El segundo bienio republicano

El segundo bienio republicano, o radical-cedista, se caracterizó por el desmantelamiento de las reformas anteriores y el avance de la derecha.

Gil-Robles con la Minoría Popular Agraria

Las elecciones de noviembre de 1933, las primeras de la Historia de España en las que votaban las mujeres –6.800.000 electoras censadas–, cambiaron de forma drástica el panorama político español. La católica Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), de José María Gil-Robles, se estrenó en las Cortes con 115 escaños, por lo que, a los pocos meses de su creación, se convertía en la primera fuerza política del país. Igual de sorprendente fue el hundimiento de Acción Republicana, el partido de Manuel Azaña, que pasó de 28 a 5 diputados. Los socialistas bajaron de 115 a 58 diputados y los radicales de Lerroux consiguieron 104, diez más que en las anteriores elecciones. Quedó un Parlamento dominado por la derecha y el centro-derecha y muy fragmentado, con 21 partidos, con el que sería difícil gobernar. De hecho, frente a la relativa estabilidad del período anterior, las Cortes del segundo bienio dieron lugar a diez gobiernos distintos, con una media de duración de 72 días.

Entre las razones de este resultado se encuentra el hecho de que la derecha se presentó organizada en coaliciones, que se veían favorecidas por la ley electoral, mientras la izquierda acudía dividida. Se dio, por tanto, una situación exactamente inversa a la de 1931. La influencia del voto femenino ha sido muy debatida y es objeto de polémica entre historiadores: para unos, puede haber inclinado la balanza hacia la derecha debido a la mayor cercanía de las mujeres a la Iglesia (y esta fue, de hecho, la interesante controversia sostenida en las Cortes del primer bienio por la socialista del PRRS Victoria Kent, contraria al voto femenino, y la republicana radical Clara Campoamor, favorable); para otros, los resultados de las elecciones de 1936, en las que también votaron las mujeres y ganó la izquierda, invalidan tal argumento.

A pesar de ser la CEDA el partido más votado, el presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, le encargó la formación del Gobierno a Alejandro Lerroux, del Partido Republicano Radical, una anomalía que se explica por el enorme rechazo que la CEDA y su líder despertaban en la izquierda y el republicanismo en general.

 

Fascismo y nazismo en puertas

José María Gil-Robles no había manifestado su adhesión a la República. Sostenía que las formas de gobierno eran “accidentales” –daban igual mientras le permitieran conseguir sus fines– y, dos meses antes de las elecciones, había asistido como observador al congreso nazi de Núremberg, de donde volvió muy impresionado. Gil-Robles tenía un plan estructurado en tres fases, que explicó en más de una ocasión: primero, colaborar con el Gobierno; después, entrar a formar parte de él; y por último, acceder a la presidencia para, desde allí, modificar la Constitución y anular las reformas del primer bienio. Si este plan no funcionaba, estaba dispuesto a “buscar otras soluciones”, lo que significaba convertir a España en una dictadura como se había hecho en Portugal y Austria.

La CEDA no participó, por tanto, en el Gobierno, pero la aritmética electoral hacía indispensable su apoyo, que Lerroux tuvo que buscar y aceptar y que justificó como la única forma de construir una “República para todos los españoles”. Pero el argumento no convenció y el pacto radical-cedista fue muy mal recibido. Los monárquicos de Renovación Española y los carlistas consideraron que la teoría del accidentalismo de Gil-Robles era una traición a la causa y se dirigieron a la Italia fascista con una petición de dinero, armas y apoyo logístico para conquistar el poder.

 

Más información sobre el tema en el artículo Malos tiempos para el progreso de Rodrigo Brunori. Aparece en el último MUY HISTORIA, dedicado a La II República Española. De la caída de Alfonso XIII a la Guerra Civil.

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