El ocaso de los Romanov

A principios del siglo XX, Rusia vivía anclada en el pasado, representado por la dinastía Romanov, una situación insostenible que propició el germen de la revolución.

La familia Romanov en 1913

En la segunda mitad del siglo XIX, el Imperio ruso amplió sus fronteras en una expansión territorial que parecía imparable. Sin embargo, esta expansión no fue acorde a un parejo desarrollo social y económico del país, que permanecía anclado a estructuras más próximas a la Edad Media que a los nuevos tiempos que comenzaban a vivirse en el resto de Europa.

A pesar del inmovilismo imperante, se produjeron algunos gestos que hicieron albergar ciertas esperanzas de cambio. En 1861, el zar Alejandro II firmó un edicto que suprimía la figura de la servidumbre que, desde tiempos inmemoriales, había mantenido a los campesinos sometidos a los grandes señores, propietarios de inmensos latifundios. La nueva legislación abolió el derecho de propiedad que los antiguos amos habían ejercido sobre las vidas y haciendas de los mujiks, los campesinos apegados a la tierra desde hacía generaciones. Sin embargo, bajo la apariencia de la libertad recién alcanzada pervivieron los viejos problemas de siempre.

Los lazos jurídicos que los ataban al señor desaparecieron, permitiendo su libertad de movimientos pero generando a su vez una gran masa de mano de obra ociosa a la que, para sobrevivir, no le quedó más remedio que aceptar duros trabajos en la industria a cambio de sueldos de miseria. A los que optaron por permanecer en la tierra que siempre habían trabajado con sus propias manos, el reparto de parcelas organizado por el gobierno se les quedó corto. Los terrenos que les correspondieron no sirvieron para cubrir las necesidades básicas de una economía de subsistencia. Los grandes señores tampoco se mostraron satisfechos con la nueva situación: habían perdido una sometida mano de obra esclava y las indemnizaciones otorgadas por el gobierno fueron consideradas insuficientes.

Las reformas introducidas por Alejandro II abarcaron otros ámbitos, creándose dumas (parlamentos) municipales que en teoría debían servir para escuchar los problemas de los campesinos y aportar soluciones, pero que en la práctica fueron controladas por los antiguos señores, que las utilizaron para seguir ejerciendo de caciques que imponían su voluntad en un sistema paternalista de abusos.

La frustración ante las promesas incumplidas acabó generando un clima contestatario que puso en grave peligro el sistema autocrático, en cuya cúspide se encontraba la figura del zar. La creciente oposición halló un clima propicio en las clases menos favorecidas y en la burguesía creciente de las ciudades, sectores de la población que hicieron oír sus voces reclamando la cuota de poder que les correspondía.

Desigualdad insostenible

Lejos de escuchar estas justas demandas, Alejandro II y sus sucesores –Alejandro III y Nicolás II– las ignoraron y buscaron el apoyo de los nobles y los grandes terratenientes, las fuerzas más reaccionarias de la anquilosada sociedad rusa. Al mismo tiempo, se recurrió de nuevo al uso de los viejos métodos represivos para sofocar cualquier tentativa subversiva. En este contexto, la proclamada independencia de los jueces era una falacia, la censura de los medios de comunicación reforzó sus controles y las universidades estaban infiltradas de agentes y confidentes de la temida Ojrana, la policía política del régimen zarista.

En el campo, la situación distaba mucho de haber mejorado. Las tímidas reformas introdujeron algunas técnicas modernas de explotación para lograr mejores cosechas, pero no se consiguió acabar con las hambrunas cíclicas que asolaban el medio agrario ruso. El sector industrial tampoco alcanzó un despegue definitivo y adolecía de graves defectos. Por un lado, un alto porcentaje de las grandes empresas y los bancos estaban controlados por capital extranjero, mientras que las fábricas se concentraban en zonas muy concretas del país, especialmente en los alrededores de San Petersburgo y Moscú y, en la región del Bajo Don, en Ucrania y en Bakú, mientras el resto del país seguía siendo eminentemente rural.

 

Más información sobre el tema en el artículo Decadencia de la Rusia zarista, escrito por José Luis Hernández Garvi. Aparece en el último monográfico de MUY HISTORIA, dedicado a De Lenin a Putin. 100 años de la Revolución rusa.

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