El papel determinante de la Universidad contra el franquismo

La universidad de los años sesenta sirvió de vaso comunicante de todas las corrientes de cambio, a izquierda y derecha, de la nueva oposición antifranquista, que terminaría por extenderse y consolidarse socialmente fuera de ella.

Las bases del crecimiento económico español de los años sesenta estaban sujetas a la ayuda norteamericana en la Guerra Fría. El Plan de Estabilización de 1959, auspiciado por el Fondo Monetario Internacional, afianzó la liberalización económica de la dictadura. La oposición antifranquista comenzó entonces a mostrar un cambio de registro, forzada por la salida del aislamiento internacional del régimen y por la nueva composición de la sociedad española. A diferencia de los años cuarenta, se encontraban frente a una movilización con un amplio apoyo social, dirigida contra los primeros efectos de la crisis económica, el encarecimiento de la vida por la inflación y su impacto en las zonas de las ciudades más deprimidas, algo que había demostrado la huelga de tranvías de Barcelona de 1951. Esa situación, unida a la problemática de los pactos y alianzas en la clandestinidad, bloqueados constantemente por las organizaciones del exilio, forzaron un cambio de las estrategias políticas del interior, cambio en el que la Universidad jugó un papel determinante.

Manifestación de estudiantes
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El primer paso fue concluir la experiencia de la guerrilla antifranquista. Los socialistas, que aún mantenían agrupaciones defensivas en la zona asturleonesa, fueron evacuados en 1948. Dos años mas tarde lo hicieron los comunistas, con mayor presencia y capacidad, pero igualmente aislados y desvanecidos tras el fracaso de la intervención aliada. El Comité Central del PCE iniciaba los pasos en la aplicación de una nueva línea estratégica: la llamada «Política de reconciliación nacional para el cambio político en España», que fue presentada oficialmente en 1956. La situación había dado un giro inesperado precisamente al comienzo de ese año. Los estudiantes irrumpieron con fuerza, mediante una serie de incidentes y huelgas con grandes repercusiones en el seno del franquismo y que terminaron alterando la composición de fuerzas de la propia oposición clandestina.

La primera protesta estudiantil grave se produjo en febrero de ese año en la Universidad Central de Madrid. Iba dirigida contra el Sindicato Español Universitario (SEU), el único permitido y que hasta el momento había ejercido sin problemas el control en las elecciones de los representantes estudiantiles. Además de cuestionar sus listas, intentaron convocar un Congreso Libre de Estudiantes «por la democratización de la universidad». Ambas peticiones desembocaron en graves enfrentamientos entre estudiantes en las calles madrileñas que se saldaron con la muerte de un joven falangista y la detención de los organizadores de la protesta. Los sucesos tuvieron mayor impacto aún. El 10 de febrero, la Universidad era cerrada. Franco cesó al rector, Laín Entralgo, al ministro de Educación, Joaquín Ruiz Giménez, y a Raimundo Fernández Cuesta de la Secretaría General del Movimiento. Con ello la Universidad se daba definitivamente por perdida por el franquismo, el SEU quedaba desarticulado y la contestación universitaria se convertiría en una constante a partir de entonces.

Movilización de masas

Las huelgas de estudiantes de ese año permitieron acelerar los contactos de la izquierda con los distintos grupos de oposición dentro y fuera de la Universidad, ya que la mayor parte de los líderes liberales, monárquicos y de la Democracia Cristiana procedían del medio universitario. De ese modo, la Universidad de los años sesenta sirvió de vaso comunicante de todas las corrientes de cambio, a izquierda y derecha, de la nueva oposición antifranquista, que terminaría por extenderse y consolidarse socialmente fuera de ella.

En primer lugar, las huelgas de estudiantes permitieron a los socialistas salir de su ámbito tradicional en Madrid y Barcelona y acercarse a la política de movilización de masas impulsada por los comunistas. Para estos, la lucha de masas era el nuevo horizonte que abriría el cambio político, que pasaba, fundamentalmente, por la agitación en el mundo laboral y el estudiantil. En este resurgir de la contestación obrera desempeñaron un papel esencial los círculos cristianos de base organizados alrededor de la Juventudes Obreras Católicas (JOC), la Hermandad de Obreros Acción Católica (HOAC) y la Unión Sindical Obrera (USO), que tenían su origen básicamente en los ámbitos universitarios. Las figuras principales que liderarían los primeros grupos de oposición universitaria también procedían, como en los sucesos de 1956, de la propia evolución interna del franquismo y del descontento de importantes sectores intelectuales en su seno. Dionisio Ridruejo lideraba un pequeño pero influyente grupo que hacía de puente con la Democracia Cristiana; Alfonso Prieto, el «alma de la HOAC», tenía mucha influencia y mayor libertad de acción en los medios obreros, y el profesor Tierno Galván, en Salamanca, que también se encuadraba inicialmente en la Democracia Cristiana, terminaría fundando el PSI (Partido Socialista del Interior) tras su enfrentamiento interno con los jóvenes socialistas de la Agrupación Socialista Universitaria (ASU), que no gozaban del apoyo de la dirección del exilio socialista en Francia, a pesar de los movimientos de Antonio Amat, Guridi, por atraerlos a todos. La hegemonía de los comunistas en el medio universitario, representada por la llegada al interior de Jorge Semprún (Federico Sánchez), se materializó en una constante agitación y una fuerte implantación, a pesar de las críticas en los medios intelectuales de toda Europa tras la ocupación soviética de Hungría. Una Universidad, la española de los años sesenta, en la que, en definitiva, estaba representada toda la oposición de amplio espectro: los liberales y los monárquicos opuestos a Franco –que en 1962 dirigirían también el encuentro de Múnich con todas las ramas del exilio (aunque no acudieron los comunistas)–, antiguas figuras republicanas, la CNT y los nacionalistas vascos y catalanes.

Los grises en la universidad

Su impacto se hizo notar en varias universidades españolas, aunque principalmente en las de Madrid y Barcelona, donde pronto aparecieron grupos clandestinos como FUDE (Federación Universitaria Democrática Española). En el curso 1963-1964, los representantes elegidos por los estudiantes en las universidades de Barcelona y Sevilla proclamaron su desobediencia a los cargos del SEU. Al año siguiente la protesta se extendió a Madrid y a otras universidades que exigieron, por primera vez, la reforma y la autonomía universitaria. A partir de ese momento, la protesta ganaría mucha fuerza en la Universidad catalana, con una considerable implantación obrera e industrial, pero también con mayor influencia de los planteamientos contraculturales que se difundían por Europa en ese momento y con una fuerte impronta nacionalista al mismo tiempo. Dos años después de las protestas universitarias en solidaridad con la huelga de Asturias de 1962, la Asamblea de Estudiantes de Económicas de Barcelona se convirtió en «permanente», iniciando una labor de análisis público en la que trataban de enfocar los problemas de la Universidad no como una demanda particular o aislada, sino como consecuencia y reflejo de los problemas de todo el sistema político de la dictadura.

El movimiento universitario antifranquista alcanzó un punto álgido en la llamada IV Asamblea Libre, celebrada en Madrid del 18 al 22 de febrero de 1965, que culminó con una gran manifestación el día 24 en la capital con cientos de detenciones. En respuesta, más de mil intelectuales españoles firmaron una carta dirigida al ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, reclamando «libertad de asociación y de sindicación, libertad de expresión e información, derecho a la huelga y libertad para los represaliados, así como rehabilitación de los estudiantes expedientados» en esta asamblea. Al comienzo del curso siguiente, estas reivindicaciones contaron, por primera vez, con el apoyo expreso y público de varios catedráticos en activo. La respuesta no se hizo esperar. Fueron expulsados de la universidad los profesores Tierno Galván, Agustín Garcia-Calvo, José Luis López-Aranguren y Santiago Montero Díaz. Su expulsión y pérdida de condición sirvió para que, a mediados de marzo de 1966, se constituyera en Barcelona el primer Sindicato Democrático de Estudiantes Universitarios (SDEU), resultado de un congreso celebrado en el convento de los frailes capuchinos de Sarriá con presencia de profesores muy representativos de las diversas tendencias políticas de la oposición, que iban del anarquismo de García Calvo al socialismo de Tierno, el PSUC, representado por Manuel Sacristán, o el catalanismo de Rubió.

Desde 1967, las fuerzas de orden público —los conocidos «grises»— estaban destacadas de manera permanente en las universidades de Madrid y Barcelona; dentro de las aulas estaban los agentes más jóvenes de paisano, pertenecientes a la Brigada Político Social, siendo el caso más conocido de la policía política en la Universidad el de Francisco Pacheco, Billy el Niño, destacado en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, aunque no el único. A pesar de los expedientes, el fin de las prórrogas de estudios, la incorporación directa al servicio militar, las sanciones, las detenciones, las multas e inhabilitaciones del Tribunal de Orden Público, las condenas a prisión o los destierros, la agitación estudiantil continuó, espoleada con fuerza por la oleada de revueltas juveniles que recorrieron el mundo en mayo de 1968.

En enero de 1969, el Rectorado de la Universidad Central de Barcelona fue asaltado por los estudiantes, en un acto que motivó el cierre total de la universidad. El 19 de enero fueron detenidos en Madrid varios estudiantes del Frente de Liberación Popular (FLP): Dolores González, Abilio Villena y Enrique Ruano. Este ultimo, estudiante de cuarto de Derecho, fue conducido a un registro domiciliario durante el cual recibió un disparo por agentes de la BPS, que más tarde lo arrojaron por la ventana de un séptimo piso tratando de simular así su suicidio. Otro estudiante madrileño, Ignacio Larrazola, murió de un disparo en las manifestaciones de protesta convocadas tras el asesinato de Ruano. El día 24 se declaró en todo el país el estado de excepción, que terminaría con la ilegalización de CC OO y del Sindicato Democrático de Estudiantes Universitarios (SDEU).

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