El engaño de Napoleón cruzando los Alpes

Jacques Louis David representó a Napoleón Bonaparte en una escena muy alejada de la realidad

“Es el carácter el que dicta lo que debe pintarse”, espetó Napoleón al artista. El hombre que transmitió la imagen del emperador francés a la posteridad asintió ante la negativa de este de posar para él. Jacques Louis David, ferviente admirador de Napoleón, dejó algunas de las obras que todo estudiante de historia ha contemplado en las páginas de la Revolución Francesa y la posterior era napoleónica.

Las pinturas históricas de David siguen siendo una referencia obligada para ilustrar los primeros años de la Edad Contemporánea. Las paredes del Louvre sujetan la majestuosa y gigantesca ‘Coronación de Napoleón’ que refleja el momento en el que ante la presencia del papa Pio VII, el militar francés tomó la corona imperial, se autocoronó emperador e hizo lo propio con su pareja Josefina. La obra, que entusiasmó al líder francés, reflejaba el acto que tuvo lugar el 2 de diciembre de 1804 en la catedral de Notre Dame y fue pintada un par de años más tarde, cuando Napoleón era el auténtico señor de Europa.

Unos años antes, David había recibido el encargo de otra obra de carácter propagandístico que también tenía como protagonista al exultante militar francés. Este encargo tuvo un origen español puesto que formaba parte de un regalo que la Corona española realizaba a la nueva república francesa. Los Borbones españoles, como todas las casas reinantes en Europa, habían visto con horror los estragos de la Revolución Francesa y temieron que las guillotinas revolucionarias pudieran llegar a sus propios cuellos. Pero a comienzos del siglo XIX, la Corona de Carlos IV se encontraba retomando las relaciones diplomáticas con su vecino y tradicional aliado francés.

En el verano de 1800 un emisario de la Corona española encargó el retrato de Napoleón, que por entonces ostentaba el cargo de Primer cónsul de Francia. La petición decía:

“Se encarga al señor de Musquiz que pida a David un retrato de cuerpo entero y tamaño natural del general Bonaparte en su traje de primer cónsul; tiene orden de darle a David todo lo que pida”.

El cuadro era por tanto un regalo diplomático, pero no estaba decidida la representación del mismo. Fue tras una reunión del pintor con el general corso cuando se decidió qué y cómo pintarse. Napoleón dio la orden de cómo quería ser retratado: “en calma sobre un fogoso caballo”.

El genio de David se puso manos a la obra y dejó una impactante escena en la que un joven Napoleón ataviado con el bicornio con ribetes de oro y su uniforme de general en jefe indican la autoridad militar. El general muestra un gesto de seguridad y poderío que contrasta con el escorzo del corcel con la mirada y las crines desbocadas. El manto rojo del militar es agitado por el viento y el movimiento del caballo creando dando todavía más fuerza a la escena.

Esta facha de supremacía ante todos los elementos le sitúa en el podio de la historia militar y la inscripción con el nombre de Napoleón sobre los de Aníbal y Carlomagno confirma la presencia del francés en el Olimpo militar.

Napoleón en los Alpes
Napoleón en los Alpes

La escena propagandística representaba el cruce real de los Alpes que Napoleón realizó en mayo de 1800. En concreto, la obra refleja el paso del monte Saint-Bernard en las montañas alpinas durante la campaña francesa contra los austriacos y otras potencias europeas de la Gran Coalición, en la que se disputaron el territorio italiano.

El propio Napoleón comentó la dificultad del cruce de los Alpes: “Luchamos contra el hielo, cruzarlo tan bruscamente, nos opone algunos obstáculos”.

Cuando David recibió el encargo de pintarlo, el hecho histórico se acababa de producir, pero el corso se negó a posar ante David al considerarlo una pérdida de tiempo. Del cuadro El Primer Cónsul cruzando los Alpes en el paso Grand-Saint-Bernard se realizaron cinco copias con un tamaño similar (en torno a dos metros de ancho por 2,5 de alto) en las que encontramos ligeras diferencias como la tonalidad de la capa del general.

Más allá de la heroicidad que la imagen publicitaria refleja, la gran “mentira” del cuadro es que Napoleón protagonizó esta escena a lomos de una mula y junto al guía Pierre Nicolás Dorsaz, que en un momento de la travesía salvó la vida del futuro emperador, cuando la mula estuvo a punto de precipitarse por un desfiladero tras tropezar con una piedra.

Casi 30 años después de que muriera Napoleón, el pintor Paul Delaroche trató de ser más fiel a la escena real, despojó toda la épica del cuadro de David y retrató a un Napoleón más humano a lomos de la mula junto a su guía Dorsaz.

 

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