El voto femenino, un reclamo continuo

Las acciones de protesta de las sufragistas británicas fueron de las más combativas e impactantes en la lucha por este derecho.

sufragistas

En los países anglosajones, bajo gobiernos liberales que desde el siglo XVIII venían haciendo bandera del respeto a los derechos individuales, los códigos civiles evolucionarían en un sentido más positivo para las mujeres. Así, por ejemplo, en Reino Unido, desde 1882, las mujeres podían disponer de su salario y de sus bienes. Sería este también el país que más pronto se abriría a las profesiones femeninas, incluida la judicatura.

La resistencia, sin embargo, se notaría en la concesión del voto. Reclamado desde mediados del siglo XIX, el proyecto presentado por el filósofo Stuart Mill, apoyado por el sector más liberal del Parlamento, sería contundentemente rechazado por el pleno de la Cámara. Los sucesivos fracasos provocarían la radicalización del sufragismo. Dirigido por las Pankhurst, madre (Emmeline) e hija (Christabel), sus acciones se volvieron cada vez más contundentes: ataques directos a los políticos, huelgas de hambre, encadenamientos, etc.

 

La muerte de una militante, Emily Davison, que hizo patente su protesta arrojándose a los pies del caballo del rey Jorge V en un derbi frecuentado por la alta sociedad, añadió dramatismo a la lucha de las sufragistas. La dureza de esta ponía de relieve la frustración de las militantes, mujeres de clase media y con cierta educación, por la “ofensa” de los gobiernos que, habiendo cedido a las demandas de ampliar el derecho al voto de los hombres, se seguían resistiendo a concederlo a las mujeres.

 

Sufragistas: una amenaza

Esa resistencia se refleja en los sucesivos gobiernos que reprimieron con dureza las acciones del sufragismo: las manifestantes fueron a la cárcel y hubieron de pagar multas, y las huelgas de hambre que emprendieron fueron abortadas por la fuerza. 

Esto muestra hasta qué punto aquellos hombres podían temer –y odiar al mismo tiempo– a las mujeres que no solo ponían en cuestión un modelo de feminidad arraigado en la sociedad burguesa que representaban, sino que hacían tambalearse el privilegio del poder político, social y económico que pertenecía en exclusiva a los hombres. La amenaza de la Primera Guerra Mundial, que se haría realidad en 1914, dividiría al movimiento, de forma que, mientras una mayoría de las militantes se decantaba por dar prioridad a la guerra, invitando a sus compañeras a apoyar a los ejércitos, una minoría se apuntaba al pacifismo. Su argumento era que la guerra –hecha por los hombres– no concernía a las mujeres.

En los años treinta la división se haría aún más patente, por la fracción de sus líderes, que en unos casos darían su apoyo a los tories y en otros a los laboristas. El resultado fue que el voto se retrasó hasta 1927.

 

Retrasos en la concesión del voto

Resulta curioso constatar, por otro lado, que el primer país en reconocer el derecho al voto femenino fue una antigua colonia inglesa, Nueva Zelanda, en 1893. En Estados Unidos, el reconocimiento del voto femenino, en 1920, se plantearía como una recompensa por los esfuerzos y sacrificios llevados a cabo durante los años de la guerra, que ellas también habían contribuido a ganar. En los países escandinavos, el voto de las mujeres, vinculado a la consolidación de la democracia, sería más temprano: Finlandia, el primer país en reconocerlo, lo hizo en 1906, y Suecia, el último, en 1911.

 

Más información sobre el tema en el artículo Las mujeres hacen historia de Isabel Morant.Aparece en el especial MUY HISTORIA, dedicado a Pioneras. Ellas abrieron el camino.

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