El uso del anonimato no depende de guerras

Son muchos los autores que en el pasado se han refugiado en el anonimato o en nombres falsos para ejercer su profesión libremente. Hoy todavía se utilizan.

El misterio del anonimato y los seudónimos continúa vivo
El anonimato ha estado siempre presente en la historia de la literatura. Imagen: Getty images.

El misterio en la literatura no solo se encuentra en las páginas de los libros, si no en todo aquello que los rodea: desde el autor que lo escribe hasta la forma en la que llega al lector.

En el pasado, diversas escritoras han cogido prestados nombres masculinos para escapar de los prejuicios que en su época se tenía contra las mujeres. Por ejemplo, las hermanas Bronte, Charlotte, Emily y Anne Bronte, usaron los nombres de Currer Bell, Ellis Bell y Acton Bell; Jane Austen firmaba con “by a Lady” o “by the author of Sense and Sensibility. Pero también se dan casos de autores contemporáneos que abandonaron temporalmente su propia identidad para crecer en géneros diferentes de aquellos por los que fueron conocidos: Agatha Christie escribió novelas románticas bajo el seudónimo Mary Westmacott o J.K Rowling, se convirtió en Robert Galbraith para escribir novela negra.

Hoy no existe una guerra de la que huir, sin embargo, en nuestros días, Internet y el uso de las redes sociales nos han hecho redescubrir el papel de lo desconocido.

 

Una breve historia del anonimato en la literatura

La tradición de los autores anónimos es casi connatural al nacimiento de la literatura: La Epopeya de Gilgamesh, Las mil y una noches, La saga de Erik el Rojo y Relatos de un peregrino ruso son solo algunos ejemplos de obras sin nombre de autor.

En la Edad Media, por ejemplo, se consideraba que las obras no eran de nadie, porque todos los miembros de una comunidad participaban en su elaboración: sumaban, cortaban o modificaban aquello que les llegaba a sus oídos. En la literatura española, el Cantar del mio Cid, compuesta en torno al año 1200, y La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (1554) son los mejores ejemplos de esta práctica.

Entre los autores que se refugiaron en el anonimato o en el uso del seudónimo nos encontramos por ejemplo con Leandro Fernández de Moratín (Inarco Celenio), Mariano José de Larra (El Duende, Juan Pérez y Fígaro), Leopoldo García-Alas y Ureña (Clarín) o José Augusto Trinidad Martínez Ruiz (Cándido, Fray Luis, Juan de Lis… y su seudónimo más conocido: Azorín).

El misterio del anonimato y los seudónimos continúa vivo
Retrato de las hermanas Bronte. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Las escritoras sin nombre

El caso de las mujeres merece un espacio aparte y es que antes el anonimato y el uso de seudónimos eran una elección obligada para muchas de ellas, ya que debían recurrir a nombres masculinos para poder publicar sus propios textos y garantizar que se tomaran en consideración.

Cecilia Böhl de Faber utilizó el seudónimo de Fernán Caballero, nombre cogido de una localidad de Ciudad Real; María Lejárraga firmaba con el nombre de su marido, Gregorio Martínez Sierra. En algunas ocasiones, las escritoras recurrían a lemas, como el caso de Teresa Martínez que firmaba como “Una amiga de la humanidad”; en otros se ponían nombres de plantas, como Concepción Galarraga, que firmaba como “Flora del Valle”; o incluso de animales, como Enriqueta González Rubín, que firmaba como “Galllina ciega”.

 

La  Guerra Civil española y la censura que se impone durante el franquismo implicó una particular dureza contra la mujer, acentuando una serie de reglas morales que la dejaban en un lugar casi invisible en la vida social.

 

La era digital y la muerte del autor

Hoy, las redes sociales han devuelto el anonimato a primera línea. El filósofo y escritor Roland Barthes insitía en su célebre manifiesto de 1967 que no importaba quién había creado una historia, porque el lector no tenía la necesidad de saberlo ni para disfrutarla ni para interpretarla:  “El nacimiento del lector tiene como precio la muerte del autor”, aseguraba. El sociólogo y filósofo Michel Foucault, en la misma línea, decía que "al autor le corresponde el papel de muerto en su escritura".

Ninguno de estos dos autores conocieron Internet, pero lo cierto es que en este medio se tiende a favorecer el uso del anonimato: todos estamos acostumbrados a usar un nombre de perfil, falso o no, con el que nos presentamos y comunicamos en el mundo virtual. Esta línea también se mantiene en la literatura y en el marketing tiene mucho que ver.n En ocasiones, las casas editoras aconsejan su uso porque el ocultamiento del 'yo' sorprende a un lector habituado a un contexto social en el que el individuo es el centro de todo.

El misterio del anonimato y los seudónimos continúa vivo
El Lazarillo de Tormes, de autor anónimo, se considera uno de los máximos exponentes de la literatura picaresca. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Este fue el caso, por ejemplo, de Stephen King, autor que bajo indicaciones de su editor decidió publicar seis novelas con el nombre de Richard Bachman. Es curioso cómo tras ser descubierto, el autor hizo morir a su creación de cáncer para poder honrar a su memoria en novelas posteriores.

La historia de Doris Lessing también resulta llamativa. Autora de El cuaderno dorado y Premio Nobel de Literatura en 2007, publicó Si la vejez pudiera y Los diarios de Jane Somers bajo el seudónimo de Jane Somers. La escritora no quería demostrar nada sobre su habilidad narrativa pero quería divertirse un poco a costa de sus editores, que habían rechazado sin dudar los originales. Al final, Lessing logró publicarlos. “Quería demostrarles que el rechazo a veces no tiene nada que ver con la calidad del libro ni con el talento del autor, sino que responde a un mecanismo automático. Como no tienen un nombre conocido, nadie les presta atención”, explicaba.

Lo cierto es que los años pasan y los motivos para usar estas técnicas se adaptan a las circunstancias. Cada día es más frecuente encontrarse en las librerías y bibliotecas libros que solo ofrecen una pequeña información de su contenido, en algunas ocasiones hasta cubiertos con un papel opaco que impide ver cualquier detalle. Pero, ¿importa?

 

En Romeo y Julieta, Shakespeare hace reflexionar a Julieta sobre el significado del nombre: "¿Qué es un nombre? Aquello que nosotros llamamos rosa, con cualquier otro nombre conservaría su dulce aroma”.

 

Emma Fernández

Emma Fernández

Periodista especializada en ciencia y tecnología y graduada en Lenguas Modernas y sus Literaturas (Italiano).

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