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Falsedades para justificar una guerra

Varios incidentes ocurridos en 1939 formaron parte de una operación de falsa bandera utilizada por Hitler para invadir Polonia.

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La noche del 31 de agosto de 1939, una estación de radio situada en Gleiwitz, Alemania, instó a sus oyentes a alzarse en armas contra intereses germanos. El mensaje, emitido en idioma polaco, sonó entremezclado con ruidos de lucha y sonidos de disparos. Al día siguiente, cuando la Gestapo se personó en los estudios, halló el cuerpo sin vida de un hombre. Este incidente, unido a otros similares ocurridos en la franja fronteriza, formó parte de una operación de falsa bandera utilizada por Hitler para invadir Polonia.

 

Un obstáculo insalvable

El 1 de septiembre de 1939, Adolf Hitler se dirigió al plenario del Reichstag desde su tribuna oratoria. Reunidos en sesión extraordinaria, los parlamentarios escucharon el histórico discurso que justificó la reciente ofensiva desencadenada contra territorio polaco: horas antes, a las 4:40, una escuadrilla de aviones Stukas atacó unos puentes ferroviarios situados en Tczew mientras que ocho minutos más tarde el acorazado SMS Schleswig-Holstein abrió fuego contra la fortaleza de Westerplatte. Durante su alocución, el Führer señaló el carácter defensivo de estas acciones y acusó a Polonia de iniciar las hostilidades: “A las seis menos cuarto de esta mañana, las tropas alemanas empezaron a contestar al fuego polaco. Una bomba lanzada por los polacos será contestada con otra bomba”. Tras escuchar a su líder, los diputados nacionalsocialistas abandonaron la cámara convencidos de la agresión foránea.

En realidad, el origen de la provocación había que buscarlo más cerca. En concreto, en los despachos de la Cancillería del Tercer Reich donde se urdió el monumental engaño que utilizó soldados alemanes para atacar intereses propios. Un estrategia destinada a anular el pacto de no agresión firmado en 1934 entre Konstantin von Neurath, ministro de Asuntos Exteriores germano y Jósef Lipski, embajador polaco en Berlín. La existencia de este acuerdo frenaba la política expansionista hitleriana al imponer la vía diplomática como única fuente resolutiva de conflictos: “Si surgieren disputas entre ellos y no se alcanzase un acuerdo mediante negociación bilateral, buscarán para cada caso particular y por mutuo acuerdo métodos pacíficos alternativos, sin renunciar a la posibilidad de utilizar si fuese necesario aquellos procedimientos establecidos por otros acuerdos entre las partes. En ninguna circunstancia, sin embargo, recurrirán al uso de la fuerza para lograr la resolución de tales desacuerdos”.

Tras superar con éxito la Anschluss austríaca y la crisis de los Sudetes, Hitler centró su atención en Polonia. El Führer ansiaba recuperar Danzig, la ciudad-Estado arrebatada a Alemania al término de la Primera Guerra Mundial. Para el líder nazi, recobrarla se convirtió en una obsesión y, en marzo de 1939, reclamó su restitución al gobierno de Ignacy Mościcki. La negativa del presidente polaco no tardó en llegar y, como era de esperar, sentenció su destino. Tan solo restaba un detalle: justificar el incumplimiento del acuerdo vigente entre ambos países.

Casus Belli

A principios de agosto de 1939, Heinrich Himmler, máximo responsable de las SS, acudió al despacho del Führer acompañado por Reinhard Heydrich, su mano derecha. En sus carteras portaban una ingeniosa solución al problema: una operación de falsa bandera bautizada como Operación Himmler o Provocación de Gleiwitz. El plan mostraba la invasión de Polonia como una respuesta justa y equilibrada a los ataques sufridos por Alemania. Estos asaltos, cometidos por comandos germanos uniformados de soldados polacos, se cometerían contra tres objetivos: una estación de radio localizada en Gleiwitz, la Inspección Forestal situada en el bosque de Pitschen y, por último, la Aduana de Hochlinden. Al principio, Heydrich pensó en atraer auténticas tropas polacas hacia territorio alemán y neutralizarlas por defensores bien adiestrados. No obstante, la dificultad del reclamo aconsejó utilizar comandos propios. Hitler, entusiasmado, autorizó la operación.

La tarde del 9 de agosto, el “Carnicero de Praga” – sobrenombre otorgado a Heydrich en Checoslovaquia – se desplazó hasta el aeropuerto de Neustadt a bordo de un Junkers 52. Al pie de la escalerilla le aguardaba Emmanuel Schaeffer, el responsable local de la Gestapo. Tras saludarse, los dos hombres se dirigieron a Gleiwitz, donde estudiaron las peculiaridades del terreno. A su regreso, Heydrich designó a los responsables grupales: el Oberführer Otto Rasch se encargaría de los comandos asignados a Pitschen, el Einsatzführer Ottfried Hellwig atacaría Hochlinden y, por último, el asalto a Gleiwitz correría por cuenta de un viejo conocido suyo, el Sturmbannführer Alfred Naujoks. Como parte del engaño, se ordenó el suministro de algunos cadáveres uniformados de soldados polacos al también Oberführer SS Heinrich Müller. Los cuerpos, procedentes de un campo de exterminio y abandonados tras los ataques, otorgarían mayor credibilidad al engaño.

Carrera contrarreloj

Naujoks recibió la orden de desplazarse hasta Gleiwitz el día 10 de agosto. Junto a él viajaría un reducido grupo de cinco o seis hombres. Su misión consistía en ocupar la estación de radio “el tiempo suficiente para que un alemán que hablara polaco emitiera un comunicado en este idioma”. La proclama debía especificar que llegaba el momento en que “los polacos debían unirse para aplastar a los alemanes”. Cinco días después, Naujocks se hospedó en el hotel Haus Oberschlesien en espera de instrucciones.

Entretanto, los preparativos continuaron a buen ritmo en Berlín. Mientras Heydrich perfilaba detalles con Rasch y Hellwig, el almirante Wilhelm Canaris, máximo responsable de los servicios secretos Abwehr, organizó el suministro de doscientos cincuenta uniformes polacos. Años más tarde, el general Erwin Lahousen, uno de sus más estrechos colaboradores, manifestó durante los Juicios de Núremberg desconocer el origen del encargo, pero certificó que “se les encomendó la tarea de proporcionar uniformes y equipos polacos, como tarjetas de identificación, etc., para la Operación Himmler”. Conseguidos los atuendos, partieron hacia una escuela de liderazgo de la SD en Bernau, donde los comandos seleccionados, todos con conocimientos de polaco, entrenaban sin descanso desde el día 16 de agosto. El programa comprendió técnicas de guerrilla y defensa personal, pero también incluyó ordenanzas militares polacas así como canciones típicas del país vecino.

El 20 de agosto, los ciento cincuenta hombres iniciaron unas maniobras en las instalaciones policiales y, aunque los instructores simularon situaciones futuribles, evitaron revelarles detalles precisos. Dos días más tarde, Bernau comunicó a Heydrich su disposición a entrar en acción.

Cambio de planes

El día 22 de agosto, el Führer cometió un desliz durante el encuentro informal mantenido con su Estado Mayor. Reunidos en el salón principal de Obersalzberg, su residencia de descanso bávara, aseguró tener “una causa propagandística para desencadenar la guerra. Al ganador no se le preguntará más adelante si ha dicho o no la verdad”. Minutos después, los contertulios abandonaron la estancia convencidos de la inmediatez del conflicto.

Tres días más tarde, el 26 de agosto, Hitler ordenó atacar Polonia a las 4:30 h. Con todo dispuesto, un imprevisto de última hora provocó la cancelación: el embajador italiano transmitió la negativa de Benito Mussolini a apoyar la operación de falsa bandera. Además, la firma de un convenio de asistencia mutua entre Londres y Varsovia amenazaba con desencadenar un conflicto global. Hitler, indeciso, pospuso el ataque. Por desgracia, no todos los grupos recibieron la contraorden a tiempo. El Einsatzführer Hellwig, ignorando el protocolo, asaltó Hochlinden sin esperar a recibir el beneplácito de sus superiores. Esta precipitación provocó un intercambio de disparos entre sus hombres y los defensores alemanes que a punto estuvo de terminar en tragedia. Heydrich, furioso,destituyó a Hellwig y al coordinador de la acción, el Oberführer SS Herbert Mehlhorn. Aquella misma noche, el Sturmbannführer SS Karl Hoffmann tomó el relevo: “Me enviaron al aeródromo de Gleiwitz, donde me reuniría con Müller, y cuando llegué al lugar me encontré con un avión monomotor que había aterrizado y mantenía la hélice aún en marcha. […] Müller, que esperaba junto al aparato, me preguntó si quería el puesto. Al aceptarlo, me explicó el contenido de su misión”.

“Producto enlatado”

Entre el 25 y el 31 de agosto, Naujocks se entrevistó con Heinrich Müller. Durante la reunión, el Oberführer SS le comentó que disponía de una docena de “criminales condenados”, vestidos con uniformes polacos, a los que abandonarían muertos en las zonas asaltadas. Como acto final, las descripciones realizadas por la prensa y testigos desplazados rematarían el engaño.

El diseño de Heydrich no dejó nada al azar. Una vez seleccionados, los prisioneros, nominados con el nombre en clave “producto enlatado”, recibirían una inyección letal a manos de un médico. Trasladados hasta los objetivos, recibirían varios impactos de bala para escenificar sus muertes en combate. Antes de despedirse, Müller le ofreció abandonar un cuerpo en la estación de radio. Naujocks aceptó, no sin antes advertir de que el ataque se atribuiría a grupos partisanos, por lo que no debía vestir uniforme militar. “Pues lo vestiremos de civil. Entrarás en acción a las 20:00. Entre las 20:00 y las 20:10 recibirás tus productos enlatados”. Müller seleccionó a su víctima entre un colectivo de conocidos activistas antigermanos. Franz Honiok fue detenido el 30 de agosto y trasladado a una celda de la prisión de Gleiwitz donde, sin saberlo, aguardó su destino final.

Comandos en acción

El jueves 31 de agosto, Hitler comunicó a Joachim von Ribbentrop su decisión de atacarPolonia al día siguiente. Tras escucharle, el ministro de Asuntos Exteriores abandonó la Cancillería no sin antes desearle suerte. Sobre las 16:00 h, Heydrich proporcionó a Naujocks la clave que activó el operativo: “La abuela ha muerto”. Sin tiempo que perder, este último partió hacia Gleiwitz. Entretanto, un médico de las SS visitó a Honiok en su celda. Tras administrarle una inyección, el sanitario y un inspector de policía lo trasladaron inconsciente hasta la emisora.

El comando irrumpió en los estudios a las ocho de la tarde. Incapaces de reaccionar, los locutores creyeron sufrir un ataque de partisanos polacos. Presas del pánico, aguardaron maniatados en una estancia inferior mientras un técnico germano manipulaba infructuosamente los controles. Gleiwitz no emitía en directo, lo hacía a través de las instalaciones situadas en Breslau. Incapaz de resolverlo, Naujocks amenazó a los técnicos locales. Uno de ellos, atemorizado, instaló un micrófono auxiliar desde el que Naujocks lanzó la proclama: “Emitimos un comunicado de tres o cuatro minutos con un transmisor de emergencia, hicimos unos cuantos disparos y nos marchamos”. Como resultado, la emisión obtuvo una escasa difusión. Antes de partir, el comando disparó contra Honiok y abandonó su cadáver en el estudio. A la hora indicada, Heydrich se dispuso a seguir la transmisión desde Berlín, pero al sintonizar la emisora escuchó la programación musical emitida desde Breslau. Furioso, acusó a Naujocks de haberle mentido. Por fortuna, las dificultades técnicas acudieron en su ayuda y el incidente no pasó a mayores.

A los pocos minutos, y alertados por el discurso, los policías de una comisaría cercana se personaron en el edificio. Allí coincidieron con los agentes desplegados horas antes por orden expresa del propio Himmler. Para facilitar la acción del comando, funcionarios de la seguridad estatal reemplazaron a los oficiales encargados de custodiar la emisora. Julius Filor, sargento de la policía local, narró con posterioridad: “Abrí la puerta trasera y quise acceder a la sala de transmisiones pero un oficial de seguridad, pistola en mano, me mostró la salida diciéndome que allí no había nada que ver. Sin embargo, al retirarme, vi a una persona estirada a sus pies”. Max Schliwa, jefe de la policía local, describió la escena encontrada a su llegada: “Vi al hombre muerto a unos diez metros frente a mí, a la izquierda, sobre un panel de control”.

Los hombres de Karl Hoffmann arrasaron la aduana de Hochlinden. A las 04:00, entonando cánticos polacos, los comandos asaltaron el edificio, rompieron puertas y ventanas, destrozaron mobiliario y esparcieron el contenido de cajones y ficheros por el suelo. Al salir, dispararon a los “productos enlatados” enviados por Müller y se dispusieron a ser apresados por SS uniformados como policías fronterizos. Al día siguiente, regresaron a la escuela policial de Bernau. En el caso de la inspección forestal de Pitschen, los dueños de una posada cercana narraron cómo una persona autoritaria contrató varias habitaciones durante la tarde del 31 de agosto. Sobre las 19 h, antes de partir, el Oberführer Otto Rasch solicitó que nadie accediese ni a la cocina ni a las estancias colindantes con el patio y encargó que, a su vuelta, tuvieran preparados 40 litros de té con ron. Minutos después, el grupo se encaminó hacia su objetivo de forma ruidosa, profiriendo gritos y cánticos polacos. Al llegar a la cabaña, los comandos realizaron disparos al aire, destrozaron la cocina y mancharon la pared con medio cubo de sangre de buey. Al regresar, los hombres celebraron su éxito y el comandante brindó con té mientras presentaba a sus hombres como defensores de la patria y celebraba la primera victoria germana contra tropas polacas.

Un tupido velo

Las investigaciones oficiales toparon con el cortafuegos levantado por Himmler. La Gestapo requisó las pruebas recabadas bajo el pretexto de centralizar las pesquisas. Bajo su tutela desaparecieron atestados, fotografías y “productos enlatados”. A día de hoy se desconoce el destino final de los cadáveres, incluido el de Honiok. A las pocas horas, la maquinaria propagandística del Tercer Reich difundió la versión oficial de los hechos. Sobre las 22:30, la radio informó de graves incidentes fronterizos y las rotativas, por su parte, vertieron ríos de tinta sobre la agresión polaca. Los lectores, ávidos de noticias, devoraron incendiarios titulares. Por ejemplo, el periódico Völkischer Beobachter habló de “ataque preparado por bandas insurgentes polacas con la participación de soldados regulares”, y el Rhein-Front calificó a los asaltantes como “polacos locos”. El engaño estaba servido.

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