El eterno retorno de las brujas

Las brujas, un tema tan antiguo como controvertido, cobran vigencia hoy a la luz de los numerosos ataques perpetrados contra el género femenino; en particular, debido al aumento del feminicidio y, en países como Sudáfrica, Tanzania, Nigeria, Ghana, Kenia o la India, por el retorno a la caza de brujas.

La figura de la bruja –la hereje, la curandera, la partera, la envenenadora, la adivina, la prostituta, la mujer emancipada– parece cobrar fuerza en el imaginario colectivo de una sociedad cuyos medios de comunicación nos salpican a diario con noticias tan escalofriantes como el asesinato de mujeres por sospechas de brujería, impulsado por movimientos de justicia popular. La aparición en la República Democrática del Congo de los bajakazi, una especie de predicadores –en su mayoría mujeres– que afirman tener el poder de “detectar brujas”, o la existencia en Ghana de “campos de brujas”, antesalas de la muerte donde todo tipo de mujeres marginales pasan sus últimos años de vida tras ser acusadas y repudiadas por sus familiares y vecinos, son casos de brutal actualidad. Está claro que este tipo de cacerías está lejos de ser algo del pasado, teniendo en cuenta que en algunos países como Arabia Saudí continúa vigente la pena de muerte por este “delito”.

Surge entonces la pregunta obligada: ¿cómo es posible que, en pleno siglo XXI, existan cazadores de brujas? ¿Cómo explicar que, durante siglos, miles de mujeres hayan sido juzgadas, torturadas y ejecutadas, acusadas de ser portadoras de epidemias para los hombres y para el ganado, de poseer poderes sobrenaturales y actuar sobre las fuerzas de la naturaleza, de tener tratos con animales salvajes, de practicar el culto al diablo...? Todo parece sacado de un relato fantástico o simplemente de un mal sueño. Pero ¿es lo fantástico lo contrario de lo real?

Brujas
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A menudo, pasa desapercibida la importancia que tuvo la caza de brujas para establecer el papel de la mujer en la sociedad actual. Hoy en día continuamos utilizando la palabra «bruja» como insulto a aquellas mujeres que no siguen un patrón tradicional. Pero ¿quiénes eran estas brujas? Bruja era toda mujer que practicase la sexualidad fuera de los vínculos del matrimonio y la procreación, que osara desempeñar un rol impropio de su género o que no acatara las normas sociales de su época.

Si examinamos este hecho desde el punto de vista académico, comprobamos que la caza de brujas continúa siendo uno de los fenómenos menos estudiados por la historia, en parte –según la opinión de Silvia Federici, una de las escritoras más reconocidas del feminismo anticapitalista, en su libro Calibán y la bruja (Autonomedia, 2004)– debido a la trasnochada indiferencia de los historiadores hacia este genocidio. Lo cierto es que un número tan elevado de mujeres no podrían haber sido masacradas de no ser porque planteaban un desafío a las estructuras de poder, lo que convierte a la caza de brujas en un fenómeno al que debemos regresar de forma reiterada –afirma Federici– si queremos comprender la misoginia que aún caracteriza la práctica institucional y las relaciones entre hombres y mujeres.

El desencadenante de semejante violencia, contemplado desde una perspectiva de género, tiene en su origen el antiguo pensamiento misógino, heredado de una tradición que hunde sus raíces en el mundo clásico y que, aplicado a lo largo de los siglos, ha resultado ser un eficaz mecanismo de control social sobre las mujeres.

El origen de la misoginia

Las raíces históricas del universal antifemenino se hunden en el mundo de los héroes clásicos, en sociedades como la griega o la romana de las que somos deudores, en las que los valores se conforman de acuerdo con el arquetipo del varón guerrero y el papel de la mujer se ve reducido a la reproducción y las labores domésticas. Se entiende de esta manera que, en nuestra tradición cultural, el ansia de perfección espiritual de los hombres haya aparecido unida demasiadas veces a un menosprecio absoluto de la mujer.

Este sería el momento de hacer una reflexión sobre cómo la sociedad termina configurándose alrededor de unos valores masculinos excluyentes. Y es que ya los griegos imaginaron una época dorada en que los hombres vivían sobre la tierra lejos del mal y de las enfermedades. El panorama que el autor griego Hesíodo (Trabajos y días, 90-92, 112-116) nos presenta en el siglo VIII a.C. no puede ser más idílico: los hombres vivían como dioses. Por desgracia, la situación cambió totalmente y la causa de esta catástrofe sin precedentes tiene nombre: Pandora, la primera mujer. Pandora representa el fin de una época que también el filósofo griego Platón (Político, 271a) plasmó en el mito de la época feliz de Crono, la Edad de Oro, en la que los hombres nacían de la tierra, tiempos gloriosos libres de génesis humana en cuyo transcurso las cosas parecían inmutables, siempre perfectas y no contaminadas por el nacimiento y la muerte humanas; en suma, tiempos de hombres no degradados en tanto que no nacidos de mujer.

Pero si hay un texto importante para comprender el significado profundo de la misoginia occidental, ese es el De opificio mundi de Filón de Alejandría. Este filósofo judío helenístico, contemporáneo al inicio de la era cristiana y seguido más tarde por gran parte de los padres de la Iglesia, podría estar en el origen de una tradición misógina secular que mantiene vivo el concepto de incapacidad femenina. Dicho concepto dio pie a que teólogos, médicos y políticos de épocas posteriores justificaran la sumisión de la mujer a la potestad del varón basándose en su debilidad mental. Lo cierto es que los autores cristianos son en buena medida responsables de la sexualización de la historia de la caída, con Eva actuando de tentada y tentadora, y los textos judíos anteriores a la redacción del Nuevo Testamento marcaron un camino por el que después muchos transitaron con total y sospechosa tranquilidad. Sabíamos que había un infierno, pero su geografía nos fue desconocida hasta que un violento padre de la Iglesia –Tertuliano– descubrió su puerta en cierto lugar entre los muslos de las mujeres.

Esta fragilidad, esta suerte de incapacidad femenina, reflejada en los textos clásicos y medievales y refrendada por el derecho romano, abarca todos los aspectos de la condición femenina determinando su exclusión de los officia publica (cargos públicos), que, por ley, quedan reservados para los hombres (officia virilia); entre ellos, los más importantes desde el punto de vista de la persecución a la que han sido sometidas las mujeres: el culto religioso y la medicina. Su participación en estos ámbitos les acarrea el calificativo de magas o hechiceras y, en muchos casos, la muerte.

El saber femenino como revolución

Si admitimos que la magia encierra un conjunto de creencias y ritos de carácter sobrenatural, constituyendo –como afirma George Luck en su Arcana Mundi. Magia y ciencias ocultas en el mundo griego y romano (Gredos, 1995)– “una técnica cuya creencia se basa en poderes localizados en el alma humana y en el universo, más allá de nosotros mismos”, o, dicho con otras palabras, “una creencia en los poderes ilimitados del alma”, podemos aseverar igualmente que la magia era concebida como algo real y tangible por nuestros antepasados. La creencia en las prácticas mágicas queda atestiguada por diversas fuentes en la Antigüedad clásica y, más aún, en la literatura, por lo que posiblemente su práctica fuese algo común. A esto se suma la existencia de restos arqueológicos tales como las tablillas de defixio o maldición, los amuletos y los papiros mágicos, auténticos compendios de magia donde se recogían fórmulas y hechizos que pretendían controlar la naturaleza. Y, aunque la sociedad cristiana se mostró siempre contraria a estas costumbres, tenidas por bárbaras o extranjeras, aparecen como mecanismos usuales en prácticas tan cotidianas como la medicina o en ritos propios de la ciudad, pero siempre asociadas a mujeres. Mujer, magia y medicina aparecen relacionadas en un principio.

No olvidemos mencionar la dificultad que existe a la hora de distinguir magia, religión y medicina en la Antigüedad, pues con frecuencia unas intervenían y coincidían con otras. La magia colaboró en el desarrollo de la ciencia, reuniendo –como decía el escritor latino Plinio el Viejo (Naturalis Historia , XXX, 1-2)– “las tres grandes artes que tienen poder sobre el espíritu humano: la medicina, la religión y la astrología”. En particular, la magia médica resulta de gran interés como forma de sanación más allá de la practicable, centrándose mayormente en el tratamiento de enfermedades de carácter psicológico, como forma de protección para individuos o el hogar, mediante amuletos o mediante fórmulas mágicas, para las tumbas y los muertos (contra posibles profanaciones), y el conocido fenómeno de la devotio, acción por la que se pactaba con fuerzas divinas su intervención favorable contra un enemigo. Un amplio catálogo, que puede consultarse en La magie dans l´Antiquité, de Michaël Martin (Ellipses, 2012), al que podemos añadir los maleficios para eliminar a un individuo, cuya ritualización aparece en los papiros mágicos; los encantamientos para atraer a una persona con fines eróticos mediante los agogai y los philtrokatadesmoi; la confección de figurillas que representaban a individuos y que, a menudo, eran mutiladas, y la adivinación, otra arte mágica por excelencia en varias formas, como la capacidad de consultar a los muertos ofreciéndoles libaciones que los hacían volver a la vida. Todas estas habilidades no estaban al alcance de cualquiera, a no ser que perteneciera al género femenino.

Esta relación entre magia, mujer y medicina encuentra su origen en los inicios de la medicina naturalista, en un estadio primitivo del pensamiento en el que podemos hablar de una medicina mágica ligada a la religión y la superstición, donde los límites que existían entre la magia y la medicina no estaban claros. Luis Gil, en su obra Therapeia. La medicina popular en el mundo clásico (Lingua, 1969), declara que no se diferenciaba entre “el vidente, el profeta, el sabio, el santo, el portador de ‘mana’ y el mago”. En efecto, la primera etapa de la medicina romana fue de carácter precientífico; en ella la curación estaba muy ligada a la superstición y las convicciones religiosas, por lo que podríamos calificarla como mágica e instintiva. Ejemplo de ello son las múltiples referencias a epidemias y épocas de hambruna que, en esa época, aparecen ligadas a fenómenos mágicos, castigos divinos y, curiosamente, al mal comportamiento de las mujeres.

Nos encontramos, por tanto, con una medicina popular basada en remedios naturales y ejercida por mujeres, atestiguada por una tradición oral que nos habla de su labor como recolectoras y descubridoras de las propiedades medicinales de las plantas, las cuales jugaron un papel destacado en el ámbito social, religioso y médico. Pero este espacio propio se ve pronto invadido por la ignorancia y el miedo al saber de las mujeres, que habían recurrido a sus conocimientos para hacer pócimas, ungüentos, pomadas, filtros de amor y otros preparados con los que, según la creencia misógina y supersticiosa de la época, preparaban venenos y remedios abortivos.

La preparadora de bebedizos letales

Cualquier intromisión de la mujer en la práctica médica pasó a estar castigada con la pena de muerte. Partiendo de este hecho y teniendo en cuenta que las nociones que griegos y romanos tenían de farmacología eran básicamente experimentales y, a menudo, motivadas por supersticiones religiosas, no debe extrañarnos que la nefasta costumbre de las mujeres de manejar venenos, en el amplio sentido del término, ocasionara numerosos y escandalosos procesos por la creencia de que muchos de sus preparados eran más tóxicos que curativos.

La asociación de la brujería con el consumo de drogas alucinógenas, como estudia Geoffrey R. Quaife en su obra Magia y maleficio: las brujas y el fanatismo religioso (Crítica, 1989), explicaría elementos sobrenaturales como los vuelos, las transformaciones y otros poderes mágicos. Es cierto que las diversas drogas, la mayoría de origen vegetal y de uso exclusivamente femenino, tenían en común su valor terapéutico y, por extraño que parezca, efectos psicotrópicos. Entre las plantas más utilizadas se encuentra la belladona (Atropa belladonna), llamada en la Edad Media “planta de los hechiceros” en la creencia de que brujas y magos la utilizaban para adquirir extraordinarios poderes. En la Antigüedad se empleaba como una droga psicoterapéutica, mixturada con brotes de álamo secos, hojas de adormidera y beleño para calmar los dolores. El beleño (Hyoscyamus), una planta que presenta alcaloides tropánicos, tiene según los textos médicos de la época grandes virtudes medicinales, actuando como sedante y relajante muscular; sus propiedades alucinógenas la convirtieron en la hierba de las brujas medievales, que, aplicándosela en forma de ungüento, sentían tal ingravidez que se imaginaban, en su escoba, volando por los aires. Su uso en los supuestos aquelarres de la Edad Media reflejaría la persistencia de ritos ancestrales de la diosa madre y el chamanismo, permitiendo a las practicantes, como señala J. Michelet en su libro La bruja (Maxtor, 2014), conectar con la naturaleza.

Por si esto no fuera suficiente, el veneficium o envenenamiento era un delito considerado por griegos y romanos como típicamente femenino. No por casualidad, en el mundo griego las mujeres eran consideradas tradicionalmente magas (Circe, Medea, Helena, etc.); de ahí a la acusación de brujería solo había un paso, pues, si los antiguos creían firmemente en la eficacia de las prácticas mágicas, ¿cómo no iban a sospechar de sus mujeres los hombres, ignorantes de cómo se preparaban los filtros de amor y conocedores de la habilidad con que las féminas los manejaban?

Se cree que, por entonces, muchos personajes en la historia de Roma murieron por envenenamiento. El peligro social era evidente. Se desató así una gran caza de brujas, conocida como veneficia matronarum, en la que se condenó y ejecutó a miles de mujeres acusadas de envenenar a sus maridos y a cuanto hombre se interpusiera en su camino. Sin duda, en el subconsciente colectivo estaba la bruja preparadora de bebedizos letales.

Con la persecución de estas mujeres, se perdió irremediablemente un patrimonio de saber empírico que habían acumulado y transmitido de generación en generación. El posterior desplazamiento de la bruja y la curandera de pueblo en favor del doctor plantea la pregunta acerca del papel que el surgimiento de la ciencia moderna y la visión científica del mundo jugó en el ascenso y en la disminución de la persecución de las brujas. ¿Hubo una determinación para que todo el universo del nacimiento dejara de estar en manos de la mujer y pasara a la figura del médico? En opinión de D. Jacquart y C. Thomasset en Sexuality and medicine in the Middle Ages (Polity Press, 1988), la base del miedo de los hombres estaría en su desconocimiento de la sexualidad femenina y de la sabiduría de las mujeres, más en concreto de las obstetras.

Hechiceras en la literatura clásica

Fritz Graf, en su libro La magie dans l’Antiquité Gréco-romain (Les Belles Lettres, 1994), analiza con gran acierto la representación literaria de las profesionales de la magia y sus rituales, mostrando que la mayoría de los testimonios están vinculados con la magia erótica, la nigromancia y la pharmakeia . Estas hechiceras heredadas de la literatura griega serán ampliamente utilizadas por los autores romanos, que les otorgan nuevos enfoques y poderes mostrando a unas mujeres de habilidades muy superiores, más terribles que seductoras. Así, monstruos femeninos aderezados con todo tipo de rasgos animales calaron en el imaginario popular transmitido a Occidente, reflejo en última instancia de la consideración social de los practicantes de magia. La hechicera muestra aquí de nuevo el deseo sexual descontrolado de la mujer, además de su actitud vengativa y posesiva, representando el peligro del mundo salvaje, aquel que excede los límites de lo urbano y lo cívico.

La magia pasa a convertirse en un peligro real para la ciudad y la repulsión moral que provoca la mujer que se dedica a estos menesteres se refleja en un físico nauseabundo, espejo de su maldad interior, como lo demuestra la imagen deformada y grotesca de la bruja latina, con frecuencia tachada de prostituta, borracha, alcahueta, cuando no animalizada: víboras por cabellos, un rostro escuálido y repugnante, aliento pútrido y mortífero, se acompaña de ladridos de perros, gemidos de lobos, ulular de búhos y silbar de serpientes. Esta relación con el mundo de lo salvaje se traduce en una de sus habilidades más comunes, la capacidad de metamorfosis mediante el uso de conjuros, brebajes y ungüentos, siendo la más común la transformación en aves. El hecho de estar dotadas de alas sugiere un fuerte componente sexual que, con el tiempo, se convertirá en el tópico de la bruja por excelencia: su irrefrenable lujuria. Las alas darán paso a la escoba, un símbolo de apariencia fálica y, a la vez, de domesticidad femenina, que, asociado a la mujer, inundará los ejemplos pictóricos medievales con connotaciones más o menos machistas.

La hechicera surge así, en nuestra opinión, como reflejo de lo que la sociedad romana consideraba que la mujer era en potencia, lo que la mujer podía ser si escapaba al riguroso control del sistema patriarcal por medio del conocimiento de las artes oscuras que le eran propias. De nuevo, un irracional impulso motiva sus actos: el desenfrenado deseo sexual que los hombres atribuyen a la mujer, representado desde finales de la Edad Media por la imagen proyectada de un pene extendido.

En este sentido, la primera manifestación del movimiento feminista contemporáneo consistió en denunciar la misoginia latente en la literatura a través de estas imágenes estereotipadas de mujeres monstruos, personificaciones del mal, así como la exclusión de la mujer de la historia de la literatura.

Híbridos y otras criaturas

Producto de esta misoginia, y en relación a todo tipo de fobias que los antiguos sintieron hacia la sexualidad femenina, merece la pena recordar que determinadas imágenes, como las de la esfinge, la sirena o la propia serpiente, se convirtieron en la ilustración perfecta de un gran peligro. Madres serpiente, monstruos seductores mitad mujer-mitad serpiente, mujeres serpiente que atraen, poseen y exterminan devorando a sus víctimas, etc.: estas figuras simbólicas configuran todo un abanico de posibilidades de las cuales se hace eco no solo la tradición secular, sino también la mitología, el folclore y la literatura.

Así, de la tradición clásica arrancan las referencias a aves nocturnas y rapaces, deseosas de nutrirse de sangre y carne humanas (reflejo, tal vez, del miedo a las aves y a mamíferos voladores como el murciélago, a los que la fantasía popular transformaba en peligrosos buscadores de sangre); a demonios alados que asaltaban a los niños durante la noche; a súcubos que se alimentaban de la fuerza vital de los hombres causándoles la muerte; a seres híbridos que aparecían justo después de medianoche, traspasaban puertas y paredes, volaban y hasta poseían algunos la capacidad de metamorfosearse. Estas brujas con características vampíricas reciben distintos nombres según la óptica masculina y el mito que representen: lamias, sirenas, arpías, émpusas y estirges forman parte del folclore grecorromano y se fijan para siempre en el inconsciente colectivo.

Nos asomamos a un universo de la muerte poblado de mujeres-monstruo que, en general, representan la negación de la esposa y de la madre; personajes promiscuos y estériles, en su mayoría heredados de la cultura hebrea y estrechamente relacionados con la figura de Lilith, asesina de los recién nacidos, hija de la noche que atormenta el sueño de los hombres mientras se alimenta de su energía vital. Es posible que este concepto nos haya llegado a través de Grecia procedente de Palestina, donde estos diablos tentadores capaces de adoptar forma femenina recibían el nombre de lilim (hijas de Lilith) y se asociaban a la crueldad y la lujuria.

No hay duda de que en la base del demonio asesino de niños siempre hay una historia de feminidad no realizada y, más específicamente, de feminidad invertida. Encontramos ejemplos de estos monstruos en los mitos de las lamias o las estirges de tradición clásica, espíritus errantes, devora-niños y seductoras terribles, que, como Hécate, la Triple Diosa, protectora de brujas y hechiceros, recorren los caminos en busca de su maternidad fallida. Lamia, con cuerpo de serpiente y pechos y cabeza de mujer, tras perder a sus hijos, fruto del adulterio, vaga sin descanso atormentando con su llanto a cuanto viandante se cruza en su camino y devorando a los niños ajenos. Su historia puede ir tomando aspectos diferentes según se mezcla con relatos de otras culturas, como La Llorona del folclore hispanoamericano, las anjanas de la mitología cántabra o las lamias búlgaras. Pero la feminidad tensa y distorsionada se condensa en la estirge, un tipo de bruja vampírica con rasgos de ave rapaz cuyo relato más antiguo narra la transformación de la joven Poliphonte en ave como castigo por su zoofilia. Las estirges, descritas por el poeta latino Ovidio (Fastos, VI, 131) como mujeres-pájaros sedientas de sangre, deben su nombre a su siniestro chillido en medio del silencio de la noche, anuncio de la inminente muerte de algún infante. Ambos demonios son una advertencia contra las relaciones sexuales fuera del matrimonio o contra natura, un estremecedor ejemplo para todas las mujeres.

Otros casos curiosos de feminidad pervertida con origen en la tradición clásica son las arpías, las erinias y las furias, de características muy similares y parte ya de nuestro acervo cultural. Su vinculación con la noche y lo infernal las asocia igualmente a Hécate, divinidad liminar y protectora de las encrucijadas, concepción por la que se generarán representaciones tricéfalas de la diosa llamadas Hekateion y los cruces tendrán un papel destacado en la magia. Esta deidad, más antigua que los propios dioses, cuyo culto aparece atestiguado en invocaciones en las tablillas de defixio y en himnos de los textos mágicos, fue relegada en la Edad Media a guía de las brujas, y los cruces de caminos fueron señalados como lugares idóneos para los aquelarres. Sin duda, la gran diosa y su séquito perdían su poder a medida que el cristianismo y la supremacía masculina del poder divino se expandían por Europa. Como apunta Riane Eisler en su libro Sexo, mitos y política del cuerpo (Editorial Pax, 2000), este cambio de sexo, y con él la apropiación masculina de poderes antes asociados a deidades femeninas, fue un eficaz medio de apuntalar el dominio del hombre.

La brujería, un oficio femenino

La condena de lo relativo a la magia destaca desde un principio por su relación con la mujer. Como sostienen Karin Figala y Claus Priesner en su obra Alquimia. Enciclopedia de una ciencia hermética (2001), las palabras “mujer” y “magia” suelen aparecer juntas hasta la época moderna, de manera que se cree que la historia de la magia, principalmente, se escribe en femenino. Esta afirmación es cierta desde que en la Antigüedad las hechiceras fueron mujeres y las deidades que protegían la magia diosas, por lo que esta relación se basa en el temor, por parte del patriarcado, al poder que puede desarrollar la mujer. Podemos comprender entonces que la persecución de la brujería haya sido un fenómeno altamente feminizado, generado por una época de inestabilidad y conflictos para y hacia las mujeres situadas en los márgenes de la sociedad.

Respecto a la condición social de estas mujeres, si tenemos en cuenta que nunca fueron consideradas ciudadanas de pleno derecho, sino que, por el contrario, siempre estuvieron bajo la tutela de un varón, se entiende que la situación de la magia sea también de marginación social. La propia actividad mágica, como forma de vida, manifiesta la marginalidad de estas mujeres, que, en su mayoría, eran esclavas, extranjeras o mujeres humildes y sin recursos, habitualmente ancianas y transmisoras de un saber ancestral por vía oral. La vejez, un rasgo casi consustancial de las brujas, es símbolo, a su vez, de la inversión de la maternidad. La edad avanzada de la mayoría de las brujas es el mitema que sustituye a la sensualidad y que se opone a las figuras positivas de la abuela y de la madre. La falta de sensualidad se explica anatómicamente. Como observan Anne Baring y Jules Cashford en El mito de la diosa (Siruela, 2005), la dimensión creadora del cuerpo de la diosa madre ha sido destruida y su cuerpo desnudo, marcado con la abyección del envejecimiento, se acerca a la muerte.

Redescubriendo a la mujer que hay detrás de la bruja

Asumimos que es en la Antigüedad clásica donde se asientan las bases de este mito, así como la misoginia que invade la sociedad moderna, lo cual condiciona su evolución e interpretación hasta nuestros días. Sin embargo, el mito de la ‘vieja bruja’ debe relacionarse con otros elementos culturales, como pueden ser el pánico colectivo, la venganza, la envidia, el interés económico o, en concreto, la concepción de lo femenino como otredad desde la perspectiva de una sociedad patriarcal misógina.

En buena medida, las hechiceras no fueron más que mujeres sabias que tuvieron un conocimiento de la naturaleza, que utilizaban para sanar. En cualquier caso, la imagen de las mismas, reflejada en la literatura, se hizo más compleja y negativa con el avance de la historia desde la Grecia clásica. En otros casos, las hechiceras directamente no existieron, no fueron más que vanas formas de justificación de los males que atacaban a la ciudad. Del mismo modo, la ciudad utilizaría el temor a estas para usos propios de control social, como también se haría más tarde a lo largo de los siglos.

Desde la perspectiva literaria, tenemos criaturas híbridas imaginarias de insaciable apetito por la sangre humana, fruto de la demonización de los vicios y pecados femeninos, que convergen en la imagen de la bruja medieval, vinculada a sacrificios y asesinatos de niños. La bruja era un símbolo viviente del «mundo al revés», una imagen recurrente en la literatura y el folclore, vinculada a aspiraciones milenarias de subversión del orden social. Como escribe Carolyn Merchant en The Death of Nature: Women, Ecology and the Scientific Revolution (Harper and Row, 1980), la mujer-bruja, personificación de la sexualidad no procreativa, fue perseguida como la encarnación del «lado salvaje» de la naturaleza, de todo lo alborotador e incontrolable.

Hoy en día, desde muchos lugares de adoración, independientemente de qué religión se profese, los hombres predican una moralidad sexual dictaminada por una deidad masculina. ¿En qué momento nos pareció natural que la sexualidad de la mujer se convirtiera en propiedad de los hombres? Solo al plantearnos esta pregunta comprendemos que estos preceptos morales se crearon para mantener, una vez más, la jerarquía de poder entre hombres y mujeres. No sorprende en absoluto la definición que Silvia Federici nos ofrece de la caza de brujas como una guerra contra las mujeres, un intento coordinado de degradarlas, demonizarlas y destruir su poder social. Según su opinión, si la caza de brujas fue en los siglos pasados (XV-XVIII) una excusa para expropiar sus conocimientos médicos y la independencia de sus cuerpos a las mujeres, en la actualidad, la brujería es la excusa perfecta para ejercer violencia sobre las mujeres, en especial las humildes y ancianas.

Otros intentos por explicar las causas que provocaron la gran caza de brujas por parte de historiadores e interesados en el tema han señalado indistintamente el empleo de drogas, el desvío de las normas establecidas, la condición social, la edad, etc., tratando de responder a las preguntas aún no resueltas sobre este suceso oscuro de la historia de la humanidad. Para nosotros, constituye un reflejo del miedo hacia ciertas manifestaciones de la naturaleza femenina, de los propios temores de los acusadores, así como de la intolerancia de una élite religiosa y política que pretendía ejercer un férreo control sobre distintos estratos de la sociedad.

Como argumentábamos al principio, la caza de brujas sobrevive hasta el día de hoy como un instrumento clave de división en muchos países, donde las mujeres son recluidas, encarceladas o asesinadas bajo la acusación de brujería. Su importancia es normalmente pasada por alto, debido a la extendida creencia de que estos fenómenos pertenecen a una era lejana y no tienen, por tanto, vinculación alguna con «nosotros». Pero la lucha no es solo por el pasado, por reivindicar la figura de estas mujeres, sino también contra la violencia y la marginación que todavía ocurren en el mundo de hoy.

Lamias, estirges, arpías, etc., pertenecen a ese océano de relatos orales que han nutrido y aún nutren copiosamente la literatura y los mitos contemporáneos, que alimentan nuestro inconsciente de fantasía y miedos ocultos. Aquí la bruja, el monstruo, asusta, pero no resulta demasiado inquietante, no perturba las formas que la sociedad se ha dado para comprender lo real. Sin embargo, en los últimos tiempos, las brujas parecen haber resurgido de entre sus cenizas gracias a diversas iniciativas del movimiento feminista, que ha decidido resucitar su figura para liderar sus reivindicaciones. Actualmente, la «Campaña por la memoria de las mujeres perseguidas por brujería» se propone investigar la caza de brujas histórica y contemporánea y la representación de la memoria de estos sucesos y, ante todo, poner en relación la caza de brujas con la violencia contra las mujeres de nuestros días.

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