparar sobre un enemigo real, algo se interpone en su concentración», admitió en sus memorias Lyudmila Pavlichenko, quien abatió a 309 alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Por si fuera poco, el peligro aguardaba tras los cruces de las calles y al fondo de cada vivienda derruida. De media, la vida de un tirador de élite novato destinado en Stalingrado no solía extenderse más de dos semanas. Aunque para muchos el riesgo merecía la pena, pues a su alrededor se generó una gran mística. Los oficiales les instaban a contar cada baja para agrandar su mito y motivar a sus compañeros. Si llegaban a cuarenta recibían la medalla al valor y el título de «Noble francotirador»; después, les esperaba el de «Héroe de la URSS».

La principal tarea de estos soldados en Stalingrado consistía en apoyar a las tropas durante los asaltos germanos. Vasili Záitsev, el francotirador más popular de la URSS —aunque no el más letal, pues acabó con 242 objetivos—, dejó constancia de ello en sus memorias. En la Navidad de 1942, por ejemplo, este pastor de los Urales recibió la orden de acabar con los servidores de unas nuevas armas nazis: unas «ametralladoras ligeras con gran cadencia de tiro que estaban anulando la capacidad del ejército de operar de noche». Abatían oficiales, desde luego, pero no era lo más habitual. Sus objetivos naturales eran los artilleros, los observadores y los soldados que llevaban munición, vituallas o mensajes a primera línea. «Una vez controlamos el acceso a un manantial para que los alemanes se murieran de sed. Oíamos como los boches nos maldecían y gemían al ver que el agua se perdía porque agujereábamos los bidones», explicaba.

Eran ángeles de la muerte que, además, dificultaban las comunicaciones entre unidades al acabar con los soldados encargados de tender los cables telefónicos. Franz Kumpf, técnico de la 71.ª División de Infantería, jamás pudo olvidar el momento en el que uno de sus compañeros se topó con un tirador de precisión soviético: «Una mañana me dijeron que Wilhelm había sido herido en la estación de tren por uno de ellos. Fui hasta allí y le trajimos en una camilla. Los francotiradores hicieron nuestro trayecto un infierno». Y, en caso de que no tuviesen ninguno de estos objetivos a mano, se limitaban a cazar germanos escondidos en las zanjas. «La mayoría de mis hombres recibieron disparos en la cabeza durante los relevos por culpa de los francotiradores. Si veían un casco porque una trinchera no era bastante profunda, esperaban hasta que aparecía otro y disparaban», explicaba tras el conflicto el oficial Erich von Lossow.

Realidad y mito

Aunque los más populares fueron los hombres, no es un mito que hubiera tiradoras de élite en la URSS. El acceso al Ejército Rojo de las mujeres comenzó en 1941, después de que los nazis asaltaran la frontera rusa en la Operación Barbarroja, pero no fue hasta un año después cuando se incorporaron a la primera línea del frente. Consideradas pacientes y efectivas, la mayoría se formaron en la Escuela Central de Francotiradoras próxima a Moscú. En este y otros tantos centros mantuvieron con sus binomios (parejas) una relación fraternal. Se adiestraban juntas, comían una al lado de la otra y dormían en catres contiguos. Se calcula que las dos mil que superaron el curso abatieron a unos doce mil enemigos durante el conflicto. El problema es que cuesta rastrear su paradero. Las más famosas, como Natalia Kovshova, no combatieron en Stalingrado.

Lo que sí olvidó la propaganda es que los francotiradores eran temidos también por sus compañeros; y Stalingrado fue el ejemplo más duro. Allí, los soldados alemanes solían utilizar a los huérfanos para esquivar las balas de estos asesinos silenciosos. Cuando la sed apretaba, enviaban a niños al río con cantimploras y botellas para que las llenaran de agua. Un trabajo sencillo a cambio del que les pagaban con chocolate, pan o cualquier lata de comida. Todo valía para una población que sufría desde hacía meses las penurias de una larga guerra. Los rusos no tardaron en percatarse de la treta y la cortaron por lo sano: ubicaron tiradores en la orilla del Volga y les ordenaron cazar a aquellos chiquillos como a conejos. Otro tanto hicieron con los soldados del Ejército Rojo apresados y obligados a recoger heridos en nombre del Tercer Reich. «Nuestros soldados abrían fuego sin importar quiénes fueran», afirmó, en un informe, la 37.ª División de Guardias Fusileros.

Otra de las grandes falacias es que contaban con unos pertrechos envidiables. En teoría no se les negaba nada, aunque, en la práctica, la escasez de fusiles hizo que se les entregaran armas con un acabado tosco. Pavlichenko, en una ocasión, desmontó su Mosin-Nagant M1891/30 de 7,62 mm de calibre por completo, le cortó parte de la madera del guardamanos y limó la culata para que fuera más eficiente. A pesar de ello, la joven adoraba el vetusto ‘tres líneas’ equipado con una mira PE de cuatro aumentos por ser «fiable e infalible». A la mayoría de sus colegas les pasó lo mismo. Aunque contaban también con el fusil semiautomático SVT-40 con mira PU —que, en palabras de Záitsev, «apenas tomaba dos segundos disparar»—, este no podía competir con su hermano mayor a distancias de más de 500 metros. El resto del equipo podía variar, pero incluía un subfusil, un cuchillo, una pala, una cantimplora y varias granadas.

Los francotiradores soviéticos actuaban en parejas. Un binomio letal en el que uno portaba un telescopio que le permitía mirar por encima de las zanjas, y el otro un fusil de precisión. Aunque no era extraño que varias de ellas se juntaran para misiones específicas. El mismo Záistsev acudió al frente en varias ocasiones con un grupo de soldados para entrenarlos. Con todo, cada uno tenía sus propios trucos para acabar con el enemigo. Una de las primeras lecciones que Vasili enseñaba a sus zaichata («lebratos», como se conocía a los novatos), era que cada disparo era clave: «Es como jugar al billar. Siempre tienes que pensar cuál será la jugada siguiente. Si disparas mientras te da la espalda, caerá a la trinchera que está excavando. Si esperas y le das cuando esté de cara, la pala se quedará arriba y, cuando otro compañero vaya a recogerla, podrás abatirlo también».

El «noble francotirador» Ilin, un comisario de un regimiento de guardias fusileros, adoraba usar las grandes tuberías o los cañones de armas destruidas como escondrijos. En el 64.º Ejército, un tirador de precisión al que apodaban Kovbasa (salchicha, en ucraniano) excavaba tres trincheras antes de empezar la cacería: una para dormir y dos para operar. De esta forma, era más difícil que los boches acabaran con él. A su vez, hacía pequeñas zanjas en las que instalaba banderas atadas a palancas que podía levantar mediante un ingenioso sistema de cuerdas. Cuando las agitaba, siempre había algún enemigo que se alzaba para ver qué sucedía. El resultado era una bala en la frente. Anatoli Chekov, por su parte, improvisó un artilugio que camuflaba la bocacha del cañón de su fusil e intentaba usar como fondo una pared blanca para que no se viera el reflejo de la mira de su fusil.

También alemanes

Los francotiradores alemanes tenían sus propios trucos y sus tácticas particulares para enfrentarse a los rusos. Para empezar, eran más cautelosos y solían actuar desde la retaguardia, al abrigo de la infantería. «Nosotros, por el contrario, nos apostábamos en el límite de la línea del frente», explicaba Záitsev en sus memorias. Sobre ellos y su actuación en Stalingrado existen una infinidad de mitos. La mayor parte de los historiadores abogan porque eran entrenados para combatir en solitario. Sin embargo, en los años setenta una extensa entrevista realizada a dos de los tiradores más letales de la Wehrmacht —Sepp Allerberger y Matthias Hetzenauer— destruyó esta imagen idílica. En el reportaje, publicado en la revista Truppendienst, los veteranos incidieron en que solían actuar por parejas. Aunque sí corroboraron que algunas veces se internaban tras las líneas del Ejército Rojo para intentar acabar con oficiales, artilleros o servidores de ametralladoras.

Francotiradores como Sutkus dejaron constancia en sus memorias de que la lucha en el este fue salvaje y puso su físico y su mente al límite. Equipados de forma usual con el Máuser Kar 98K —el semiautomático Gewehr 43 no era demasiado apreciado— con visores Kurz y Ajack de 4 y 6 aumentos, podían plantar cara a un enemigo ubicado a 400 metros. Y eso si solo asomaba la cabeza. Si también les ofrecía el torso, la distancia aumentaba hasta los 600 metros. Además, aprendieron rápido de la crudeza de los combates en Stalingrado. Pronto, los veteranos que regresaron a Alemania modificaron los cursos de adiestramiento e incidieron más en los combates a corta distancia. Lógico, pues la lucha urbana podía derivar en un enfrentamiento habitación por habitación con los soviéticos. A su vez, dejaron de aconsejar a los nuevos reclutas esconderse en los árboles, pues esa práctica les impedía huir y había derivado en más de una matanza.

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