El extraño caso del secuestro del hijo de Lindbergh

Fue llamado por la prensa "el crimen del siglo". El bebé fue hallado muerto y el 19 de septiembre de 1934 se detuvo al principal sospechoso, Bruno Hauptmann.

El caso Lindbergh

El secuestro y posterior asesinato de Charles Augustus Lindbergh Jr., el hijo de 20 meses de edad del famoso aviador estadounidense Charles Lindbergh y la escritora Anne Morrow, fue uno de los sucesos más publicitados del siglo XX. La prensa de la época lo bautizó como "el crimen del siglo", apelativo que se extendió al posterior proceso penal ("el juicio del siglo"), y fue tal su repercusión que dio lugar a un cambio legal: espoleado por el caso, el Congreso de EE UU aprobó la Ley Federal de Secuestro –conocida popularmente como Ley Lindbergh–, que establece que el traslado de la víctima de un secuestro de un estado a otro es un delito federal. El crimen quedó oficialmente resuelto con la ejecución del único acusado, Bruno Richard Hauptmann, pero las dudas sobre su culpabilidad (que él negó hasta el final) han dado lugar a numerosas especulaciones a lo largo de los años.

El secuestro tuvo lugar el 1 de marzo de 1932. Ese día, en torno a las 22:00 h, la nodriza de la aristocrática familia Lindbergh, Betty Gow, descubrió vacía la cuna en la que dormía el bebé, que era el primer hijo del matrimonio (luego tendrían seis más). Dada la fama del padre de la criatura –por entonces, Lindbergh era todo un héroe nacional, tras haber sido el primer piloto en cruzar el Atlántico en solitario y sin escalas en 1927–, junto a la policía y el abogado de la familia compareció en la casa enseguida una multitud de periodistas; el caso fue lo que hoy llamaríamos un boom mediático y copó las portadas de los diarios. Poco después, el secuestrador contactó a través de un intermediario con los Lindbergh y les exigió el pago de 50.000 dólares en certificados de oro para recuperar al pequeño. La suma fue satisfecha por el aviador y su mujer, pero el niño no sería devuelto. El 12 de mayo, en un bosque cercano a la casa, se halló su cadáver, desnucado por un fuerte golpe.

La investigación entró pronto en punto muerto, pero el caso no fue archivado; Lindbergh era lo suficientemente influyente como para evitarlo. Más de dos años después, el 18 de septiembre de 1934, un hombre pagó en una gasolinera con un certificado de oro y el encargado, al que le pareció sospechoso, anotó la matrícula del vehículo y llamó a la policía. Sin ninguna otra prueba concluyente, al día siguiente fue arrestado el pagador, un carpintero y ex convicto de origen alemán llamado Bruno Hauptmann, que negó desde el principio cualquier relación con los hechos. Pero la manipulación de los medios de comunicación, que lo calificaron de inmediato como "el hombre más odiado del mundo" y lo cubrieron de insultos ("reptil asqueroso", "monstruo sin entrañas"), y la conmoción en la opinión pública estadounidense sentenciaron a Hauptmann de antemano.

El juicio se celebró entre enero y febrero de 1935. La mayoría de las pruebas contra el acusado eran meramente circunstanciales –sin trabajo desde la Gran Depresión, había cometido pequeños robos– y sus coartadas resultaban bastante sólidas; la más endeble era la explicación de los certificados de oro hallados en una caja en su garaje, que dijo que había dejado allí un amigo suyo alemán, Isidor Fisch, muerto en marzo de 1934. Hauptmann fue finalmente declarado culpable de homicidio en primer grado, condenado a muerte y ejecutado en la silla eléctrica. Su viuda, Anna, siguió defendiendo su inocencia toda su vida. A finales del siglo XX, el caso volvió a ser objeto de escrutinio y se destaparon numerosas irregularidades: pruebas falsas amañadas por los reporteros sensacionalistas y la policía, un supuesto testigo presencial que resultó ser ciego, violencia e intimidación policial, manipulación de la causa de la muerte del pequeño Lindbergh (probablemente accidental)... Sin conclusiones definitivas, se ha especulado con dos posibilidades: que Hauptmann contase con cómplices en el entorno familiar de Lindbergh o que, simplemente, fuese un chivo expiatorio.

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