Fall Bau, cuenta atrás para Stalingrado

Así fue como Hitler se encaminó hacia la batalla de Stalingrado, un conflicto de grandes dimensiones entre la Unión Soviética y Alemania que acabó con la rendición de los nazis.

"La batalla de invierno en Rusia está llegando a su fin". Así comenzaba la directiva n.º 41 de Hitler, fechada el 5 de abril de 1942, sobre la inminente campaña estival, que se materializaría en la Operación Azul (Fall Blau), el plan de la Wehrmacht para conquistar los pozos petrolíferos del Cáucaso frustrado por la batalla de Stalingrado.

Esas instrucciones, o Führerbefehle, tenían fuerza de ley: si Hitler, que se había nombrado a sí mismo comandante en jefe del Ejército, proponía un plan para continuar la campaña del Este en verano, la Wehrmacht tenía que afanarse en cumplirlo. En concreto, la directiva n.º 41 pretendía recuperar la iniciativa tras el desastre de la batalla de Moscú a causa del general invierno. El Führer sacaría toda su artillería en un ataque del Grupo de Ejército Sur (Heeresgruppe Süd) con el fin de tomar los pozos petrolíferos del Cáucaso, en tanto que el Grupo de Ejército Norte (Heeresgruppe Nord) capturaría Leningrado (Operación Nordlicht)y el del Centro, diezmado tras la contraofensiva soviética de enero, se limitaría a tareas de apoyo.

Nazis en Stalingrado
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Con el frente de Moscú estabilizado a duras penas, el Estado Mayor reestructuró el Ostheer, el Ejército del Este, para gestar la ofensiva. Al Alto Mando le costaba entender que el Führer renunciara a Moscú e incluso que, en un contexto como aquel, planteara un asalto tan imprudente. La Wehrmacht seguía siendo una fuerza implacable, pero, a la sazón, era una sombra del cuerpo que había avasallado a Europa y se había adentrado en la URSS hasta las puertas mismas de Leningrado. En un memorándum secreto fechado el 6 de junio de 1942, las limitaciones del Ejército eran puestas negro sobre blanco. No está claro que Hitler lo leyera, pero ese informe venía a resaltar «las sombrías perspectivas del Alto Mando alemán en vísperas de la Operación Fall Blau», tal como cuenta Frank McDonough en The Hitler Years: Disaster, 1940-1945.

La fragilidad de sus divisiones y la inmensa extensión del frente no auguraban nada bueno, y no es de extrañar que surgieran algunas voces críticas. El general Georg Thomas, siempre tan pragmático, no cesaba de advertir sobre los problemas de logística que ya habían malogrado la Operación Barbarroja, mientras que Friedrich Fromm, comandante en jefe del Ejército de Reserva en Berlín, o el intendente general Eduard Wagner, implicados luego en la Operación Valquiria para liquidar a su jefe, reclamaban sensatez frente a esas utopías.

El oro negro de la victoria

Sus impresiones eran válidas —el Cáucaso era un objetivo demasiado ambicioso y problemático—, pero también lo era la necesidad de petróleo para proseguir la guerra, sobre todo para la Kriegsmarine, la Marina de Guerra. La idea de asaltar el Cáucaso y saquear sus pozos de petróleo había rondado el ambiente cuando se proyectó la Operación Barbarroja. Y no fue aquella, por cierto, la primera vez que se ejecutó un plan semejante: en 1918, la expedición alemana del Cáucaso, ordenada por Ludendorff, había tratado de garantizar el suministro de petróleo a Alemania y evitar que cayera en poder del Imperio otomano.

En junio de 1942, todo el mundo sabía que el destino de Alemania se dirimiría en el Este. Si Hitler salía victorioso de esa ordalía e inmovilizaba a la Unión Soviética, los aliados lo tendrían muy difícil, tal vez imposible, para pararle los pies en otros escenarios. Ello llevó a los aliados a considerar la puesta en práctica de la Operación Sledgehammer -desestimada, finalmente, por Gran Bretaña— para abrir un segundo frente en Francia que aliviara la presión sobre el Ejército Rojo. Aquel largo y cálido verano, Churchill llegó a visitar el Kremlin, escuchó con respeto La Internacional y se vio las caras por primera vez con Stalin, en una «atmósfera de cordialidad y completa sinceridad». O eso, al menos, dijo la propaganda.

La industria alemana se volcó en su programa de armamento (Rüstung), que el 10 de enero de 1942 obvió al premier británico y puso en el centro de la diana a Stalin. Las existencias se incrementaron hasta garantizar cuatro meses de consumo, pero esos esfuerzos no significaron, lógicamente, que los soviéticos se quedaran de brazos cruzados. Sacando fuerzas de flaqueza, e invirtiendo los términos de una ecuación en la que a priori partían con desventaja, la economía soviética asomó la cabeza gracias a su capacidad para producir recursos de guerra en masa y al sacrificio de su población. La guerra no la ganan solo los individuos, sino también, y sobre todo, las finanzas.

Así, la producción de tanques, aviones y cañones soviéticos multiplicó los cálculos germanos, mientras que sus ofensivas, tanto estratégicas como tácticas —recuérdense las batallas de Rzhev—, contribuyeron a desviar su atención. Las carencias del Heer —una infantería insuficiente y lenta, unida a los insalvables problemas logísticos— hicieron el resto para malograr la operación. Sin omitir, por supuesto, el factor humano, encarnado en la obsesión de Hitler por Stalingrado, donde barruntaba que los rojos estaban fraguando una gran contraofensiva, lo que lo alejó del plan inicial, que había basculado en torno a la línea A-A (Arcángel-Astracán).

Fall Blau se orquestó para sorprender al enemigo, y, en ese punto, cabe decir que consiguió su propósito, pese a que un acontecimiento fortuito estuvo a punto de echarlo al traste. El jefe del Estado Mayor General, Aleksandr Vasilevski, y el «salvador de Moscú», Gueorgui Zhúkov, no podían concebir, ni tampoco Stalin, que el avance principal relegara la capital y apuntara hacia el Cáucaso, aunque esa decisión abriera a la postre interesantes posibilidades para cazar al invasor en su ratonera.

Las fases del plan

El Generaloberst Franz Halder, Jefe del Estado Mayor del OKH, presentó a finales de marzo un borrador al Führer, con el nombre en clave de Siegfried, el legendario héroe de Los Nibelungos. Una semana después, revisado por Hitler y el Generaloberst de la Wehrmacht (OKW) Alfred Jodl, el plan formalizó sus objetivos, con la denominación final de Fall Blau (Hitler creía que los nombres épicos eran un mal presagio).

Estos objetivos se concretaban, tal como explica Juan Pastrana Piñero en su ensayo Operación Fall Blau (Nowtilus, 2017), en cuatro fases; a saber, la conquista de la ciudad de Voronezh por las fuerzas del 2.º Ejército, el 4.º Ejército Panzer y el 2.º Ejército húngaro; la marcha hacia el sur siguiendo el curso del Don, en paralelo al avance del 6.º Ejército de Von Paulus, que ya habría desplegado su potencia de fuego en el sector de Jarkov (más el envolvimiento o la captura de Stalingrado); el establecimiento de una línea defensiva sobre el Don con el soporte del 8.º Ejército italiano, distintas fuerzas rumanas y el 2.º Ejército húngaro; y el avance hacia el Cáucaso (línea Batum-Bakú) encabezado por el 1.º Ejército Panzer, al que escoltarían, por el oeste, el 17.º Ejército, y, por el este, el 4.º Ejército rumano.

Sobre el papel, la toma de Stalingrado se consideraba, pues, secundaria, siempre que fueran capaces de neutralizar su uso por el enemigo como centro industrial o de comunicaciones. Sin embargo, una vez iniciada la campaña el 28 de junio, la ciudad empezó a cobrar protagonismo e influyó decisivamente en el curso de la Operación Edelweiss, dirigida por el mariscal de campo Wilhelm von List, y Fischreiher, a cargo de los comandantes Friedrich Paulus y Hermann Hoth, que, con carácter simultáneo, avanzarían en dirección al Cáucaso y extirparían la amenaza de Stalingrado.

La directiva n.º 45, fechada el 23 de julio, mencionaba que el enemigo se estaba concentrando en esa área, por lo que al Grupo de Ejércitos B ya no le quedaba más remedio que aplastarla con el apoyo de la Luftwaffe. «La destrucción temprana de la ciudad —sostenía el Führer— es especialmente importante». Lo era, entre otras razones, para mantener a raya a los soviéticos en esa línea que, sobre los ríos Don y Volga, dibujan las ciudades de Voronezh y Astracán, esta última esencial para cortar el suministro de petróleo por el Volga y asfixiar así al Ejército Rojo.

Carne de cañón

Tras la victoria nazi en la segunda batalla de Jarkov, librada entre el 12 y el 28 de mayo a iniciativa del mariscal Semión Timoshenko contra el 6.º Ejército alemán, el cuartel general de Poltava, en Ucrania, asistió el 1 de junio de 1942 a la reunión del Führer con la cúpula del Grupo de Ejércitos Sur, que se había apuntado el tanto de aquella victoria. «Si no consigo el petróleo de Maikop y Grozni —reveló a sus oyentes—, tendré que acabar la guerra». Además del mariscal de campo Fedor von Bock, al mando del citado Grupo, asistieron los generales Paulus, Von Kleist, Hoth, que dirigiría el 4.º Ejército Panzer, Heusinger y Von Weichs, así como el capitán general Wolfram von Richthofen, entre otros militares. Tras el inicio de Fall Blau, Hitler se desplazaría varias veces al Werwolf, su cuartel general en Vinnitsia, Ucrania, para seguir de cerca los movimientos.

Obviamente, hacían falta muchos hombres y máquinas para poner en marcha ese monstruo. En total, combatieron más de noventa divisiones, la mayoría germanas —sobre todo de infantería, nueve acorazadas y cinco motorizadas— y veinte de sus aliados. Dentro del Grupo de Ejércitos B, el del Volga de Maximilian von Weichs, se encuadraba el 4.º Ejército Panzer de Hoth y el 6.º Ejército de Friedrich Paulus, así como diversos ejércitos rumanos, italianos y húngaros, con la misión de asegurar la zona norte y proteger los flancos durante el avance. A su vez, el Grupo de Ejércitos A, asignado a la incursión del Cáucaso y la conquista de los campos de Maikop, Grozni y Bakú, estaba comandado por el mariscal Wilhelm List y acogía, entre otros, al 17.º Ejército y al 1.º Panzer, que encabezaría el ataque en la región. De acuerdo con Pastrana, «las fuerzas del Eje se aproximaban al millón de efectivos, de los que casi tres cuartas partes eran fuerzas aliadas no germanas; el número de blindados sobrepasaba los mil novecientos y se contaba con el concurso de la Luftflotte 4 —la 4.ª Flota Aérea de la Luftwaffe— al completo, unos mil seiscientos aparatos».No todos los generales eran partidarios de incorporar a un contingente tan elevado de extranjeros. Sin ir más lejos, Ewald von Kleist, que se desempeñaría como comandante en jefe del Grupo de Ejércitos A tras el relevo de List, advirtió a Hitler de su inconveniencia, pero este le aseguró que solo se les asignarían tareas de defensa y enlace entre las formaciones germanas. Peor pertrechados que ellos, sin equipos antitanque y faltos de moral, resistieron lo mejor que pudieron, aunque no dejaron de evidenciar sus carencias.

Lo que bien empieza…

En las primeras jornadas, el Führer sonrió satisfecho. Los preliminares —la Operación Fridericus II contra Izyum y Kupyansk— habían salido a pedir de boca, el 4.º Ejército Panzer alcanzó Voronezh muy pronto, un puente tras otro fueron cayendo y el 6.º Ejército no tardó en golpear las afueras de Járkov. Pero nada podía hacer ese gigante contra el esquivo Ejército Rojo, que se replegaba sin dejar atrás prisioneros, ni para preservar el territorio ganado a medida que las distancias se alargaban.

Sí, el Grupo de Ejércitos A se plantó en Rostov el 19 de julio y la potencia del 17.º Ejército alemán y el 1.º Ejército Panzer, junto con la habilidad de la División Brandeburgo, permitieron conquistar esa ciudad, propulsando el avance hacia el Cáucaso. De acuerdo, la ciudad petrolera de Maikop sucumbió el 9 de agosto, aunque sus pozos habían sido incendiados por el Ejército Rojo, para furia de Hitler y decepción de Mussolini. En efecto, la esvástica ondeó en el monte Elbrús el 23 de ese mismo mes y, en septiembre, las tropas alcanzaron el paralelo 44. En vista de los acontecimientos, los aliados pusieron sobre el tapete un plan para mandar una fuerza aérea al Cáucaso, la Operación Velvet, bajo la dirección estratégica del Alto Mando soviético y el control de un oficial británico, que, no obstante, se perdió en los despachos.

Y, a pesar de todo, Fall Blau no cuajó porque la rapidez del avance nunca llevó aparejada la solidez de las posiciones. Solo era cuestión de tiempo que el enemigo planteara una resistencia más firme en la cordillera, tal como apreció Franz Halder que sucedería en el río Terek. Las llamas de los pozos de Maikop deberían haber advertido al invasor de lo que les esperaba en Grozni o Bakú cuando llegaran allí, si es que llegaban, por lo que la campaña del Cáucaso no dejó de ser una especie de Blitzkrieg suicida.

El curso de las semanas acentuó los problemas de suministro hasta empantanar a los efectivos del Grupo de Ejércitos A a finales de aquel verano. Para entonces, la prioridad era ya el sostenimiento del Grupo de Ejércitos B y el foco de Stalingrado; y, aunque las alianzas que los nazis habían forjado con las élites locales de Georgia, Armenia o Azerbaiyán o con la insurgencia de Chechenia e Ingusetia, favorecieron su avance, el Ejército Rojo estaba imbuido de la consigna que Stalin había lanzado el 28 de julio, la Orden n.º 227, célebre por la frase «Ni shagu nazad» (Ni un paso atrás), emblema de la resistencia antifascista en su Gran Guerra Patria.

«El área de Bakú —soñó Hitler en su Directiva n.º 45, a propósito de ese centro que proveía el 80% de la producción soviética de petróleo— será ocupada por una nueva ofensiva a lo largo de la costa del mar Caspio». No lo consiguió, y la Luftwaffe nunca llegó tan lejos para destruirlo. Lo hubiera podido hacer en agosto, o tal vez incluso a primeros de septiembre, pero, cuando el Führer ordenó el ataque en octubre, sus bombarderos ya estaban bajo mínimos y el enemigo había desbaratado gran parte de sus aeródromos. La frustración de Hitler lo llevó a la peor decisión para sus intereses: en lugar de pulverizar las fuentes que sostenían a su enemigo cuando aún podía hacerlo, siguió adelante sin poner fin a la ofensiva, adelante hasta el apocalipsis de Stalingrado.

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