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Españoles en el Desembarco de Normandía

El 6 de junio, el cielo se cubrió de aviones en Normandía y una armada de 4.700 unidades de transporte y desembarco –acorazados, cruceros, destructores, tanques anfibios– trasladaron en pocas horas a más de 140.000 soldados aliados contra las posiciones alemanas en territorio francés. Manuel Fernández fue uno de esos soldados.

Normandía
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El 6 de junio soplaba un fuerte viento del noroeste. Mientras nos dirigíamos hacia la costa en la luz gris del amanecer, las lanchas de acero de diez metros con forma de ataúdes recibían enormes choques de agua verde que golpeaban los cascos de los soldados, muy apretados y tensos, hombro con hombro, a la vez unidos y separados por el sentimiento de soledad del hombre que va hacia el combate”. Así comenzaba el escritor Ernest Hemingway su reportaje del desembarco de Normandía, la operación anfibia más importante de todos los tiempos.

A primera hora de la madrugada de aquel 6 de junio de 1944, antes de que comenzaran a salir de Inglaterra los primeros bombarderos destinados a “ablandar” el terreno sobre la costa normanda, el Alto Mando alemán en Francia había recibido ya la información. Sus servicios secretos habían descifrado el código lanzado por la BBC (“Los largos so llozos de los violines de otoño…”, primeros versos de un poema de Verlaine) y lanzaron un urgente: “Atención, ¡desembarco inminente!”, que sus superiores no creyeron. Para los mandos del ejército germano, que esperaban la operación desde hacía más de un mes, la cosa estaba muy clara: “El general Eisenhower no va a encargar a la BBC que anuncie el desembarco, imposible”.

En defensa de la república

El combate más importante de la historia comenzó en una hermosa noche de luna, con vientos de 17 a 22 nudos y un oleaje de cuatro pies en las playas de Normandía. En muy poco tiempo, el cielo se cubrió de aviones y una armada de 4.700 unidades de transporte y desembarco –acorazados, cruceros, destructores, tanques anfibios– trasladaron en pocas horas a más de 140.000 soldados aliados contra las posiciones alemanas en territorio francés.

Manuel Fernández fue uno de esos soldados. En una de esas lanchas de desembarco en forma de ataúd que luchaban contra el oleaje, el joven granadino se apretaba entre sus compañeros españoles, tensos y silenciosos, dispuestos al combate. Una gran mayoría había sufrido un terrible mareo al atravesar el canal de la Mancha con el oleaje y tenían el rostro verde pálido, bajo los cascos de acero. Amanecía y el cielo estaba negro de aviones ingleses y americanos que hacían un trayecto continuo para enviarpa racaidistas y bombardear ciertas zonas estratégicas. Numerosos globos aéreos protegían también el desembarco. El cielo se iluminaba con el relámpago de las explosiones. El ruido era ensordecedor. Para el soldado Manuel Fernández, n.º 13.802.512 de la Spanish Company Number One del Ejército británico, y para todos los miembros españoles de esta compañía, esta iba a ser su tercera guerra contra los alemanes.

Manuel había cogido las armas 8 años antes, cuando estalló la guerra de España, tras el golpe militar del 18 de julio de 1936. El muchacho tenía 20 años y trabajaba como obrero en una fábrica de zapatos. Su padre estaba ciego y él se ocupaba de mantener a toda la familia. Manuel Fernández fue uno de los primeros en salir a defender a la República. Él mismo lo contaba así: “Mi pueblo, Esfiliana, en la provincia de Granada, era agrícola. No teníamos armas, pero en cuanto el Gobierno hizo un llamamiento para que defendiéramos la República, yo mismo participé en el asalto al cuartel de la Guardia Civil para recuperar algunas armas y hacer frente a los sublevados. Nos organizamos rápidamente porque sabíamos que los fascistas estaban ya en Granada. En los enfrentamientos de guerrilla perdimos a alguno s de los nuestros. Íbamos de un lado a otro buscando a los fascistas, pero a mí no me gustaba eso. Un día me dijeron que buscaban hombres para las fuerzas de asalto republicanas y con un grupo de compañeros nos fuimos hasta Valencia y nos enganchamos”.

Dos semanas más tarde, los enviaban a Teruel. Después, a Barcelona. Más tarde, los llevaron a Belchite. Después, a Lérida. Luego, al Ebro. “Luchábamos con pasión porque estábamos seguros de ganar la guerra a pesar del poco material”, aseguraba Manuel.

La retirada

Un día llegaron varios camiones, los cargaron y los llevaron hacia Olot. Entonces, Manuel se dio cuenta de que todo había terminado:

“Nos encontramos una gran desbandada, una enorme cantidad de gente que se dirigía hacia la frontera. Poco después, nos tocó a nosotros. Nos reagruparon y nos dirigieron también hacia la frontera”.

Miles de combatientes y de civiles republicanos, de todas las edades y todas condiciones, muchos de ellos gravemente heridos, perseguidos por las bombas franquistas, se dirigían hacia Francia en masa, provocando un éxodo sin precedentes. Un éxodo que todo el mundo conocería como “la Retirada”.

En los puertos fronterizos, los largos cortejos de heridos, los ancianos, las mujeres, los niños y los soldados fueron acogidos por gendarmes y soldados senegaleses, armados hasta los dientes, contaba Manuel.

“Nosotros entramos por Bourg-Madame. Allí nos retiraron las armas. Yo llegaba con un terrible dolor de muelas”.

Implacable y humillante fue la “acogida francesa”. El campo de concentración de Saint-Cyprien, rodeado de alambradas, al lado de la playa, al aire libre. Muchos grados bajo cero. Frío y hambre.

“Cada día salían decenas de muertos de allí. Creía que iba a morir también. El dolor de muelas era insoportable y constante. Me volvía loco. Pronto comenzaron también la diarrea y los piojos. Un día llegaron los de la Legión ‘invitando’ a alistarnos. Pensé en mi p adre…, pero al final decidí enrolarme. Era la única forma para que me sacaran la muela…”.

Cuando cesó el dolor de muelas, demasiado tarde, ya era un miembro de la Legión.

Sin rumbo conocido

Marsella primero y luego Sidi-bel-Abbés, el campo legionario de África del Norte, a orillas del desierto. Una dura preparación, pero Manuel la prefería a la de los campos de “acogida” franceses. Un día comenzaron rumores sobre la inminencia de guerra. Primero, se dijo que los enviaban a Finlandia a luchar contra los rusos. Otros aseguraban que iban a ir a luchar contra los alemanes. Cuando los legionarios –entre ellos centenares y centenares de españoles– fueron llamados al combate, trasladados a Oran y embarcados de nuevo hacia el hexágono, ninguno conocía su destino final. En Marsella dividieron las unidades. Manuel fue enviado a los Alpes e integrado en un grupo de Cazadores Alpinos. Se entrenaron duramente en los picos de las montañas, totalmente cubiertas de nieve.

Algunas semanas después, el 12 de abril de 1940, Manuel embarcaba desde el puerto de Brest todavía con rumbo desconocido, integrado en la 13ª Media Brigada de la Legión Extranjera francesa. Cuando se encontraron en alta mar les dijeron que los alemanes habían invadido Noruega y que las tropas británicas y francesas iban a luchar contra ellos. Hacia allí se dirigían. Los legionarios franceses habían salido del puerto cantando la Marsellesa… Los españoles cantando los himnos de la guerra española.

Las costas noruegas tenían una importancia capital para los aliados, sobre todo el fiordo de Narvik, el puerto más septentrional de Noruega, por el que la Marina alemana podía controlar el Atlántico Norte y el océano Ártico. Era un puerto por el que salían cada año once millones de toneladas de hierro para el programa de guerra alemán. La operación franco-inglesa, denominada Avonmouth, tenía como objetivo desalojar a los alemanes y ocupar Narvik.

Narvik se encuentra al fondo del fiordo Ofoten, enclavada sobre un promontorio rocoso, en la punta de una península flanqueada por otros dos fiordos. Ocupada por los alemanes, los dos batallones recién llegados y lanzados a su conquista (integrados por gran cantidad de españoles, Manuel entre ellos) lucharon encarnizadamente durante muchas horas. El pueblo fue conquistado el 28 de mayo con temperaturas de 20º bajo cero, bombardeos, fuego de artillería, granadas de mano y lucha cuerpo a cuerpo con bayonetas. En esos combates murieron más de 250 legionarios y otros tantos fueron heridos, muchos de ellos gravemente.

Spanish company Number one

En su libro La Legión extranjera, el historiador Georges Blond describió a esos legionarios españoles en el combate: “Había un fuerte contingente de españoles exiliados políticos. Disciplinados, endurecidos, aceptando el duro régimen de la Legión, estaban unidos por una solidaridad excepcional, haciendo comprender a algunos suboficiales, un poco a la antigua, que el tiempo de las bromas y las burlas gratuitas había pasado… Estos rojos se batieron como leones en las sierras nevadas de Noruega”.

Cuando las tropas franco-inglesas estaban a solo 14 km de la frontera sueca y tenían prácticamente ganada la guerra contra los alemanes en Noruega, el ataque germano contra el territorio francés motivó la orden de regreso inmediato. Entre las cifras desiguales de los historiadores, algunos afirman que en los fiordos y los cementerios de Noruega quedaron varios centenares de españoles. Solo los nombres de 16 de ellos figuran en las tumbas del cementerio de Narvik. Entre ellos, Juan Garrido, Manuel Ferrer, Aniceto Carrillo, Alberto Alegre, Benito Rodríguez, Ramón Pujol de Vilallonga…

A su regreso, cuando llegaron al puerto de Brest, Francia estaba ya ocupada por los soldados alemanes y la mayoría de los legionarios supervivientes de Narvik prefirieron poner rápidamente rumbo hacia las islas británicas. Allí fueron recibidos marcialmente y más tarde fueron convocados para elegir entre Pétain, de Gaulle, los ingleses o el encierro en los campos en Inglaterra. Manuel eligió el Ejército inglés.

“Cuando llegamos, los ingleses nos encerraron también en campos y, luego, nos recibieron uno a uno para saber lo que queríamos hacer. El oficial inglés que me recibió había combatido en las Brigadas Internacionales y me dijo que él había luchado por nosotros en España y que no estaría mal que ‘ahora’ les ayudáramos a ellos. Nos dijeron, además, que tuviéramos en cuenta que la guerra no terminaría en Francia, sino en España. Cuatrocientos españoles, vascos, andaluces, catalanes, de todo, optamos por entrar en la Marina inglesa y formamos la Spanish Company Number One. Estuvimos trabajando con ellos desde 1940 hasta 1944, ensanchando carreteras, talando árboles, ayudando a desembarcar el material americano que comenzaba a llegar. Nuestras secciones descargaban las municiones, cajas enteras de obuses de cañón”.

Un día, los reunieron en las caballerizas donde vivían, al lado de un castillo, y les ordenaron que prepararan su equipaje:

“Tres días después nos recogieron y nos llevaron a un puerto inglés, en barcazas, hasta un barco donde estuvimos 15 días dando vueltas en el mar. Una noche, nos dieron dinero francés, billetes nuevos, y nos dijeron que salíamos hacia las costas francesas. Los españoles desembarcamos en Avranches, cerca de Caen. En el desembarco cayeron también muchos compatriotas. Fue muy duro… Teníamos que avanzar en medio de los disparos y las explosiones. Muchos murieron antes de salir de las barcas. Otros se ahogaron por el peso del equipaje y las olas inmensas. El mar estaba rojo de sangre. No podíamos mirar a ningún lado, es lo que nos habían dicho, solo de frente, hacia las alambradas que teníamos que atravesar al llegar a la playa. Conforme avanzábamos, todo estaba lleno de heridos y de muertos…”.

Manuel pudo cruzar la alambrada. Nunca olvido aquellos momentos, pero nunca quiso hablar de ellos. Luego, siguió luchando contra los alemanes, por fuera como “soldado británico” y por dentro como “republicano español”. Fue herido en los alrededores del pueblo de Givet, en el norte de Francia, cerca de la frontera con Bélgica. Perdió un dedo de la mano y le sacaron un trozo de metralla del cuerpo. Paso algún tiempo en el hospital. Algunas muchachas del pueblo iban a visitarlo.

Al final de la guerra estaba todavía en Bélgica. Volvió a Inglaterra y formó parte del Ejército inglés hasta el 4 de abril de 1946. El granadino recibió varias medallas, entre ellas la medalla militar francesa y la medalla militar inglesa. Cuando supo que la victoria no instauraría la democracia en España, y cuando sus padres le rogaron que no regresara a su pueblo, Manuel volvió a Givet para saludar a una de las muchachas que iban a visitarlo al hospital. Quería bailar con ella… Se casaron poco después. Tuvieron dos hijas y tres hijos.

Los tres días militares

Durante 60 años vivió y trabajó en el pueblo de Givet para la empresa Gas de Francia. Un trabajo duro. En su casa toda la familia hablaba francés. Solo francés. Manuel deseaba que sus hijos se integraran totalmente. Tampoco se hablaba de las guerras del padre. Manuel no hablaba de sus compañeros muertos en Belchite. Ni de los que murieron en las nieves de Narvik. Ni de los que cayeron a su lado en el desembarco de Normandía. Demasiada tristeza, demasiados recuerdos.

Todos sus hijos son franceses y apenas hablan español, aunque para ellos es un orgullo recordar la historia de su padre. Todos sus nietos han aprendido la lengua española y ahora, también, buscan conocer mejor la historia de su abuelo y sus propias raíces.

Cuando en 1948, viviendo en Givet, Manuel decidió pedir la nacionalidad francesa, la administración gala le obligo a hacer “los tres días militares” que exigían en aquel momento, sin tener en cuenta sus casi diez años de combate. El joven militar que lo recibió y que debía instruirlo, le aseguro que le iba a enseñar “a bien marcar el paso…”. El viejo soldado de tres guerras lo contaba con una sonrisa en la cara.

Manuel falleció el 29 mayo del 2007, a los 91 años de edad. Fue incinerado y sus cenizas divididas en dos partes: una de ellas fue esparcida en las colinas de Le Lavandou francés, donde pasaba sus veranos, en el lugar donde le gustaba sentarse para contemplar el mar, rodeado de campos lavanda. El resto fue esparcido al pie de un árbol, en su pueblo de Esfiliana… Como él siempre había deseado.

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