La misión clandestina del cartero del Holocausto

El periodista y escritor judío Peretz Opoczynski trabajó como cartero en el gueto de Varsovia y documentó para el archivo clandestino de la ciudad todo aquello cuanto veía.

El cartero del Holocausto
En Varsovia, los nazis establecieron el gueto más grande de Europa durante la II Guerra Mundial. Imagen: Wikimedia Commons.

Tal vez por la literatura, el trabajo de cartero siempre se ha visto con cierto halo de romanticismo: dar y recibir noticias esperadas desde hace mucho tiempo, entregar una carta que ha recorrido miles de kilómetros para encontrarse por fin con su destinatario… Sin embargo, durante el Holocausto este humilde oficio se convirtió como muchos otros en una verdadera profesión de riesgo.

El periodista, escritor y educador Peretz Opocynski (1892-1943), tras el comienzo de la II Guerra Mundial, trabajó como cartero en el gueto de Varsovia, lo que le sirvió para documentar en innumerables ensayos la vida cotidiana en la ciudad polaca. La invasión alemana le convirtió en un testigo directo de las atrocidades del régimen nacionalsocialista.

 

El archivo clandestino de Óneg Shabat

Sus dotes como observador y su talento con la pluma hicieron que pronto Peretz Opocynski fuera elegido para participar en el archivo clandestino Óneg Shabat, creado por el historiador y activista sociopolítico Emanuel Ringelblum.

El archivo se fundó cuando los judíos fueron forzados a ingresar en el gueto de Varsovia, y en él se reunían en secreto todos los sábados (de ahí su nombre) un grupo de intelectuales de diferentes orígenes con la única intención de narrar los acontecimientos a medida que ocurrían:

 

Todo debe ser registrado sin dejar de lado un solo hecho. Y cuando llegue el momento, como ciertamente llegará, permitan que el mundo lea y sepa lo que han hecho los asesinos.

 

El trabajo de Peretz Opocynski en el servicio postal del gueto le otorgaba una perspectiva privilegiada, haciendo que pronto se convirtiera en un miembro clave para la organización.

El cartero del Holocausto
El gueto de Varsovia fue el escenario de la mayor acción de la resistencia judía. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Sus diarios, un instrumento indispensable

En las páginas de sus diarios se relatan algunos de los episodios y vivencias judías del Holocausto menos conocidos para el público. A diferencia de Primo Levi, Viktor Frankl, Elie Wiesel o Anna Frank, los escritos de Opocynski no constituyen relatos en primera persona, sino viñetas de la vida cotidiana en la Polonia ocupada.

En ellos se incluyen pequeños reportes como el hecho de que un automóvil de la SS condujera regularmente por las calles del gueto hiriendo intencionalmente a los transeúntes. “El automóvil que transporta a los alemanes cada día que pasa por las calles de Gesia y Nalewki continúa su tarea sangrienta: sube a la acera y los judíos que pasan son brutalmente golpeados”, escribía Opocynski.

En sus diarios, además, contaba por ejemplo como el 13 de mayo de 1942, hombres y mujeres fueron llevados al gueto y se les obligó a desnudarse en la calle Smocza, donde debían besarse y participar en otros actos de forma obligada. Los agentes les grababan para filmar así la “inmoralidad judía”. Para evitar la vergüenza, “dos mujeres jóvenes bien vestidas lograron sobornar a la policía polaca”, contaba Opocynski.

En muchas ocasiones, el trabajo del cartero consistía en tomar notas todos los días, incluidos los nombres de las personas asesinadas al igual que la ubicación exacta en la que se producía el homicidio.

 

"Servicio postal detenido"

Aún antes de la creación del gueto, con la II Guerra Mundial ya iniciada la escasa comida que se repartía entre los refugiados no alcanzaba para satisfacer a los hambrientos. Después, la situación solo fue a peor. Muchas de las personas que vivían en este recinto estaban pendientes de las cartas que llegaban de Rusia, especialmente de los paquetes con comida, ya que la venta de parte de estos alimentos podría traer el dinero suficiente como para pagar la comida durante varias semanas.

Cuando la confrontación con Rusia se agudizó, las cartas que ya fluían poco comenzaron a llegar cada vez menos, y las enviadas a este país eran devueltas con la anotación alemana de “Servicio postal detenido”, lo que hacía más real e imponente la idea de que existía un verdadero muro entre ellos y el mundo.

 

Había veces en que un aviso de una carta que estaba por llegar determinaba el destino de toda una familia.

 

El contrabando, por tanto, no tardó en hacerse notar. En estos años, se decía que hasta el 80% de los víveres llegaban por esta vía. “A la noche se contrabandea por los techos de las casas, a través de pequeñas aberturas, por los sótanos, hasta por las murallas del gueto, en resumen, por todos los cauces posibles. Durante el día, las operaciones eran más simples, aunque no faltaran los artificios ingeniosos”, contaba Opoczynski.

EL cartero del Holocausto
Miembros de la SS por las calles de una Varsovia en llamas. Imagen: Wikimedia commons.

 

A pesar de que Peretz conocía perfectamente los aspectos negativos de este ejercicio, en sus diarios se preguntaba si no se realizaría “algún día un monumento en honor del contrabandista que arriesgaba su vida, ya que, pensándolo bien, salvó de morir de hambre a gran parte de los judíos de Varsovia”. Dentro de las terribles condiciones que tenían que vivir, “una soga sujeta al cuello hinchado del que padece hambre se convierte en la única salvación”, sentenciaba.

La importante herencia de Peretz Opoczynski

En los últimos meses de su vida, Opocynski escribió en muchas ocasiones sobre la resistencia judía. Habló de cómo crecía la desesperación con el paso del tiempo, pero también de que se conservaba cierta esperanza en la decencia de los ciudadanos polacos. Solo así veía posible aliviar el terror y aislamiento que les había tocado vivir.

Cuando presintió que se aproximaba su final, Opoczynski entregó al archivo secreto un importante número de cuadernos con sus manuscritos. Estos, junto al resto de datos recogidos por los integrantes de Óneg Shabat, se enterraron bajo tierra en cajas de metal y latas de leche, en tres lugares diferentes.

A pesar de que la tercera parte de estos archivos no se encontró nunca, la extensa información dada por la organización secreta polaca sigue considerándose la mayor colección de documentación judía.

En cuanto a nuestro cartero, el final de Opoczynski y de su familia sigue siendo desconocido. Su última anotación está fechada el 5 de enero de 1943.

Emma Fernández

Emma Fernández

Periodista especializada en ciencia y tecnología y graduada en Lenguas Modernas y sus Literaturas (Italiano).

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