El papelón de Italia en el Eje

En un principio, el Duce se convirtió en un modelo para Hitler. Sin embargo, la participación de la Italia liderada por Mussolini apoyando al Tercer Reich en la Segunda Guerra Mundial no sólo fue penosa, sino que adquirió visos de ópera bufa.

El Duce sabía que Hitler quería invadir Polonia y que no podía seguir haciéndose de rogar. Por eso, en mayo de 1939 firmó el Pacto de Acero, que sentaba las bases de un futuro apoyo mutuo en caso de guerra. Solo tres meses después, Hitler firmó un pacto de no agresión con la URSS. Aquel fue un duro golpe para Mussolini, que había forjado su régimen con la promesa de aplastar al comunismo. El Führer ya estaba en condiciones de invadir Polonia, pero el Duce le comentó que prefería retrasar la guerra algunos años. Seguramente el mayor error militar de Mussolini fue creer que Hitler no empezaría la contienda hasta que Italia estuviera preparada. Pecó de ingenuo y pagaría las consecuencias.

El 1 de septiembre, los nazis invadían Polonia y el líder fascista ya podía demostrar el supuesto poderío de Italia. Parecían no preocuparle los aliados, a quienes infravaloraba en público. Calificó a Gran Bretaña de “poder decadente” y aseguró poder hundir su flota en un cuarto de hora. Ni siquiera temía a Estados Unidos, según él incapaz de transformar su economía en una economía bélica. Por supuesto, estaba totalmente equivocado, pues el país que no estaba realmente preparado era Italia, bastante débil y bastante pobre. Aunque hacía tiempo que tenía claro que participaría en la contienda del lado germano, no se lo comunicó a su Ejército hasta principios de abril de 1940, y el 10 de junio de ese año declaró formalmente la guerra al Reino Unido y Francia.

Ese mismo mes de junio se evidenció por primera vez la falta de preparación de su Ejército en la batalla de los Alpes. Mussolini estaba convencido de que, con Francia fuera de combate, Gran Bretaña aguantaría solo unos meses. Ansiaba protagonismo, aprovechar la oportunidad antes de que los británicos se rindieran ante los nazis, así que decidió atacar al país galo, incluso contra la opinión del jefe del Estado Mayor, el mariscal Pietro Badoglio, que quería evitar una lucha contra Francia. Y es que los soldados no estaban preparados para el combate; ni odiaban al enemigo, ni sabían qué guerra les esperaba y, lo más importante, tampoco estaban adecuadamente adiestrados. Aun así, Mussolini hizo oídos sordos y, una semana antes de que Francia firmara el armisticio, desplegó un ataque a gran escala en el frente alpino y unos 86.000 hombres del Regio Esercito cruzaron la frontera. Su objetivo último era terminar con el dominio anglofrancés en el norte de África en favor de Italia y expandir las conquistas italianas hacia los Balcanes –zona de influencia tradicionalmente italiana–, pero se topó con la fiera resistencia de los franceses, que desesperados ante la inminente capitulación combatieron mejor que contra los alemanes. Pese a pequeños logros como la conquista del puerto de Mentón, a nivel territorial apenas logró nada. En realidad, la derrota francesa fue posible porque el país ya estaba prácticamente ocupado por las tropas alemanas, así que se vio obligado a pedir la paz con Italia.

El estreno de Italia en el conflicto había dejado mucho que desear, pero con sus siguientes acciones continuaría evidenciando sus limitaciones.

Fracasos en Grecia y la URSS

Mussolini anhelaba ser el hombre que ganara la guerra y todo apuntaba a que lo creía posible. Así lo prueba que en octubre de 1940, en una acción incomprensible, sin que nadie lo esperara y sin ni siquiera poner a Hitler sobre aviso, ordenase atacar Grecia. Tan unipersonal fue la decisión que hasta el jefe de su Estado Mayor se enteró de la invasión por radio. Con ella pretendía recuperar el honor perdido en los Alpes, reducir la presencia inglesa en el Mediterráneo y contrarrestar la influencia alemana en los Balcanes. Es evidente que infravaloró a las tropas helenas, que humillaron a las italianas haciéndoles retroceder hasta Albania en solo un mes.

La batalla por el Mediterráneo contaba con dos actores principales: la Regia Marina, con potentes y modernas unidades de superficie y destacables submarinos, y la Royal Navy, con sus fuerzas divididas por todos los mares. Pese a todo, los británicos tomaron la iniciativa conscientes de sus ventajas: conocían en parte los planes del Eje, contaban con muchas más reservas de combustible que los italianos y sus buques tenían radar, especialmente importante en los combates nocturnos. Pero su mayor baza era que, a diferencia de los italianos, poseían aviación naval y suficiente coordinación con la aviación en tierra. En este contexto, en noviembre de 1940 atacaron de noche a la flota italiana anclada en la base de Tarento. Y a finales de marzo de 1941, lo hicieron de nuevo en otro enfrentamiento nocturno que marcaría un punto de inflexión: la batalla del cabo Matapán, al sur de la península del Peloponeso. Bajo las órdenes del almirante Andrew Browne Cunningham, la acción combinada de la aviación y de la Royal Navy dio la victoria a los británicos. La Marina italiana quedó seriamente dañada y aún hoy se discuten las polémicas órdenes dadas por su líder, el almirante Angelo Iachino. Dicha tragedia naval fue de tal magnitud que supuso el fin de la hegemonía italiana en el Mediterráneo. Desde entonces se vería obligada a una actitud meramente defensiva, mientras la flota británica se convertía en dueña y señora del Mare Nostrum.

Estaba claro que los italianos no podían con los griegos, así que en abril de 1941 Hitler envió fuerzas al archipiélago para sacar a Mussolini del apuro. Dos semanas bastaron a los alemanes para imponerse y arreglar la “chapuza” que Italia había empezado.

 

Más información sobre el tema en el artículo La contribución italiana al fracaso del fascismo de Laura Manzanera.Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a El Eje del mal. Alemania, Italia y Japón a la conquista del mundo.

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