Estados Unidos entra en la Gran Guerra

La entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial significó el paso decisivo que inclinó la balanza del conflicto en contra de Alemania.

La aportación de Estados Unidos con sus nuevos contingentes de soldados, frescos y bien equipados, acabó con el tenso equilibrio de la guerra de trincheras y mundializó todavía más el enfrentamiento. Con la participación de Estados Unidos se rompía el empate europeo, que parecía eterno, entre ingleses, franceses, rusos e italianos, por un lado, y alemanes, austríacos, búlgaros y otomanos, por el otro (con otros países menores participando en las respectivas coaliciones).

Quizás Alemania, de haber reducido la beligerancia imperialista impuesta por su káiser Guillermo II, habría evitado que los americanos se decidiesen a enfangarse en las trincheras europeas. Desde 1913, Estados Unidos tenía un presidente pacifista, el demócrata Woodrow Wilson (1856-1924), que había sido reelegido en 1916 con eslóganes como “Él nos mantuvo fuera de la guerra”. Ni siquiera el hundimiento del buque Lusitania por los submarinos alemanes el 7 de mayo de 1915, con 128 americanos a bordo, había resultado suficiente para que el presidente estadounidense Wilson declarase la guerra. Exigió a Alemania que detuviese los ataques indiscriminados y ahí quedó todo.

Estrategias para lograr la victoria

Pero en 1917, los submarinos germanos habían vuelto a las andadas en el Atlántico, ya que el Alto Mando consideraba que era la única estrategia que les podía reportar la victoria rápidamente antes de que su situación se colapsara. También en esas fechas, los alemanes habían ejecutado un movimiento diplomático para “americanizar” el conflicto que fue percibido como una amenaza en el patio trasero estadounidense: la propuesta a México de que se sumara a la contienda. 

Los alemanes les ofrecían “un generoso apoyo financiero” y “ayudar a reconquistar los territorios perdidos de Texas, Nuevo México y Arizona”. En ese contexto, Wilson pidió al Congreso entrar en guerra, lo que se acordó el 2 de abril de 1917.

Alemania había confiado en poder lograr la victoria antes de que los americanos pusieran en marcha toda su máquina de guerra y enviaran unas fuerzas expedicionarias de tamaño significativo, un proceso que requería varios meses y que se calculaba que no estaría completo hasta el final de la primavera de 1918.

Para adelantarse, el mariscal Erich Ludendorff, uno de los dos máximos comandantes alemanes (junto a Paul von Hindenburg), planeó una gran ofensiva para el inicio de la primavera. Conocida confidencialmente como Operación Michael, su objetivo era avanzar desde la Línea Hindenburg, la gran red de trincheras defensivas alemanas en el noroeste de Francia, con el fin de empujar a las tropas británicas hacia el mar y, en último término, tomar los puertos a los que llegaba el tráfico marítimo por el Canal de la Mancha, de manera que impidieran la comunicación y el abastecimiento.

Los rusos se retiran del combate

Esa acción resultaba arriesgada y singular en un conflicto que, hasta entonces, había sido lento y con más importancia de la defensa que del ataque. El factor que ayudó a Ludendorff a tomar la iniciativa fue la retirada de Rusia de la guerra –a principios de 1918–, por decisión del nuevo gobierno bolchevique de Lenin (a quien, previamente, Alemania había ayudado a volver a su país desde el exilio para ponerse al frente de la Revolución). La firma del Tratado de Brest-Litovsk entre las Potencias Centrales y Rusia el 3 de marzo permitió a Alemania trasladar nada menos que cincuenta divisiones del frente oriental al occidental, en un momento en que el país se encontraba al borde del agotamiento de su esfuerzo de guerra.

La ofensiva tuvo lugar durante los meses de marzo y abril de 1918 y dio lugar a varias batallas, la primera la de San Quintín, el 21 de marzo, y la última, la del Avre, el 4 de abril, que pretendía tomar Amiens, una importante ciudad del noroeste francés. Para entonces los planes alemanes ya habían cambiado y, de la pretensión inicial de dirigirse a los puertos del Canal, se había pasado al objetivo de separar a las fuerzas británicas de las francesas.

Sin embargo, ninguno de estos propósitos fue conseguido y, aunque los alemanes conquistaron 3.100 kilómetros cuadrados de terreno (lo cual era mucho para una guerra de trincheras con avances casi nulos), resultaron inútiles en términos estratégicos y un grave peligro, ya que, si se miraba en un mapa, la posición alemana formaba un saliente pico de sierra, metido entre las líneas inglesas y francesas, lo que facilitaba ser atacados. Eso aumentó su número de bajas, que los alemanes no podían reponer con la facilidad con que lo hacían los aliados, que ya contaban con el repuesto de las frescas levas estadounidenses.

 

Más información sobre el tema en el dossier Del fin de la Gran Guerra al Tratado de Versalles de José Ángel Martos.Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a 100 años del fin de la I Guerra Mundial.

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