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El drama de los refugiados judíos

Repasamos la política de concentración, la Operación Reinhard y la emigración a Palestina de los supervivientes judíos del Holocausto nazi.

Cementerio judío
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Polonia no era un nombre más de la diáspora judía. En su imaginario religioso e histórico, el territorio que había servido de colchón entre el Imperio ruso y los imperios centrales se había convertido durante siglos en el refugio de gran parte de los éxodos y expulsiones que había sufrido el pueblo judío en Europa. La invasión alemana de 1939 anuló trágicamente esa realidad y asoció el nombre de Polonia al del mayor exterminio de la historia.

Desde las expulsiones medievales de Francia o Inglaterra al éxodo de España en 1492, lo que hoy conocemos como Polonia había asimilado una parte importante de esa migración forzada, gracias a la política de tolerancia religiosa y a la creciente influencia de las comunidades que se asentaban y creaban lazos de acogida, identidad cultural y un próspero desarrollo. Así fue, con periodos de mayor o menor convivencia, hasta la absorción del territorio polaco por el Imperio ruso a finales del siglo XVIII.

Desde entonces, la mirada tolerante hacia la comunidad judía se transformó en una política de acoso y señalamiento, que obligaba a los judíos a establecerse en la llamada zona de asentamiento y recurría a los pogromos de forma habitual.

En las primeras décadas del siglo XX, los judíos polacos habían colaborado activamente en favor de la independencia del país tras la Primera Guerra Mundial. La mayoría hablaba yidish, una lengua propia de la comunidad asquenazi (judíos del centro y este de Europa) que derivaba del alemán y el hebreo, con independencia del conocimiento del polaco.

Unos eran sionistas y promovían la migración a Palestina, otros defendían la tradición ortodoxa sin salir de una tierra que consideraban suya y un tercer grupo propugnaba integrarse en la sociedad polaca sin mayor diferencia que una interpretación moderada del credo religioso.

La política también había erosionado la tradicional uniformidad. Un importante grupo se integraba en el ideario socialista, los llamados bundistas, con sus sindicatos e influencia en los movimientos obreros, mientras que los más ortodoxos asimilaban los movimientos nacionalistas y conservadores.

Ambos habían sufrido los convulsos años de ocupación rusa, pogromos y guerra, y también habían recibido ilusionados la Constitución de 1921 del nuevo Estado independiente que, por primera vez, reconocía la igualdad de derechos entre los polacos católicos y los polacos judíos. Numerosos judíos se erigieron en esa época en alcaldes y diputados de la Sjem, el Parlamento nacional.

En 1939 vivían entre tres y tres millones y medio de judíos en Polonia (el centro Yad Vashem de Jerusalén estima una población judía de 3.300.000 personas), aproximadamente un 15 % de la población total. La mayoría –dos de cada tres– se asentaba en poblaciones urbanas. En Varsovia convivían 375.000 ciudadanos judíos y era considerada la capital europea con mayor población hebrea .

La política de concentración

Tras la invasión alemana, la política antisemita se aplicó de manera inmediata, tanto en la fracción anexionada al Tercer Reich (Prusia Occidental, Poznan, la Alta Silesia y la antigua Ciudad Libre de Danzig) como en el territorio ocupado bajo el control del llamado Gobierno General, que presidía Hans Frank.

A su vez, en la franja polaca invadida por la Unión Soviética como consecuencia del tratado nazi-soviético, se calcula que residía un tercio de la comunidad judía polaca. Moscú emprendió una campaña masiva de deportaciones hacia zonas del interior, aisladas y con necesidades de repoblación. Según datos del censo de 1941, unos 300.000 judíos fueron deportados durante los dos primeros años de ocupación soviética.

Desde un primer momento, Reinhard Heydrich, responsable máximo de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA), emitió una orden en la que impartía instrucciones sobre el tratamiento específico a la población judía en los territorios ocupados. Esta orden urgente disponía básicamente el traslado de las comunidades judías rurales a las ciudades y la constitución de los Consejos Judíos (Judenrat).

Los Consejos Judíos se organizaron a partir de 1940 como unidades de “gobierno” de la comunidad judía de cada ciudad, aunque en la práctica eran los encargados de trasladar y aplicar las medidas represoras de la autoridad alemana. En los núcleos urbanos de menos de 10.000 habitantes el Consejo Judío lo integraban doce personas, que llegaban hasta 24 en las ciudades de mayor población. Al frente del Judenrat, las autoridades alemanas nombraban un presidente y permitían la creación de una milicia o policía propia para mantener el orden, sin armas y sometida a la autoridad última del ocupante.

Junto a estas primeras medidas, las autoridades alemanas desplegaron una combinación letal de leyes y terror. En aplicación de las leyes raciales, se inició la confiscación de bienes, se prohibieron los matrimonios mixtos y se eliminó la presencia de trabajadores judíos en el sector público (escuelas, hospitales y universidades) y en ciertas empresas privadas, fundamentalmente en ámbitos estratégicos como la industria, el transporte o la electricidad.

Toda la población judía debía ser registrada y visiblemente identificada. Estaban obligados a portar un brazalete blanco con la estrella de David pintada en azul, o bien un distintivo amarillo con el mismo símbolo sobre el pecho.

Aún no se aplicaba la muerte sistemática ni se había diseñado la maquinaria del genocidio, pero eran diarios los escarmientos colectivos, la brutalidad y las detenciones arbitrarias. Fue especialmente difundida la acción de un grupo de soldados alemanes en el pueblo de Olkusz el 31 de julio de 1940, el llamado “miércoles sangriento”. Los judíos fueron obligados a concentrarse en la plaza del Mercado, les hicieron tumbarse en el suelo y fueron golpeados, robados y, algunos de ellos, desnudados. El rabino fue objeto de un ensañamiento singular.

A su vez, se toleraban los pogromos que algunos polacos llevaban a cabo de forma autónoma. Se han documentado al menos 22 ataques organizados por civiles polacos contra comunidades judías durante los primeros meses de ocupación. El más violento se registró en la ciudad de Jedwabne en 1941. Según el Instituto Nacional de la Memoria de Polonia, allí 340 ciudadanos judíos fueron detenidos por sus propios vecinos y quemados vivos.

A finales de 1940 y principios de 1941, la política antisemita dio otro salto gradual con el traslado masivo de la población judía a zonas urbanas aisladas: los llamados guetos. Se crearon 21 guetos principales (la cifra aumenta hasta casi 400 si se incluyen pequeñas ciudades y zonas rurales) y uno más en la ciudad de Vilna, entonces territorio polaco y hoy capital de Lituania.

La estructura de los guetos perseguía el control estricto de la población judía en espacios reducidos y aislados. El más importante fue el de Varsovia, donde se hacinaban unas 400.000 personas, los 370.000 habitantes hebreos de la ciudad más los desplazados desde lugares cercanos. La población real se aproximaba a un tercio del censo de toda la ciudad de Varsovia, al que se destinaba poco más del dos por ciento del espacio urbano, cercado por un muro que ellos mismos habían sido obligados a levantar. Las instrucciones alemanas establecían la ocupación de una habitación por cada siete personas. El gueto de Lodz fue el segundo en tamaño y sumó a unas 200.000 personas.

El hacinamiento y la escasez empeoraron rápidamente las condiciones de vida, agravadas durante el invierno de 1941. Pronto se masificaron la desnutrición, las enfermedades y el contrabando. La tasa de mortandad alcanzó cifras insoportables y se multiplicaron los suicidios. Se calcula que el número medio de calorías consumidas por cada judío en esos meses apenas superaba las 250 diarias (el mínimo para una nutrición básica es de 1.500).

Los intentos de huida del gueto se castigaban con la muerte, así como cualquier ayuda por parte de la población no hebrea. Únicamente aquellos que tenían un permiso especial para trabajos autorizados por el Gobierno General podían abandonar el recinto amurallado y regresar tras cumplir una jornada en condiciones de trabajos forzados o esclavitud.

A pesar de que la sobrepoblación resultaba particularmente grave en Varsovia, la cualificación de muchos de sus habitantes permitió en los primeros meses dotar de ciertos servicios a la comunidad. Se autorizó la apertura de cuatro escuelas primarias, se disponía de una mínima atención médica y se imprimía prensa, a menudo de forma clandestina, en los tres idiomas que se hablaban en el gueto, el yidish, el hebreo y el polaco. Asimismo, se oficiaban servicios religiosos y ocasionalmente se organizaban conciertos.

El Consejo Judío intentó dignificar las condiciones de vida creando las llamadas cantinas de sopa, comedores sociales donde se servía un caldo que a menudo constituía la única comida diaria para la mayoría de los habitantes del gueto. Aun así, la expectativa de sobrevivir permitía hasta entonces burlar los pronósticos más funestos. El 22 de junio de 1941, Hitler ordenó el inicio de la invasión de la URSS. Ese día se escribió definitivamente el destino de la población judía de Polonia.

Operación Reinhard: rebelión y exterminio

Así, a las medidas represivas que ya sufría la comunidad judía, desde el verano de 1941 se añadió un nuevo término asociado a la masacre indiscriminada: Einsatzgruppen.

Los Einsatzgruppen o grupos de operaciones eran unidades adscritas a las SS que se habían creado en 1939 como elementos de “limpieza” racial y política tras la invasión de Polonia. Sus integrantes eran comprometidos nacionalsocialistas, funcionarios policiales, miembros de las SS y criminales comunes. Ya habían operado en territorio polaco desde el inicio de la guerra persiguiendo indistintamente a judíos prófugos y a la inteligencia polaca (profesores, políticos, militares o líderes civiles). El resultado fueron miles de asesinatos camuflados entre la estadística letal de la contienda.

La invasión de la URSS elevó la actividad criminal de estos grupos a las cotas más elevadas de sadismo y muerte. Inicialmente se organizaron cuatro grupos operativos, numerados con las letras A, B, C y D. Cada uno de estos cuatro grupos estaba integrado por entre 500 y 900 efectivos, hasta sumar un total de 3.000 hombres. Marchaban en la retaguardia del Ejército y, una vez que un territorio o ciudad quedaba bajo control, se entregaban a la persecución de sus objetivos prioritarios, al igual que en 1939: judíos, líderes polacos y, en este caso, también comisarios políticos.

Tras controlar la zona de Polonia bajo poder de la URSS, prosiguieron su actuación en territorio soviético, siendo especialmente activos contra las comunidades judías de Ucrania. Según la documentación incautada por los aliados, usada como prueba de cargo en los Juicios de Núremberg contra los responsables de los Einsatzgruppen, ellos mismos se atribuyeron el asesinato de 1.400.000 personas, en su mayoría judíos polacos y, en menor medida, soviéticos.

A finales de 1941, Alemania inició la evacuación progresiva de los guetos y el traslado a los campos de exterminio. Uno de los primeros en ser desalojados fue el de Lodz, ciudad dentro del territorio polaco anexionado al Reich. Desde diciembre del 41, el destino de sus habitantes fue el cercano campo de exterminio de Chelmo, el primero que experimentó con gases tóxicos para el envenenamiento masivo.

Fue el primer paso de una realidad que se concretó el 20 de enero de 1942. Ese día, en el balneario berlinés de Wannsee, se acordó el exterminio del pueblo judío bajo el eufemismo de “Solución Final”. La primera fase de esta estrategia fue la llamada Operación Reinhard, en un macabro homenaje a Reinhard Heydrich, y consistía en la aniquilación de toda la población judía polaca.

La evacuación del gueto de Varsovia comenzó el 22 de julio de 1942 bajo el nombre de “Gran Acción de Realojamiento” y se prolongó durante dos meses, hasta el 21 de septiembre. En un primer momento, el Consejo Judío se comprometió a cumplir con la petición alemana de enviar cada día a 6.000 habitantes del gueto junto a las vías férreas, para su supuesto traslado a campos de trabajo en el este. Al día siguiente del inicio del desalojo, el presidente del Consejo Judío de Varsovia, Adam Czerniaków, se suicidó, consciente del fin último que aguardaba a la comunidad.

Al término de esta primera fase, en septiembre, se había evacuado a unos 270.000 judíos, en su mayoría con destino al campo de exterminio de Treblinka. Otros 60.000 permanecían en el gueto, bien ocultos, bien liberados de la deportación por su condición de trabajadores esenciales.

El 18 de enero de 1943, días después de una visita de Himmler al gueto, los alemanes iniciaron la Aktion definitiva para la evacuación plena del gueto. Los judíos más jóvenes llevaban semanas organizando su resistencia, equipados con armamento ligero que habían conseguido introducir clandestinamente en el recinto amurallado del gueto. Los diferentes grupos se unieron bajo el liderazgo de Mordejai Anielewicz en la Organización Judía de Combate o ZOB (ver recuadro).

Tras la derrota del levantamiento y el desalojo de los guetos del país, en octubre de 1943 la Operación Reinhard se consideró cumplida. Había acabado con la vida de 1.700.000 judíos en los campos de exterminio.

Tras la derrota alemana en 1945, lo que quedaba de la comunidad judía regresó al país: supervivientes de los campos, partisanos, militares en el exilio londinense. Menos del diez por ciento había sobrevivido al Holocausto. Según diversas fuentes, habían subsistido entre 180.000 y 240.000 judíos polacos. El centro Yad Vashem cifra este número en 380.000.

El destino de la mayoría sería el futuro Estado de Israel, al que se incorporaron masivamente, a menudo ocupando puestos de responsabilidad política y militar. Los casos más notables fueron los de David Ben-Gurión, padre fundador del nuevo Estado, oriundo de Polonia y emigrado a Palestina en el periodo de entreguerras, y Menájem Beguín, judío polaco integrado en la resistencia y primer ministro de Israel entre 1977 y 1983.

Un monumento en Varsovia recuerda a las víctimas del gueto en el emplazamiento original del mismo, aunque apenas quedan edificaciones de esa época: como los seres humanos, fueron borradas de la ciudad. En la actualidad, la comunidad judía polaca se estima en unas 10.000 personas.

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