El regreso a España del rey Fernando VII, "el Deseado"

Inició su viaje desde Valençay (Francia) el 14 de marzo de 1814 y ocho días más tarde fue recibido y aclamado en Figueras, Girona, como el legítimo monarca.

Fernando VII

Fernando VII de España (1784-1833), un personaje tan extremo que fue llamado tanto "el Deseado" como "el Felón", fue rey de España entre marzo y mayo de 1808 y, tras la expulsión de los invasores franceses y del "rey intruso" José I Bonaparte (Pepe Botella) y su vuelta al país, nuevamente desde mayo de 1814 hasta su muerte, si se exceptúa un breve intervalo en 1823 en que fue destituido. Hijo, sucesor y usurpador de Carlos IV, que fue depuesto por sus partidarios en el Motín de Aranjuez (17-19 de marzo de 1808), pocos monarcas disfrutaron de tanta confianza y popularidad iniciales por parte del pueblo español. Y ello a pesar de que todos los historiadores coinciden en la actualidad en que fue un pésimo gobernante con una personalidad abyecta. Baste recordar al respecto que, tras ser obligado a abdicar en Bayona por Napoleón Bonaparte y pasar toda la Guerra de Independencia preso en Valençay (Francia), le solicitó a su captor, el emperador francés, que lo adoptara, mediante la siguiente carta: "Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo de S. M. el emperador nuestro soberano. Yo me creo merecedor de esta adopción que verdaderamente haría la felicidad de mi vida, tanto por mi amor y afecto a la sagrada persona de S. M., como por mi sumisión y entera obediencia a sus intenciones y deseos". Como se ve, una persona de principios.

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A pesar de ello, continuaba siendo reconocido como el legítimo rey de España por las diversas Juntas de Gobierno, el Consejo de Regencia y las Cortes de Cádiz. Nació así el mito de "el Deseado" y, tras la derrota de los ejércitos napoleónicos y la expulsión de José Bonaparte, Napoleón le devolvió el trono de España mediante el Tratado de Valençay (11 de diciembre de 1813). A cambio, Fernando VII se comprometía a la paz con Francia, el desalojo de los británicos de la Península y su neutralidad en lo que quedaba de guerra. También acordó conceder el perdón real a los afrancesados, los partidarios de José I. Así, Fernando fue liberado, se le concedió pasaporte el 7 de marzo de 1814 y al cabo de una semana, el 14 de ese mismo mes, partió de la ciudad de su cautiverio en dirección a España. El viaje fue accidentado pero, tras atravesar Toulouse y Perpiñán y cruzar la frontera, fue finalmente recibido el 22 de marzo por el general Copons en Figueras, Girona, donde una multitud lo aclamaría como el legítimo monarca de los españoles.

Sin embargo, poco iba a durar la alegría popular, simbolizada en el famoso grito "¡Vivan las cadenas!" acuñado por sus partidarios más acérrimos. Entre 1814 y 1820, Fernando VII restauró el absolutismo, derogó la Constitución de 1812 y persiguió con saña a los liberales y afrancesados. Tras seis años de guerra, el país y la Hacienda pública estaban devastados, pero los sucesivos gobiernos fernandinos no lograron restablecer la situación. "El Deseado" pronto se reveló como un indeseable, un soberano despótico, calculador y oportunista que sería uno de los que menos satisficieron los deseos de sus súbditos, que pasaron a considerarlo una persona sin escrúpulos, vengativa y traicionera. Rodeado de una camarilla de aduladores, su política se orientó, en buena medida, hacia su propia supervivencia.

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