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¿Es Charles Chaplin el artista más importante del siglo XX?

Lo asombroso de Chaplin es su sensibilidad para captar la deshumanización de nuestra sociedad y su capacidad de mostrárnosla superando el dolor, la amargura, la desesperación o la ira que nos produce.

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Para mí, el artista más importante del siglo XX es Charles Chaplin (1889-1977) . Hace unos años, visité una exposición dedicada a Gómez de la Serna y las vanguardias. Mientras contemplaba los carteles, fotografías y objetos allí reunidos, oí a gente riéndose. Al acercarme, descubrí que estaban viendo un cortometraje de Chaplin, Día de paga (1922), en el que hacía de un albañil al que le arrojaban ladrillos que debía colocar en filas; como cada vez le tiraban más, los recogía con las piernas, los brazos, el cuello...; su habilidad rayaba en lo increíble, a toda velocidad y sin perder la compostura. Los visitantes de la exposición estaban dedicando a ese corto más tiempo que al resto de las obras; se diría que se hubieran olvidado de la provocación de las vanguardias y sus experimentos ya archivados por la historia del arte para morirse de risa con las andanzas del hombrecillo. Chaplin nos hacía disfrutar con una visión humorística y delirante de la explotación laboral. También nos reiríamos de los trastornos que produce el trabajo en cadena –espasmos, descontrol del cuerpo, alucinaciones– en Tiempos modernos (1936). Y, en esa misma película, de cómo se pretende alimentar a los trabajadores con una máquina para robarle unos minutos al descanso.

Lo asombroso de Chaplin es su sensibilidad para captar la deshumanización de nuestra sociedad y su capacidad de mostrárnosla superando el dolor, la amargura, la desesperación o la ira que nos produce. Esto es posible porque su mirada revela el lado humorístico del mal; es decir, que el mal, en tanto trastorno del sentido, de la justicia, de la salud, de la paz, etc., se percibe como un error y, por eso mismo, se vuelve risible: igual que el camarero que, al equivocarse de puerta, choca con el compañero y tira la bandeja con las copas. El mal es una desviación, un fallo; y en la medida en que contraviene la ética más elemental, lo lógico para con lo humano, resulta irracional y ridículo –el absurdo nos divierte–. Así, el diablo se representa cojo o jorobado, imperfecto y torpe en ciertas tradiciones, casi digno de lástima; y así vemos también a Hynkel, alter ego de Hitler (El gran dictador, 1940), cuando juega con el globo terráqueo como con una pelota; su megalomanía nos hace sonreír, incluso compadecerle en su delirio, su locura; esto es, su extravío.

Chaplin tuvo una infancia y una juventud durísimas: una familia pobre y desestructurada, un padre alcohólico que muere pronto, una madre enferma, la estancia en un orfanato, empleos múltiples y mal pagados... Acaso esa experiencia sostiene la moral inquebrantable de sus personajes, que han aprendido a vivir frente a la adversidad producida por la injusticia social, el abuso del más fuerte y la rigidez de las normas. Rara vez lo veremos llorar –inolvidable su impotencia ante los guardianes que le arrebatan a su hijo en El chico (1921), su primer largometraje, que cumple 100 años–. Se nos presenta siempre erguido, firme, manteniendo la calma y las buenas formas que se debe a sí mismo. Su parodia del caballero (el bombín, el bastón, el chaleco, los ademanes, con la levita raída y los zapatos rotos) muestra al mismo tiempo la vanidad de ese glamur y la dignidad inviolable del pobre. Su personaje encarna una respuesta ética; nunca se enfada, no guarda rencor, no duda, no se arrepiente. Delibera veloz entre las opciones posibles y actúa. Da la impresión de que ya antes hubiera pensado y comprendido todo. Conoce la ley que rige la sociedad y los comportamientos de los demás; sabe lo que quiere o necesita él mismo en cada momento. Entendemos su sabiduría y sus acciones no necesitan ser explicadas: la comunicación es inmediata.

Permanente compromiso

En Monsieur Verdoux (1947), afirma que los miles de muertos provocados por una guerra dan prestigio, mientras que unos pocos crímenes condenan al asesino. Esta provocación, entre otras, lo hace blanco de la prensa y la policía norteamericanas, que lo tachan de comunista. Él defiende la libertad de expresión y se refugia en Suiza. Un recorrido por su obra nos muestra el permanente compromiso de un hombre que abordó los temas imprescindibles de su presente, y un humor que nos anima también hoy a la lucha y a la esperanza.

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