Escuadrón Leónidas: los kamikazes de la Luftwaffe

Alemania también contó con pilotos suicidas en la II Guerra Mundial. Lo llamaron Escuadrón Leónidas y contó con unos 70 aviadores en sus filas.

Juan Carlos Losada
Caza Focke-Wulf Fw 190
Ver artículo Hallan dos bombarderos americanos de la Segunda Guerra Mundial

En la II Guerra Mundial fue en los ejércitos de Japón y Alemania, del bando del Eje, en donde más se dieron los ataques suicidas (aunque en el segundo en mucho menor grado que en el primero), mientras que entre los aliados se dio, casi exclusivamente, en el Ejército Rojo, pero en este caso más como fruto de la resistencia desesperada, al principio de la guerra, que como acciones planificadas. De hecho, Japón era la única potencia de cuya cultura formaba parte íntima la muerte por suicidio ritual; por consiguiente, fue la nación en donde se dieron por decenas de miles los suicidios (no sólo los de los kamikazes). La rendición, según sus valores y su código de honor, era la máxima expresión de la vergüenza y la deshonra. Recordemos las numerosas cargas a bayoneta calada que llevaban inexorablemente a la inmolación –al grito de “¡Banzai!”– que la infantería nipona efectuó sobre las filas enemigas, sabiendo que sería barrida antes de llegar a las posiciones aliadas. También, los numerosos harakiris que miles de jefes y oficiales japoneses cometieron ante una inminente derrota, para no ser apresados.

En el resto de ejércitos contendientes no hubo casi ninguna acción suicida planificada. Las que se dieron, y que sucedieron en todos los ejércitos, fueron las espontáneas, las sobrevenidas por las circunstancias de los combates que llevaron a que, de modo improvisado o a petición del mando, un soldado decidiese sacrificar su vida voluntariamente si con ello causaba un gran daño al enemigo o ayudaba a sus compañeros. Ejemplos: los aviadores que se quedaban sin combustible o sin maniobrabilidad y que, ante las escasas o nulas posibilidades de sobrevivir, decidían estrellar el aparato contra el adversario; los soldados que optaban por sacrificarse resistiendo en una posición para que sus camaradas pudiesen retirarse; la preferencia a caer combatiendo que a rendirse y ser tomado preso, etc.

Pero también se definen como acciones suicidas las misiones sumamente arriesgadas ejecutadas por unidades especializadas o soldados concretos, asumidas generalmente de modo voluntario y consciente y que, dada su naturaleza, es muy posible que cuesten la vida a sus protagonistas. Los comandos o fuerzas especiales que actúan tras las líneas enemigas en tareas de sabotaje o guerrilla, llegando a utilizar uniformes enemigos; las incursiones de aeronaves o submarinos que navegan casi en solitario y a gran distancia de sus bases de abastecimiento; los francotiradores aislados; las unidades que reciben la orden de no retroceder bajo ningún concepto ante el enemigo y resistir hasta el último aliento; los soldados que han de sobrevivir en condiciones ambientales durísimas (temperaturas extremas, falta de agua o alimentos), etc., entrarían dentro de esta interpretación.

El modelo de las Termópilas

En el verano de 1944, cuando los aliados desembarcaron en Normandía, los soviéticos ya avanzaban imparablemente hacia el centro de Europa. Alemania se veía perdida y, como respuesta, comenzó a plantearse la utilización de pilotos en las bombas volantes V-1, para asegurar una mayor precisión de las mismas. Una variante de esos cohetes, lanzada desde aviones, debía ser modificada para poder alojar a un piloto, que tendría que dirigir la bomba a su objetivo. Podrían saltar en paracaídas poco antes de alcanzar el blanco pero, debido a la proximidad de la tobera del reactor a la cabina, se estimaba que era casi nula la posibilidad real de supervivencia. Los encargados de asumir la misión suicida serían unos setenta miembros del llamado Escuadrón Leónidas (en homenaje al rey espartano muerto en las Termópilas), que para ingresar en sus filas debían firmar una declaración asumiendo la condición suicida de la misión.

Sin embargo, los ensayos de la V-1 pilotada se saldaron con sonoros fracasos, incluyendo la muerte de algunos de los pilotos de prueba debido a accidentes. Ante ello, en marzo de 1945, varios dignatarios nazis, entre los que se encontraba el ministro Albert Speer, convencieron a Hitler de que eran más útiles los pilotos en tareas convencionales de combate que no en misiones suicidas que, por otra parte, eran ajenas a la tradición militar alemana. La unidad se disolvió y se puso fin a las operaciones suicidas planificadas.

 

Más información sobre el tema en el artículo Las misiones más arriesgadas, escrito por Juan Carlos Losada. Aparece en el último monográfico de MUY HISTORIA, dedicado a ¿Héroes o locos? Kamikazes y otras misiones suicidas de la II Guerra Mundial.

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Etiquetas: Aviación, II Guerra mundial

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