Escuadrón 731: los experimentos en humanos de Japón en la Segunda Guerra Mundial

Una unidad japonesa acabó con la vida de miles de personas a través de experimentos científicos

 

No solo el régimen nazi perpetró crímenes contra la humanidad, dentro de las potencias del Eje, el Imperio Japonés fue responsable de crueles prácticas contra otros pueblos asiáticos. El ultranacionalsimo del régimen nipón de los años 30, el supremacismo y el imperialismo que sojuzgó a los países vecinos, crearon el caldo de cultivo idóneo para que tuvieran lugar lo que hoy entendemos como crímenes de lesa humanidad.

Desde finales del siglo XIX, Japón estaba decidido a convertirse en una gran potencia del Asia oriental. Había iniciado las guerras contra China de (1894-1895) y Rusia (1904-1905) que le habían otorgado una posición de potencia dominante. Durante la década de los años 20 se va acrecentando en el país nipón un fuerte sentimiento nacionalista antioccidental, también apoyado en un fuerte militarismo que estalló en la década de los 30.

En 1931, Japón conquistó el noroeste de China, instaurando un gobierno títere bautizado como Estado de Manchukuo, totalmente controlado por Japón. El país del sol naciente protagonizó en este territorio algunas de las páginas más oscuras de la Segunda Guerra Mundial. Una de ellas fue la creación de un departamento destinado a la experimentación y desarrollo de armas químicas y bacteriológicas utilizando a seres humanos como conejillos de indias. Bajo el nombre de ‘Departamento de Prevención de Epidemias y Purificación de Agua del Ejército de Kwantung’, esta división acabó siendo conocida como Unidad 731 o Escuadrón 731, liderada por el médico Shirō Ishii.

Miembros de la Unidad 731 experimentan con un ciudadano chino
Miembros de la Unidad 731 experimentan con un ciudadano chino

Experimentos japoneses en humanos

La deshumanización por la que los nazis llamaban a los judíos seres infrahumanos, o ratas, también estuvo presente en el lenguaje japonés. Los verdugos encargados de la unidad denominaban maruta (troncos), rebajando a la condición de trozo de madera a los seres humanos.

Entre 1932 y 1945, la unidad 731 desarrolló una infinidad de experimentos sobre humanos. Hombres, mujeres, niños y ancianos de diversa procedencia, la mayoría chinos, sufrieron la inoculación de patógenos como la tuberculosis, la viruela, el tifus, el cólera o la peste. También algunos de ellos fueron obligados a mantener relaciones sexuales con otros internos para estudiar la propagación de enfermedades de transmisión sexual.

Las pruebas iban mucho más allá de la mera investigación biológica o bacteriológica. También se realizaron todo tipo de pruebas que podríamos denominar de carácter físico, muchas de ellas centradas en medir la resistencia del cuerpo humano. Algunas de las macabras pruebas consistían en colgar a las víctimas boca abajo o someterlas a un frío extremo para comprobar el tiempo que tardaban en morirse. Congelaciones de las extremidades, radiaciones letales de rayos X, inhalaciones de distintos gases o directamente, el empleo de distintas armas como lanzallamas sobre las víctimas.

En un nuevo paralelismo con los nazis, en agosto de 1945, cuando la guerra estaba decidida, las autoridades niponas ordenaron la destrucción de los complejos y las pruebas incriminatorias de estas unidades. El secretismo de esta unidad, la destrucción de los cadáveres y posteriormente el intento de acabar con cualquier prueba incriminatoria dificultan un conteo fiable, pero sin duda, se debe de hablar de varios miles de personas asesinadas en estos experimentos

Shirō Ishii 

En el marco de este proyecto hubo un cara visible que llegó a ser conocido como el Mengele japonés, en referencia al doctor Josef Mengele, médico que utilizó a los prisioneros de Auschwitz para sus experimentos médicos. Como Mengele, Ishii había estudiado medicina y acabó destinado en el Ejército imperial japonés. En 1927 viajó por Europa y Estados Unidos como agregado militar para estudiar el uso de armas químicas y bacteriológicas.

A su regreso a Japón, consiguió prestigio como epidemiólogo cuando fue capaz de contener un brote de meningitis. Y con la invasión de Manchuria de 1931, Ishii tuvo la oportunidad de llevar a cabo sus experimentos en la unidad 731.

También como Mengele, Ishii no fue condenado en los juicios de la postguerra. El médico alemán había escapado y pasó sus últimos años en distintos puntos de Sudamérica, mientras que el criminal japonés esquivó a los tribunales y llegó a un acuerdo con las autoridades estadounidenses para eludir cualquier tipo de condena en los juicios de Tokio, en los que se juzgó a los criminales de guerra japoneses. Ishii entregó información sobre sus experimentos a los americanos a cambio de inmunidad y pudo permanecer en su país hasta el final de su vida. El responsable de la unidad 731 murió en Tokio el 9 de octubre de 1959 a los 67 años de un cáncer de garganta.

Bibliografía:

Tanaka, Yuki. Hidden Horrors: Japanese War Crimes in World War II

 

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