El primer sueño del oro californiano

Españoles y mexicanos vivieron durante tres siglos en California, hasta que los estadounidenses encontraron oro y los expulsaron de sus tierras.

Alberto Porlan
Buscadores de oro californianos

En otoño de 1535, cuatro españoles que llevaban casi diez años recorriendo a pie los territorios –inexplorados hasta entonces– que se extienden entre el sur de los actuales Estados Unidos y el norte de México, llegaron a las tierras costeras de una nación india del Pacífico mucho más próspera que las que habían conocido hasta entonces en su peregrinación. Allí encontraron turquesas, esmeraldas y oro, que les dijeron procedían del norte, donde había ciudades enteras forradas con gruesas láminas del metal amarillo. Meses después, los cuatro viajeros (Alvar Núñez Cabeza de Vaca y sus tres compañeros, Andrés Dorantes, Alonso del Castillo y el negro Estebanico) tomaron contacto con las avanzadas cristianas de la conquista de México y, durante largas sesiones, contaron lo que habían visto y vivido a lo largo de sus años de peregrinaje, sin omitir, desde luego, las excitantes noticias sobre aquellas ciudades de cúpulas de oro.

Esa información enlazaba vagamente con una leyenda medieval que compartían españoles y portugueses, según la cual siete obispos cristianos habían huido de la península Ibérica tras la invasión árabe, navegando hacia Poniente sin que se hubiera sabido nada más de ellos. De modo que aquellas ciudades de las que hablaban los indios debían de ser las fundadas por los obispos cristianos ocho siglos antes: Cíbola. Ese enlace entre la fábula de los indios y la de los cristianos la propuso el franciscano Marcos de Niza, muy próximo a don Antonio de Mendoza, primer virrey de México. Don Antonio había tomado posesión de su cargo mientras Cortés se embarcaba en el Pacífico con rumbo norte, donde le habían informado que existía un reino muy rico formado sólo por mujeres, como la California del libro de Montalvo.

Coronado llega a Kansas

La expedición de Hernán Cortés no llegó a nada, pero Mendoza supuso que los informes aportados por Cabeza de Vaca coincidían con los de Cortés, así que envió a aquella prometedora California una expedición dirigida por fray Marcos de Niza y guiada por el negro Estebanico, compañero de Cabeza de Vaca en su desmesurado viaje. Fray Marcos volvió sin Estebanico, pero afirmando que había visto a lo lejos las relucientes cúpulas de Cíbola aunque no había conseguido llegar a ellas.

Ante semejante noticia, Mendoza organizó una poderosa expedición doble, por tierra y mar, que partió en 1540. Al mando de la exploración terrestre puso a su hombre de confianza, Francisco Vázquez de Coronado, y al de la naval, a Fernando de Alarcón. Los dos grupos expedicionarios nunca llegaron a encontrarse, pero Coronado siguió su marcha hasta Kansas, en el corazón de lo que después sería Estados Unidos. No encontró ni rastro de las ciudades de oro, así que la penosa empresa –de la que sólo regresó uno de cada tres expedicionarios– resultó frustrante. Y puso en evidencia los embustes de fray Marcos de Niza, que terminó sus días en la ciudad de México despreciado por todos.

Las expediciones marítimas y terrestres continuaron (Cabrillo, Vizcaíno, etc.), pero en 1565 aquellas costas cobraron un nuevo interés cuando Urdaneta consiguió regresar de Filipinas por la ruta del norte, lo que se llamó el tornaviaje. Esto abría un ámbito nuevo para la economía imperial española, pues conectaba dos territorios coloniales a través del Pacífico.

Más información sobre el tema en el artículo Huella hispana en el lejano Oeste, escrito por Alberto Porlan. Aparece en el último monográfico de MUY HISTORIA, dedicado a El salvaje Oeste.

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Etiquetas: Colonización, Estados Unidos

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