El SAS, primer cuerpo de operaciones especiales

El Special Air Service (SAS), cuerpo de élite del ejército británico, empezó con un grupo de 60 hombres –capitaneados por un loco visionario– empeñados en boicotear las misiones nazis en el norte de África.

Comando del SAS en misión en Túnez (1943)

El lema “Who dares wins” (Quien se atreve gana) es una de las frases preferidas hoy en camisetas inspiracionales, e incluso hay quien se la tatúa en el brazo o el pecho. Pero es posible que no sepa quién la acuñó ni por qué.

Su autor fue un intrépido militar británico que, hastiado de su convalecencia en El Cairo a consecuencia de una herida al tirarse en paracaídas, concibió un arriesgado plan con el que minar el sólido funcionamiento de las fuerzas alemanas del Tercer Reich en África. Su nombre era David Stirling y el cuerpo de militares que iba a crear, el SAS, se convertiría más tarde en todo un mito.

Hoy, el Special Air Service (Servicio Aéreo Especial) es reconocido como el pionero de los cuerpos de operaciones especiales, que sería copiado por multitud de ejércitos. Pero en 1941 apenas era un proyecto personal de Stirling, por el que la burocracia del ejército no mostraba, en realidad, demasiado entusiasmo.

David Stirling era el último de una larga saga familiar de oficiales escoceses al servicio de Su Majestad y había mostrado un temprano interés por las grandes aventuras: estaba preparándose para subir al Everest cuando la guerra estalló, y entonces se decidió a cambiar el Himalaya por el regimiento de los Guardias Escoceses, en el que se alistó. No necesitaría mucho tiempo para encontrar una misión excitante: se presentó voluntario para una unidad llamada Comando 8, que junto con otras del mismo tenor acabaría formando la Layforce (Fuerza de Trabajo), un primer proyecto de unidad especial que tenía la misión de desestabilizar a las fuerzas del Eje interrumpiendo la comunicación entre sus bases y el frente, así como la de realizar intervenciones de asalto rápido, todo ello en el teatro de operaciones del Mediterráneo. Se llegó a plantear que esta unidad se encargara de la invasión de la isla griega de Rodas, que desde el final de la I Guerra Mundial había quedado bajo soberanía italiana. Sin embargo, la idea no se llegó a materializar y poco a poco la unidad fue desmontada, y sus efectivos se desperdigaron en misiones diversas.

El teniente Stirling se sintió frustrado. En su opinión, el Alto Mando había perdido una oportunidad. Estaba convencido de que una fuerza de pequeño tamaño, con soldados altamente motivados y capacidad de moverse rápidamente de un lugar a otro, podía infligir un gran daño al enemigo infiltrándose en el territorio dominado por él para atacar sus bases. Al encontrarse éstas a muchos kilómetros del frente, podían resultar vulnerables ante operaciones relámpago, tan rápidas que, para cuando el grueso de las fuerzas enemigas reaccionara, los comandos británicos ya habrían desaparecido tan aprisa como habían llegado.

Objetivo: las fuerzas alemanas en África

En particular, Stirling estaba convencido de que los aeródromos de las fuerzas alemanas en África podían ser una víctima perfecta para su estrategia. Caminando todavía con muletas tras su accidente en paracaídas, se dedicó a peregrinar por los despachos de los principales mandos del ejército británico en El Cairo para venderles la idea. Harto de soportar negativas, decidió abordar directamente a las máximas autoridades militares y, en un encuentro improvisado, consiguió interesar al general Neil Ritchie, vicecomandante británico en Oriente Próximo, que le facilitó el acceso al comandante en jefe, Claude Auchinleck. Y éste acabó por concederle una pequeña fuerza de sesenta hombres para que pusiera en práctica su plan.

 

Más información sobre el tema en el artículo Quien se atreve gana, escrito por José Ángel Martos. Aparece en el último monográfico de MUY HISTORIA, dedicado a ¿Héroes o locos? Kamikazes y otras misiones suicidas de la II Guerra Mundial.

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