El caballo de hierro

La Historia de la expansión estadounidense sufrió un avance espectacular gracias al ferrocarril, que consiguió unir los dos océanos.

Llega el ferrocarril

No fueron las monturas del Séptimo de Caballería las que domaron la última frontera –la feroz resistencia del salvaje Oeste al rodillo de la “civilización”– ni la topografía inhóspita de aquellas tierras vírgenes, erradicando a su paso la cultura del caballo (identidad misma de los pueblos nativos americanos) en las Grandes Llanuras. Sí fue un caballo, con todo, la avanzadilla de la imparable inercia colonizadora hacia el Pacífico, tierra adentro, como ariete de la drástica transformación del paisaje. El verdadero gran vector de la conquista del Oeste fue el caballo de hierro, a cuya sombra florecieron nuevas ciudades y se forjó la prosperidad económica de Estados Unidos. El progresivo desplazamiento de la frontera cada vez más y más al oeste entrañaba un reto logístico de enorme envergadura, dada la vastedad de las tierras usurpadas a los pieles rojas.

La Historia primitiva de EE UU, en el siglo posterior a la independencia, es la Historia de la expansión del proyecto colonizador de los primitivos asentamientos ingleses hacia el salvaje Oeste, de la creación de mecanismos que permitieran la ocupación y explotación de las nuevas conquistas. Para ello resultaba esencial crear vínculos de comunicación entre los primeros asentamientos, enormemente dispersos y, naturalmente, separados por distancias abismales.

A mediados del siglo XIX, los territorios bajo jurisdicción estadounidense comprendían siete millones de kilómetros cuadrados, un horizonte geográfico inabarcable en el que los viejos transportes –las travesías a caballo o a bordo de rudimentarias diligencias– no cubrían ni remotamente las necesidades logísticas de un territorio en permanente expansión.

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Un proyecto muy ambicioso 

La enorme amplitud de los trayectos, las singulares características topográficas y, por consiguiente, la excepcional dispersión de la población trataron de resolverse, en una primera etapa, a través del medio acuático, con la concentración del transporte de mercancías y de pasajeros a bordo de barcos de vapor, operativos desde 1787, año en el que John Fitch fletó el primer prototipo en Filadelfia. La navegación fluvial se convirtió en el único modo fiable de cubrir grandes distancias entre ciudades con ciertas garantías, pero el transporte interior seguía sometido a grandes limitaciones. Por lo pronto, los ríos y canales no eran aptos para la navegación durante los meses de invierno; además, en el medio acuático, los incidentes y percances en las embarcaciones eran demasiado frecuentes, poniendo las mercancías en riesgo y añadiendo un factor de incertidumbre que en nada favorecía el desarrollo económico. Algo del todo insuficiente para una nación en pleno frenesí expansionista, azuzada por el ideario providencialista del Destino Manifiesto, desbocada en sus ansias colonizadoras.

Más información sobre el tema en el artículo El caballo de hierro, escrito por Roberto Piorno. Aparece en el último monográfico de MUY HISTORIA, dedicado a El salvaje Oeste.

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